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Viernes 21 de Septiembre del 2018

¿Dónde está Chávez?

Si Chávez no estuviera agonizante, habría dicho mil cosas sobre la crisis reciente en Siria, donde se tambalea su amigo Bashar Al Assad, y sin duda estaría ufanándose de los nuevos envíos de combustible para alimentar sus equipos de guerra.

Si Chávez estuviera vivo, lo que se llama estar vivo, no dejaría pasar la ocasión para lanzar improperios contra los judíos y para apoyar a sus hermanos de Hamas en esta dura crisis en la Franja de Gaza.

Si Chávez estuviera vivo, le mandaría mensajes de amor y solidaridad al déspota de Irán, defendiendo el derecho inalienable que le asiste para fabricar su bomba atómica con el destino que conocemos.

Si Chávez estuviera vivo, insistimos en que a la manera como consideramos vivo a un hombre de sus ímpetus, ya habría visitado a Daniel Ortega en Managua para celebrar su triunfo sobre Colombia. Y habrían llovido sus ofertas para explorar petróleo en las aguas de su nueva propiedad y para facilitarle alguno de sus juguetes bélicos de reciente adquisición en Rusia y China, con el pío propósito de patrullar esa conquista.

Si Chávez estuviera vivo, andaría a la cabeza de sus tropas rojas para alimentar la votación importantísima que se le viene encima. El camarada no estaría corriendo el riesgo de gobernar un país lleno de Estados enemigos.

Si Chávez estuviera vivo, nos seguiría regalando aquellas interminables peroratas semanales que bautizó como "Aló Presidente", y mantendría la interrupción continua de los canales de televisión para refrescarlos con su deliciosa imagen y su verbo encendido.

Si Chávez estuviera vivo, no faltaría a la cita de las Farc en La Habana, personaje fundamental como es de aquél sainete, y estaría encabezando la exigencia para el indulto de Simón Trinidad, sin cuyas luces los diálogos parecen un pesebre apagado.

Si Chávez estuviera vivo, nos lo recordaría todos los días. El coronel no comprende el panorama de su Patria, ni el del universo, sin su presencia llenadora, palpitante, decisiva.

Lo dicho conduce a una conclusión inapelable: Chávez no está vivo. Y no importa si lo tienen guardado en estado vegetativo en algún hospital de aquí o de allá. Lo que importa es que Venezuela es una nave al garete, un Estado fantasma, una estructura vacía. Porque en el mundo del caudillismo totalitario, las cosas son así. Sin el reyezuelo, no queda nada.

Nadie se atreve a preguntar por Chávez. Los suyos, porque no quieren levantar la ola de preguntas sin respuesta. Y los opositores, porque le temen a Chávez como los moros al Cid Campeador, aún después de muerto. Venezuela es un país tan acongojado, tan desorientado, tan deshecho, que no se siente capaz de afrontar su destino sin la imagen del tirano. No es la primera vez que ocurre, y por desgracia tampoco será la última.

El tiempo, como en todo, desató el enigma que se había formado alrededor de la salud de Chávez. Todo apuntaba a que sus piruetas en las tarimas, sus discursos a media voz, sus apariciones caóticas, serían las últimas. Seguramente con su consentimiento, y a lo mejor a sus instancias, los médicos sometieron ese cansado organismo a un estrés insoportable. La cortisona, los analgésicos, los estimulantes, cumplieron su oficio y culminaron su tarea con el discurso del triunfo. Y luego llegó lo inevitable, el colapso que sigue a esos esfuerzos descomunales.

Dios se apiade de quien ha hecho sufrir tanto y ha causado tanto daño a la Nación más rica de América. Como cristianos, no nos queda otro voto por esa vida que se pierde en el vacío de la nada. Pero como estudiosos de la vida de los hombres y los pueblos, no podemos ahorrar el sufrimiento de plantear este problema, con su brutal crudeza. Porque al parecer Venezuela no podía vivir con Chávez, pero no está preparada para vivir sin Chávez. De otro modo, estas reflexiones elementales se habrían planteado mil veces, con dramática insistencia. Y no faltan por inadvertencia o capacidad de análisis. Simplemente faltan porque todos le temen a la única respuesta posible.

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