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Viernes 19 de Enero del 2018

Gato por liebre

La desfachatez de Juan Manuel Santos no tiene parangón en la historia política de Colombia.

Ni siquiera Ernesto Samper Pizano, que es de su misma catadura moral, llegó a tanto con aquello de que el dinero del narcotráfico entró a su campaña presidencial “a sus espaldas”.

Santos acaba de declarar que, con la abortada reforma judicial, el Congreso le metió “gato por liebre”. Insiste, pues, en que lo sucedido al término de la pasada legislatura fue obra de la mala fe de los congresistas, particularmente los de las comisiones de conciliación de Senado y Cámara, y que el Gobierno nada tuvo que ver con el estropicio.

La opinión nacional ve las cosas de otra manera, pues tiene claridad acerca de que los errores cometidos son atribuibles en conjunto al Congreso y al Gobierno.

Por eso, ambos salieron severamente castigados en las últimas encuestas que se publicaron en esta semana.

Si de “gato por liebre” se trata, tal es lo que Santos les metió a nueve millones de confiados colombianos que votaron por él hace dos años y hoy están cobrando conciencia no sólo del error que cometieron, sino del engaño a que se los sometió.

Trato de hacer memoria de algo semejante en nuestro devenir político y, francamente, no lo encuentro.

Hemos tenido presidentes de muchas clases: buenos, regulares y malos, ilustrados e ignorantes, idealistas y pragmáticos, brillantes y de pocas luces, avizores y miopes, pero me resulta difícil encontrar alguno que exhiba tan redomada mala fe, excepción hecha de Samper.

A tan deplorable condición, asocia Santos, por desventura, una temeraria ligereza para hablar, no obstante sus dificultades de dicción, que puede ocasionar desastres y en nada contribuye a apagar los incendios que él mismo ha ayudado a desatar.

“Tartamudo locuaz” llamó Jorge Zalamea en “El Sueño de las Escalinatas” a Laureano Gómez. Pero este era elocuente, incisivo, dialéctico, cultivado. No sucede lo mismo con Santos, que dice tonterías y hace malos chistes.

Todo esto daría pie para que los colombianos, que somos gocetas por condición, nos divirtiéramos a costa suya, pues reírnos de los presidentes es uno de nuestros más preciados deportes nacionales.

Pero el asunto no es para risa, pues envuelve aspectos de enorme gravedad.

Lo primero, el autismo presidencial.

Santos no parece darse cuenta cabal de lo que sucede en torno suyo ni de en qué país vive. Las cosas le resbalan, no se inmuta, las aborda con una frivolidad que espanta.

Lo segundo tiene que ver con su concepción del  mundo político.
Los que en el mismo actúan tienden a considerarlo como un gran escenario teatral y en buena medida están en lo cierto. Pero tras la apariencia está la realidad, que, como decía Lenin en célebre frase, “es tozuda”.

Pues bien, hay políticos que mantienen en la mira siempre los hechos, sea para preservarlos, ya para modificarlos, bien para revolucionarlos. Otros, en cambio, creen que lo importante son las apariencias, lo mediático, lo virtual. Y a esta mala categoría pertenece Santos.

Hay algo peor.

Los políticos, desde luego, son actores que desempeñan sus respectivos papeles ante el público. Unos de ellos son actores de carácter, como un Olaya Herrera, un López Pumarejo, el mencionado Laureano Gómez o los Lleras, por ejemplo. Pero los hay histriones, volatineros, comediantes de ópera bufa. Y, para mal de Colombia, a dicha especie pertenece Santos.

He citado en otras ocasiones un texto del Eclesiastés que advierte contra la puerilidad y la ligereza de los gobernantes en estos términos:

"10:16 ¡Ay de ti, tierra, cuando tu rey es muchacho, y tus príncipes banquetean de mañana! "

La fatuidad de que hace gala Santos lo muestra como un ser inmaduro, veleidoso, de poco carácter y no mucha ilustración, para quien la vida es ante todo un juego de ganar y de perder.

Gente que lo conoce considera que adolece de ludopatía. De ahí que exhiba como una gran virtud, a su mal juicio, la de ser un hábil jugador de póker. Y se cuenta que nombró a alguno de sus compañeros de juego para un cargo de gran responsabilidad dizque por haber sido el único que le ha ganado en las cartas.

Pues bien, de un jugador con alma de adolescente puede esperarse cualquier cosa.

Leí en esta semana una excelente entrevista que le hizo Edgar Artunduaga en Todelar a Roberto Gerlein, el decano de los senadores colombianos.

Gerlein lleva cuarenta años en el Congreso, lo que significa que pocos como él tienen un conocimiento tan detallado y de primera mano sobre lo que ha acontecido en este país a lo largo de cuatro décadas.

En sus declaraciones, se duele del modo como Santos ha manejado esta crisis que, a no dudarlo, es una de las más graves que hemos padecido en mucho tiempo. Y justifica lo que yo no he vacilado en llamar la abyección del Congreso, por el temor a que se lo cierre.

Recordemos algo que dijo Churchill de los que por cobardía eluden las confrontaciones, que se quedan con el pecado y sin el género.
Pues bien, Santos, con escandalosa desvergüenza, le ha echado toda el agua sucia de este bochornoso episodio institucional al Congreso. Y éste ha comenzado a reaccionar, tal como lo muestra la rechifla que sufrió el Ministro del Interior en la Cámara de Representantes al cierre de las sesiones espurias que dieron al traste con la dignidad del máximo cuerpo representativo del pueblo colombiano.

Puede suceder que la confrontación entre Santos y el Congreso vaya subiendo de punto, de suerte que en un momento dado se torne inmanejable.

Entonces, aquél, para el que, como he dicho, la Constitución es una baraja con cartas marcadas, no tendrá escrúpulo alguno para acudir ante el Sanedrín de las Raposas para que le den visto bueno a la clausura del cuerpo legislativo, so pretexto de la suprema conveniencia nacional.

La tormenta no ha pasado, como ladinamente pretende hacer creer Santos. Por el contrario, apenas comienza, porque los congresistas se sienten “humillados y ofendidos”, como en la novela de Dostoiewsky, y soplan en todo el ambiente de la república vientos de indignación que preludian que algo muy grave podría desencadenarse en cualquier momento.

¿Y a quién tenemos al timón?

Como dicen las beatas, que Dios nos encuentre confesados cuando todo eso ocurra.

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