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Miércoles 21 de Noviembre del 2018

GRANDES CRISIS, PEQUEÑOS LIDERAZGOS

Autor(a): Antonio Sánchez García  | 

Fecha: 24/12/2013

Exclusivo para FCPPC

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Leo en el periódico madrileño ABC (11/12/2013) una estupenda entrevista al gran historiador inglés Max Hastings con ocasión del lanzamiento en España de su último libro sobre la Primera Guerra Mundial (PGM) «1914, el año de la catástrofe» (Crítica). De la que me interesa resaltar una de sus afirmaciones, que viene a corroborar una sospecha historiográfica de honda significación política sobre la que venimos reflexionando desde los sucesos que dieran al traste con el sistema democrático venezolano y permitieran la irrupción de la barbarie militarista que hoy padecemos: “En la historia las naciones se han enfrentado a crisis terribles con dirigentes muy pequeños. Como podemos ver hoy, con la posible excepción de Angela Merkel en Alemania, ninguno de los líderes de Europa son apropiados para bregar con un desastre de esta magnitud.” Dios libre a Europa y al mundo de la reiteración de desastres de esa espantosa magnitud, que costara en su momento la friolera de 15 millones de muertos.

No quisiera ahondar en las causas últimas, indudablemente de naturaleza antropológico cultural, de esta terrible contradicción entre los tamaños de las crisis y la estatura de los liderazgos potencialmente llamados a conjurarlas, si bien es evidente que la brutal masificación, vulgarización y banalización de la política en la era del espectáculo – una inevitable consecuencia de la masificación de las instancias cuantitativo democráticas en la era de la masificación tecnológica – ha llevado a que figuras de incuestionable medianía, pobreza intelectual y carencia de atributos se puedan hacer con el control político de sus países gracias a características que más tienen que ver con el show bussiness que con la gerencia pública de las naciones. Si Max Hastings sólo rescata a la dirigente socialcristiana Angela Merkel del foro de liderazgos presentes en la hora actual europea, en América Latina debemos conformarnos con figuras de segundo y tercer nivel. Y en algunos casos, con parvenues que se sostienen en sus cargos gracias al aterrador y abusivo poder de las fuerzas armadas. E incluso a la injerencia de fuerzas de ocupación extranjera. Pues para la inmensa desgracia de algunos países de la región, como es el caso del nuestro, Venezuela, esa crisis de liderazgo también se hace sentir y de manera particularmente notable en el que debería suponerse el liderazgo en sus fuerzas armadas. Copadas hoy por el oportunismo pandillesco, el arribismo inescrupuloso y la ambición crematística más rampante.

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Estas últimas elecciones han vuelto a poner de manifiesto el descomunal esfuerzo en dinero, abusos y manipulación que se hacen necesarios para mantener el tinglado que sostiene a un pobre hombre sin otros atributos que la cerril obediencia a los dictados de la tiranía cubana. Rodeado, como corresponde, de una pandilla de asaltantes de camino que a cambio del disfrute del erario se hacen la vista gorda ante el control extranjero de nuestras riquezas, nuestras instituciones y nuestra soberanía. Abruma al respecto oír a quienes, del lado opositor, insisten en señalar el error que supone “subvalorar” al hombre de La Habana, como “se subvalorara” al teniente coronel Hugo Chávez. Como si la estatura de un hombre público fuera objeto de una suerte de concurso de valoraciones y no la expresión objetiva de valores fácilmente reconocibles en lo que la ciencia política llama “autoritas”. ¿O el más versado de los asesores de imagen puede negar que de esa autoritas, de origen romano, el pobre hombre puesto en Miraflores por la voluntad desquiciada de Hugo Chávez no posee un adarme?

A esa dolorosa constatación de atributos y correspondencias se refiere la vieja conseja de que los pueblos tienen los gobiernos – liderazgos – que se merecen. Y así arriesguemos la absoluta incomprensión de nuestros lectores, ¿alguien negará que ese escandaloso enanismo de los liderazgos nacionales afecta por igual a tirios y troyanos? Así se me acuse de arbitrario, me sobran los dedos de una mano para encontrar a los líderes opositores a la altura de las circunstancias. Por elemental discreción no los menciono, pero ninguno de ellos parece pronto a asumir los destinos e la Nación. No cuentan con el favor de la unanimidad nacional. La farándula, la complacencia, la apatía y la absoluta falta de exigencias de una masa política carente del fuste de las exigencias han puesto en el primer plano del liderazgo a figuras de indudable valía, pero muy alejados de la capacidad de responder a la inmensa gravedad de la crisis que enfrentamos.

Sobre todo si los medimos en relación a circunstancias semejantes vividas en nuestro inmediato pasado. No tememos volver a repetir que la democracia venezolana usufructuó de la obra de la generación del 28 hasta que agotara todos sus cartuchos. Una vez fuera del escenario por el envejecimiento y la muerte, el país se nos derrumbó como un castillo de naipes. La afirmación de Hastings no reviste, por ello, de ninguna sorpresa: pobres aquellos países enfrentados a grandes crisis con liderazgos pequeños. Los espera la ruina. En eso estamos.

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Mientras, Los revolucionarios están indignados. De forma y fondo. De fondo, pues perdieron alcaldías emblemáticas por las que daban la vida, como Caracas, Valencia, Maracaibo, Barquisimeto, Mérida, Maturín y sin el control de las cuales no hay estado comunal ni asalto al Cuartel Moncada que valgan. ¿Cómo imaginarse el poder de los bolcheviques y su régimen soviético con ciudades como Kiev. Leningrado y Moscú en manos de los mencheviques? Y eso en 1932, a 14 años del asalto al Palacio de Invierno. Un desastre verdaderamente inenarrable, como lo señala un análisis temprano de la agencia de noticias Aporrea.

En cuanto a la forma, el dolor raya en la tragedia. “Tóvarich Lenin, no se caiga de espaldas: se perdió Barinas” hubiera dicho el camarada Gustavo Machado, si consecuente con la eternidad del comunismo no se hubiera muerto el 17 de julio de 1983. La Tiflis en que nació Ioseb Besarionis dze Jugashvili, alias Stalin, ha caído en manos de los rusos blancos. Los mutilados y encerados restos del teniente coronel Hugo Chávez, el mensajerito del Zar de todas las Cubas, no encontrarán reposo. Barinas, que viera correr descalzo al granuja de Misia Elena, Huguito, pues, el loquito de las arañas, ha caído en poder de la derecha. Y conste que el Cuartel de la Montaña, la Wolfsschanze o guarida del lobo que hubieran llamado los nazis y en la cual estuvo a punto de perder la vida el Führer, también estuvo a un tris de perderse en manos de la derecha si no hubieran mediado acontecimientos de los que más vale no menealle, en honor de la salubridad de los sucesos. Que si no metían la mano hasta la cacha de la espada en el CNE también perdían la última esmeralda de la boina rojo de la Primera Comandanta, el municipio Libertador.

De modo que por los predios de Miraflores huele a velorio, a conciliábulos, a sahumerios. Maduro quisiera llamar al orden al general Leopoldo Cintra, el gobernador mercenario de los Castro in partibus infidelis, para q ordene el despelote montado por los babalaos, santeros, paleros y tabaqueros del sótano de Miraflores que le aseguraron el mismo sábado a la luz de la luna que el momento era propicio, Changó y Yemayá se aparecieron en borras y huesos y babalúayé aseguraba que ganaban incluso en El Hatillo.

Pero hay algunos detalles que hacen reflexionar al fablistán que esto escribe: una cosa es Aporrea y su visión escatológica, meta histórica, mesiánica y apocalíptica de un pobre campamento llamado Venezuela – que no es, créanmelo, y sé del tema, una de las tribus perdidas de Israel – y otra muy distinta la aspiración de un pobre chofer de autobús, de mal aliento, con agrio olor a sobaco mal disimulado tras una cortina de colonia argentina Lancaster, ex reposero en una agencia de viajes, cucuteño y  medio vago, ascendido por azares de la diosa de Sorte al trono celestial de los vuelos de PDVSA. Quien se conforma con que no lleguen los indignados a colgarlo apendicinalmente por el balcón del pueblo y ponerle un violento fin a este largo sueño de una noche de verano.

¿Quién tiene la razón? ¿Vladimir Ilich Ulianov o la señora que vendía empanadas en Cúcuta? Pronto lo sabremos.

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