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Domingo 18 de Noviembre del 2018

El coraje de ser creyente

Autor(a): Pedro Aja Castaño  | 

Fecha: 07/10/2018

Exclusivo para FCPPC
 

Creyente - Foto: radioiglesia.com

Por predicar estas grandes verdades sufro penalidades y me tienen en la cárcel como un malhechor. Por dicha, aunque estoy encadenado, la Palabra de Dios no lo está. Por eso estoy dispuesto a sufrir si con ello alcanzan la salvación y la gloria eterna los que Dios ha escogido.

Apóstol San Pablo martirizado en Roma en el año 65 d.C.

2 Timoteo 2:9

Nuestras vocaciones tendrán siempre esa doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo, no se olviden esto. Cuando falta alguna de estas dos, algo comienza a andar mal y nuestra vida poco a poco se marchita como un árbol que no tiene raíces (cf. Lc 13,6-9), se marchita.

Les digo que da mucha pena ver algún obispo, algún cura, alguna monja marchito. Y mucha más pena me da cuando veo a un seminarista marchito. Esto es serio. La Iglesia es madre. Si ustedes ven que no pueden por favor, hablen antes de tiempo, antes de que sea tarde, antes de que se den cuenta que no tienen raíces ya y se están marchitando. Ahí hay tiempo para salvar porque Jesús vino para salvar. Si nos llamó es para salvar.

Discurso del papa Francisco a los sacerdotes y consagrados de Perú (20-01-2018)

Se me estrujó el corazón cuando oí que la W utilizaría la poderosa proclama de amor inocente y divino de Jesús, “Dejad que los niños vengan a mí,” (Mateo 19:14) para promocionar el escándalo de la pedofilia dentro de la iglesia católica. Le sugeriría a su impulsador, Juan Pablo Barrientos, quien se ufana y defiende su investigación, (Ver Dejad que los niños vengan a mí: Juan Pablo Barrientos… – W Radio) que se tomara el trabajo de leer y profundizar sobre el tema escudriñando a fondo “El coraje de ser católico – Crisis, reforma y futuro de la Iglesia” por el teólogo George Weigel. Allí se plantea la crisis de la iglesia, los problemas, la solución. De esa manera la información periodística, objetiva y respetable, cumpliría el propósito de la profesión. No el escándalo.

Ahora bien, si Barrientos quiere ‘castigar’ a la iglesia, y si ahora se discute la cadena perpetua para pedófilos, valdría la pena que nos enfrentáramos al juez más riguroso de la Iglesia, alguien sin concesiones; y que Barrientos diera a conocer el contexto evangélico completo sobre la pedofilia para que deje de ser show y nos aleccione en algo positivo. Antes de citar Barrientos a Mateo 19:14, Jesús había anunciado el castigo para los abusadores y los que promueven el escándalo. En Mateo 18: 5-7 dice: “Y el que reciba a un niño como este, en mi nombre, a mí me recibe. Pero el que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo venga!” ¿No es la anterior una terrible sentencia para quien agrede a un niño, la razón de ser de la sociedad porque nos garantiza futuro; o una terrible advertencia para el que promueve el escándalo y el mundo que lo acoge? ¿Y qué mayor escándalo para un niño inocente que abusar de él sexualmente? Jesús es tajante. PIDE LA PENA DE MUERTE PARA EL ABUSADOR DEL NIÑO. Pero la Iglesia y muchos defensores de los derechos humanos ignoran esta sentencia, ya que arman escándalos cuando el delito ocurre surgiendo los especialistas y el show periodístico mientras se rasgan las vestiduras, pero el problema se conoce desde hace tiempo y sigue. ¡Qué hipocresía! El texto condenatorio aparece nada menos que en los tres Evangelios llamados sinópticos: Mateo 18,5; Marcos, 9,42 y Lucas, 9,46. La Biblia de Jerusalén, traducida directamente del original, le pone como título al episodio en los tres Evangelios la palabra “escándalo.”

Pero este no es el meollo del problema, sino lo que dice el Papa en la cita que abre este escrito. Al principio del evangelio de San Juan, el otro Juan, el evangelista, ve que pasa Jesús y le dice a dos de sus discípulos (Juan y Andrés) “He ahí el Cordero de Dios.” Al oírlo los dos siguen a Jesús y le preguntan dónde vivía. Con sencillez les responde: “Venid y lo veréis.” Lo siguieron y experimentaron una forma de vida llena de santidad, poder y servicio desinteresado; lo que quiere el Papa. No había teología, evangelios, ni Vaticano. Pero para seguir esa forma de vida, libremente buscada y aceptada, se necesitaba coraje en el primer siglo al igual que hoy. Eso lo asumió Pablo con espíritu alegre según le escribe a su discípulo Timoteo en el texto evangélico arriba citado. Pablo, como muchos seguidores de Jesús, fue un mártir, es decir, alguien de un coraje heroico. ¿Qué significa esa palabra?

1. Uno que escoge la muerte en vez de negar a Jesucristo o su obra.

2. Uno que da testimonio de la verdad que ha visto, o conoce o ha escuchado, como lo hace un testigo ante un tribunal de justicia.

3. Uno que sacrifica algo de mucha importancia por el avance del Reino de Dios.

4. Uno que soporta sufrimiento constante o severo por causa del testimonio cristiano.

5. Alguien que sigue a Jesús debido a las certezas de su santidad y divinidad.

Para que una persona llegue a esa convicción se necesita una especial vivencia de Dios mediante el sentir, experimentar, advertir, indagar, para comprobar su existencia y verdad. Es decir, vive un permanente proceso de conversión. Los que desconocen esta experiencia pueden llamarla fanatismo, locura. Y tienen razón. San Pablo escribe: “Los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos, en cambio para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y sabiduría de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres.” (1 Cor 22).

El tipo de cristiano creyente arriba descrito, pues hay quienes solo lo son de nombre, es el que vemos resistiendo, mediante el amor, a sus torturadores en la URSS, China y otros lugares (Leer: Locos por Jesús – La voz de los mártires, Editorial Unilit); el que se quita el pan de la boca por otro; el que salva a sus hermanos en África; un Maximiliano Kolbe quien ofreció su vida para salvar la de un prisionero judío en Auschwitz; o los que se ofrecen en intercambio por secuestrados. Esos ‘locos’ testimonios convirtieron a incrédulos en creyentes, porque una fe como esa no se ve fácilmente, ya que está fundamentada en el poder de ‘amaos los unos a los otros’. Miles son los cristianos martirizados que registra la historia, pero en los dos últimos años, al menos 8.313 cristianos han sido asesinados por su fe y uno de cada seis vive en países en los que existe persecución religiosa. El cristianismo es, en la actualidad, la religión más perseguida del mundo. Esos ‘locos’ corajudos son los que alimentan la fe de millones, no los pedófilos. Pero nadie arma un escándalo por esos asesinatos.

Porque ese ‘amaos los unos a los otros’ ha sido predicado y practicado por la divinidad encarnada y la invitación de Jesús requiere de nuestra libre y espontánea voluntad. ¿Por qué? Porque la divinidad es piélago incomprensible de toda suerte de perfecciones, entre ellas la libertad, una eternidad más allá de todo tiempo, una infinidad más allá de toda grandeza; es una hermosura, una claridad, una perfección infinita como lo describe Karl von Eckartshauen en su obra “Dios es el amor más puro.”

Los modernos saduceos que tampoco creen en la resurrección le plantearon a Jesús el problema de una mujer que habría estado casada con diferentes hombres para saber de quién sería esposa en la resurrección. Jesús les dijo que estaban equivocados porque en el cielo no habría diferencias sexuales, ya que serían como ángeles. Los ángeles que tuvieron sexo con las mujeres fueron los ángeles caídos. (Leer El libro de Enoc)

Por otra parte, además de tener el creyente una guerra con el mundo y Satanás, la tiene con la carne que es la unidad sicofísica del ser humano, cuando el hombre no se somete a la voluntad de Dios porque se cree más sabio que Él. En su “Manual de guerra espiritual,” Sección II, Demonización y abuso infantil, capítulo 55, El abuso infantil, página 525, el Doctor Ed Murphy dice: “De las seis puertas especiales (los cinco sentidos y la mente) por las que los demonios se vinculan a las vidas de los seres humanos, tal vez la más corriente, horrible y destructiva sea el abuso infantil. Todo el mundo reconoce que esta clase de abuso es de lo más terrible y que si se prolonga durante un largo período de tiempo dañará al niño para el resto de su vida. Los demonios se aprovechan de este daño para sus fines perversos.”

El Dr. Murphy diferencia entre demonización y posesión. La demonización es una influencia permanente del demonio por el modo de vida, los pensamientos, actitudes, sentimientos que se mantienen; así que tanto el creyente como el no creyente están expuestos a ese peligro. Por eso Pablo decía que ‘el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar.’ Pero debido a la misericordiosa protección de Dios no lo vemos. Y los que han sido abusados sexualmente son los más expuestos a ser demonizados. La negación de esa dimensión del problema es una tragedia al haber eliminado la trascendencia de nuestras vidas mediante la banalización del mundo. Los asesinos, violadores, abusadores han sufrido abuso infantil de índole sexual, sicológica, física, social, pero nadie ora por ellos para su liberación.

Así, con el conocimiento que tienen los sacerdotes de las escrituras y la extensa historia milagrosa de la Iglesia, además de los recursos científicos y pastorales para la cura de la homosexualidad (Ver: Catholic.net – La curación de la homosexualidade… ) el problema que plantea la homosexualidad en el sacerdocio es de un inmenso y arduo peso racional y moral, tanto para quien lo sufre, tolera o acepta, como para quienes lo rodean dentro y fuera de la institución que creen en la divinidad bondadosa y protectora de Jesús, especialmente con los niños. La educación para la castidad de sacerdotes homosexuales y heterosexuales, no es suficiente; por lo que entonces la castidad se considera una prueba, si esa vida no está fundamentada permanentemente en la aspiración hacia el encuentro con Dios a través de todo lo que hacemos. Por eso la castidad, temporal o permanente, no deja de ser un valor cuando libremente se la acepta, o se la ejerce voluntariamente tanto por sacerdotes, como por seres humanos comunes y corrientes; también es un heroísmo esa castidad. Sin embargo, en el escándalo que se promueve y acepta pagan justos por pecadores; se destruye la fe en ese ideal de vida y se arriesga, para el creyente, la razón de ser de su vida: la salvación que es vivir en esa perfección en la vida eterna. Y hago una pregunta sencilla: La sociedad del siglo 20 propuso el usufructo del sexo libre como un ícono de ‘liberación.’ Pero si lo es ¿por qué causa tantos problemas promoviéndose con ese uso la esclavitud sexual?

No soy homosexual ni pedófilo. Sin embargo, en algún momento de conciencia responsable en la vida, en relación con algún dilema o problema que tengamos, nos preguntamos: ¿Cómo llegué aquí? Ante nuestros ojos, de chicos o grandes, aparecieron siempre dos caminos: uno ancho y transitado, cómodo, popular, lleno de poder, honores y dinero; un camino considerado ‘normal’. El otro, estrecho, empinado y olvidado. De alguna manera vamos escogiendo entre el camino del éxito y el de la autorrealización. ¿Qué nos inclinó por el uno o el otro? Difícil saberlo; y el filo de la navaja por el que transitamos en búsqueda de la verdad de cada uno de esos caminos nos dice, además, que en ambos hay pruebas y engaños.

Un día en una confesión le conté el dilema arriba descrito a un viejo y sabio sacerdote. Me aconsejó de penitencia: Pedro, haz siempre el bien, no importa lo que cueste. También me dijo: No importa cuál de los dos caminos elijas, que Dios siempre te acompañe porque conoce esos caminos mejor que tú. Ambos caminos los recorre el sacerdote gay y el heterosexual; pero tienen que definir prioridades o verdades. ¿Estará su sacerdocio basado en su orientación sexual, a la que supuestamente han sometido mediante un voto de castidad; o a una dimensión humana superior que es el encuentro con Dios testimoniado en el servicio desinteresado?

Denunciar y prevenir la pedofilia, venga de donde viniere, es hacer el bien. ¿Estamos todos dispuestos a conocer y pagar el precio como autores, víctimas, espectadores o luchadores contra ese flagelo? Este escrito es parte de esa lucha. El mismo planteamiento debe hacerse sobre: la droga, el crimen organizado, la prostitución, la buena administración del estado, la vigencia de las buenas costumbres, el camino de la realización y el éxito, porque el ser humano es comunitario. Pero lo más importante de todo es no olvidar jamás nuestra verdadera y fructífera relación con Dios y el prójimo. Eso es lo que el sacerdote pedófilo daña por lo que merece castigo ejemplar por el Código Canónico y la ley penal que nos rige a todos. Pero también debemos conocer la verdad, sin la cual no es posible el combate, la prevención del mal contra el papel activo de Satanás en esta tragedia para enfrentarlo con la oración consciente, el ayuno, la penitencia, el ofrecimiento de obras y la lectura de la Biblia. No sé si Juan Pablo Barrientos pueda reconocer esta clase de esfuerzo que es el que hacemos, anónimamente, los creyentes para que pueda darles cabida en su programa a los sacerdotes que luchan contra la pedofilia. El Papa es uno de ellos. ¿Por qué no lo llama? Tendría el mejor rating del año.

Antes de hacerlo, sin embargo, como asumo que no es creyente, sería bueno que investigara la “Maravillosa historia de la Madre del buen consejo” y pida orientación sobre su proceder correcto. Si es un periodista sincero en busca de la verdad y hacer el bien, la Santísima Madre lo orientará. Para comenzar vaya a “El milagroso fresco de la Madre del Buen Consejo – Gaudium Press” y averigüe sobre los milagros de esa advocación. Que Dios lo guarde, Juan Pablo Barrientos, e ilumine su inteligencia sobre sus decisiones como persona y periodista.

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