Domingo 19 de Noviembre del 2017

¿CUÁNDO SE JODIÓ VENEZUELA, ZAVALITA?

Autor(a): Antonio Sánchez García  | 

Fecha: 14/07/2013

Exclusivo para FCPPC

“Zavalita: mejor no menealle. Que la cloaca es insondable.”

“En el Perú estamos en la Edad de Piedra, mi amigo”
Mario Vargas Llosa, Conversación en la catedral

“¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. El era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución.”

Es el deslumbrante comienzo de Conversación en la catedral, la tercera, y única novela suya que Vargas Llosa salvaría de las llamas – «si tuviera que salvar del fuego una sola de las que he escrito, salvaría ésta», diría alguna vez refiriéndose a su obra novelística – en caso que un Fahrenheit 48 se impusiera en el planeta y los enemigos de la libertad, sus y nuestros enemigos, decidieran cortar por lo podrido y hacerse con el poder total del universo siguiendo las sabias indicaciones de un delirante pensador alemán nacido en Triers, llamado Carlos Marx, el mismo que pasado por las entrepiernas del bastardo del gallego Ángel Castro y Lina Ruz, nos tiene jodidos a los venezolanos y amenaza con joderle la vida a esta media humanidad que habla español, baila sambas, tangos y joropos mientras venera a desaforados enanos de bronce montados en caballos apocalípticos, la cabeza cagada de palomas, el sable alzado. O le lame las botas a teniente coroneles ladrones, obedeciendo constituciones de papel tualé y asambleas de espalderos, matones y manopleras de burdel.

La novela fue publicada en 1969, a 10 años del asalto al poder por los Castro en Cuba y cuando Vargas Llosa aún pertenecía a la élite intelectual y artística que los respaldaba. Y en la que militaban los más grandes novelistas, poetas, compositores, cineastas y artistas latinoamericanos, encantados por la ensoñación de libertad y los ímpetus mesiánicos de una revolución que prometía el logro de la utopía imaginada por Cristóbal Colón cuando le escribiera a los reyes católicos que el paraíso se encontraba a pocas leguas continente adentro, el mismo que acababa de tocar en lo que hoy se llama Venezuela y entonces le pareció a él una “tierra de gracia”.

Todavía rondaría por los recuerdos del Nobel la infame dictadura de Manuel Odría, que acompaña desde la distancia y prácticamente en paralelo la de Pérez Jiménez, que le sobreviviría por un par de años. De modo que las disquisiciones metafísicas del periodista Santiago Zavala, angustiado por una interrogante sobre la identidad de nuestras naciones – muy de moda por entonces, al extremo que los aparatos de manipulación y propaganda del castrismo que dirigían PENSAMIENTO CRÍTICO transformarían el venceremos de los barbudos en un ven seremos de los filósofos existencialistas del régimen – bien pudo haber sido  planteada por uno de nuestros periodistas, entre los que por entonces laboraba Gabriel García Márquez, otro de los adoradores de Fidel, ya retirado del oficio. En ese caso la pregunta, planteada desde la Torre Capriles o desde la esquina de  Puente Nuevo a Pueblo Escondido hubiera rezado: “cuándo fue que te jodiste, Venezuela?”

Por los años en que Santiago Zavala se hace su antropológica interrogante, Venezuela mostraba toda la fortaleza de su recién inaugurada democracia representativa dándole una soberana paliza a Fidel Castro y a las tropas combinadas de altos oficiales del ejercito revolucionario cubano – entre los cuales los gloriosos comandantes Arnaldo Ochoa Sánchez, Tomás Meléndez “Tomásevich” y Ulises Rosales del Toro – y un selecto grupo de  recién estrenados guerrilleros provenientes de todos los sectores de la izquierda marxista venezolana, desde el PCV y Bandera Roja, hasta la Liga Socialista y el MIR, escisión de la juventud de Acción Democrática que optara por incorporarse a la lucha armada preconizada, armada y financiada desde La Habana por la Secretaría América que dirigía Barbaroja. Entre ellos Douglas Bravo, Moisés Moleiro, Américo Martín, Alí Rodríguez Araque, Héctor Pérez Marcano, Gabriel Puerta Aponte, Américo Silva y muchos otros.

Es tan abundante el calendarios de las doradas ocasiones susceptibles de apadrinar tan funestos Idus como los que abrieran el chorro del pantanal de inmundicia en que chapoteamos,  que cuesta desmalezar sus fechas, incluso de imaginarse la pregunta. Sólo en el siglo XX y a partir de la muerte de Juan Vicente Gómez, en su cama y de muerte natural tras 27 años de feroz despotismo,  un Zavalita vernáculo y criollo podría preguntarse en pose metafísica e inquisidora: ¿cuándo fue que nos jodimos? ¿Nos jodimos el 18 de octubre del 45, el 24 de noviembre del 48, el 13 de noviembre del 50, el 23 de enero del 58, el 18 de febrero del 83, el 27 de febrero del 89, el 4 de febrero del 92, el 20 de mayo del 93, el 27 de marzo de 1994, el 6 de diciembre del 98, el 11 de abril del 2002, el 15 de agosto del 2004 y así hasta el 14 de abril del 2013?

En todas esas fechas aconteció algo extremadamente grave, que atentaba contra la integridad de la República y cuyos resultados, independientemente de los propósitos que animaran a sus protagonistas, si los hubo, que muchos países se joden en el absoluto anonimato de sus responsables, contribuyeron al inmenso caudal de nuestras desdichas. Desde la llamada revolución de Octubre, que pretendió democratizarnos a mandarriazos y tribunales de responsabilidad civil y administrativa, hasta el derrocamiento de Gallegos, primer presidente constitucional y democráticamente electo en la historia del Siglo XX venezolano, pasando por el asesinato de Delgado Chalbaud, único magnicidio de nuestra historia republicana, la caída de Pérez Jiménez y el fin del despotismo desarrollista, el Viernes Negro, el Caracazo, el Golpe de los 4 coroneles, el Sobreseimiento y puesta en libertad del último de los golpistas, el Defenestramiento de Carlos Andrés Pérez, la elección de Chávez, la rebelión de Puente Llaguno, el fraude del RR y así, hasta el descarado robo de las elecciones presidenciales consumado por el golpismo cuartelero del post chavismo. Una auténtica ristra de data horribilis como para asombrarse de que aún sigamos en pie.

¿Debemos ser consecuentes con la historia e inquirir por los orígenes de nuestra joda más allá de Gómez y de Cipriano Castro, de Crespo y Guzmán Blanco, de Monagas, Falcón, Zamora, Antonio Leocadio Guzmán y Páez, por sólo mencionar los más prominentes? ¿O debemos llegar a las causas de la rebeldía del joven levantisco, aristócrata, ambicioso, impetuoso y riquísimo heredero don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar de la Concepción y Ponte Palacios y Blanco? ¿Y adentrarnos incluso en el laberinto de sus íntimas desesperanzas, la muerte de su recién desposada, la bella y frágil María Teresa del Toro y Alayza, su orfandad de príncipe del naufragio, el arrebatón violento de sus bienes de fortuna, su desgraciado comportamiento al frente de la defensa de Valencia, su infamante comportamiento frente a su admirado Francisco de Miranda, sus devaneos sentimentales?

De ir a los meros orígenes de nuestra Gran Jodedera, tendremos que concluir con una implacable autocrítica de nuestro, gústenos o no nos guste, padre de la patria, quien sumido en la desesperación y a meses de su muerte en la Quinta San Pedro Alejandrino, en Santa Marta,  escribió un testamento evaluatorio de su obra tras veinte años de feroces y sangrientos combates que todo bolivariano debiera llevar grabado a sangre y fuego en su corazón. He aquí una pequeña muestra de la opinión que tenía Simón Bolívar del estado de la América independizada por él con el empeño de 300 mil cadáveres venezolanos, caídos en combates o muertos por efecto de sus aterradores desastres: ”Se turban todas las elecciones con tumultos o con intrigas. Muchas veces los soldados armados vienen a votar en formación, como no se hiciera ni en la primitiva Roma, ni en la isla de Haití. Todo lo decide la fuerza, el partido o el cohecho; ¿con qué miras?: para mandar un instante, entre las alarmas, los combates y los sacrificios…En ninguna parte las elecciones son legales: en ninguna se sucede el mando por los electos, según la ley… No hay buena fe en América, ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las Constituciones libros; las elecciones combates; la libertad anarquía.; y la vida un tormento”.

Tan siniestro es el panorama y tan devastador el balance, que bien hubiera podido responderse el mismo Bolívar con este imaginario monólogo: “Venezuela se jodió cuando inconsciente de la gigantesca responsabilidad que yo asumía y envanecido por mis ambiciones imperiales y mi insaciable afán de gloria metí la mano en lo oscuro y profundo corazón de una sociedad en gestación, semi bárbara, todavía irracional, primitiva e incapaz de dirigirse a sí misma, exigiéndole en un gesto de irrefrenable soberbia se comportase como los atenienses de tiempos de Pericles”. Suena insólito, pero irreprochable. Porque si así no hubiera evaluado las consecuencias de su desaforado e incansable afán de eternidad no hubiera escrito de seguidas: “Hemos perdido las garantías individuales, cuando por obtenerlas perfectas habíamos sacrificado nuestra sangre, y lo más precioso de los que poseíamos antes de la guerra: y si volvemos la vista a aquel tiempo “ – se refiere a los tiempos coloniales anteriores al 19 de abril de 1810, obviamente, cuando éramos la pacífica provincia de tierra firme bajo el reinado del monarca español de turno y aún sus fieles y leales vasallos, pues “¿quién negará que eran más respetados nuestros derechos? Nunca tan desgraciados como lo somos al presente.”

No lo invento. Lo extraigo del segundo tomo de las Obras Completas de Simón Bolívar, págs. 1299 y ss., editorial LEX, La Habana, 1947, en donde reza negro sobre blanco UNA MIRADA SOBRE LA AMÉRICA ESPAÑOLA, Quito, 1829. Con la incuestionable autoridad de José Félix Blanco y Ramón Azpúrua, según consta en el Tomo XIII de sus DOCUMENTOS PARA LA HISTORIA DEL LIBERTADOR, pp. 493-497. Caracas, 1877.

Zavalita: mejor no menealle. Que la cloaca es insondable.

@sangarccs

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