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Viernes 19 de Enero del 2018

¿INCITANDO AL GOLPE?

He leído y releído el discurso del expresidente Uribe en el homenaje a Fernando Londoño , acaso hubiera ocurrido que no he visto lo que vi y ni oído lo que oí. El evento no fue un "coctel", como mal informaron a una distinguida columnista bogotana. Fue un encuentro de quienes consideraron que, tras el brutal atentado al exministro y la muerte de dos de sus escoltas, bien valía hacerles un reconocimiento. No le cabía un alma al recinto, por cierto, y si hubiera habido espacio para cinco mil personas tampoco habría habido lugar. Fueron centenares las que, con boleta en mano, la gerencia del club no dejó entrar. Aun en Bogotá, ciudad por excelencia del antiuribismo, Uribe y Londoño convocan.

Tampoco es cierto que el expresidente haya acusado al gobierno, como dice nuestra amiga periodista, de ser "un equipo de vándalos" o que se haya presentado "al Presidente [Santos] como un pirata que pretende repartir el botín de la nación con unos guerrilleros". No es verdad tampoco que haya "instigado el descontento del Ejército y la Policía contra las políticas trazadas por este Gobierno". Ni que se haya "promovido acciones por fuera de los canales establecidos y de las vías institucionales", en palabras de otro de nuestros amigos columnistas. O, peor, que se haya "incitado a la sublevación o forzado la fractura institucional".

Ni una sola de las palabras de Uribe estuvo dirigida a levantar a los cuarteles, a sublevar a la tropa, a romper la institucionalidad. Ni el tono ni el contenido del discurso es antidemocrático o propugna por caminos fuera del estado de derecho o, mucho menos, la revolución o la violencia.

Lo que sí hubo fue una crítica durísima de Uribe al actual gobierno. Y un énfasis especial en los asuntos de seguridad. De paso advierto que algunas de las apreciaciones del expresidente no las comparto. Creo, por ejemplo, que el esfuerzo que se hace en materia de justicia penal militar, si llega a buen puerto, sería una solución fundamental a la inseguridad jurídica que hoy asuela a nuestros militares. Y que esa puede ser una solución pronta si la ley estatutaria que se requiere se tramita en este semestre, de manera que su aprobación coincida con la de la reforma constitucional en materia del fuero.

Pero el expresidente refleja la opinión de muchos cuando cuestiona los coqueteos a Chávez, la propuesta de legalización de la droga y el llamado "marco jurídico para la paz". Y cuando advierte sobre los impactos que tales iniciativas tienen en soldados y policías. Es un imposible ético pedir sacrificios a nuestros uniformados si el mensaje que se recibe del Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas es que la lucha contra el narcotráfico es inútil y que los guerrilleros, incluso los responsables de crímenes de guerra y de lesa humanidad, no pagarán un solo día de cárcel por sus delitos (y, además, podrán acceder a cargos de elección popular). Y cuando se manifiesta simpatía y apoyo con quien al otro lado de la frontera presta refugio a los terroristas que asesinan colombianos. Lo que afecta la moral de la tropa son los hechos, no las preguntas y críticas que sobre esos ellos se hacen.

Con certeza al Gobierno y a sus amigos no les gustan ni las críticas ni de quien provienen. A estas alturas Santos tendrá claro que es un error monumental menospreciar a Uribe y suponerlo cosa del pasado. Pero si algo necesita este Gobierno es quien lo supervise, teniendo como tiene en su costal a todos los partidos políticos, menos al Polo, y a la gran prensa nacional. Y esa tarea no puede ser calificada de "chantaje al Gobierno", de "descalibrar la disciplina militar", de "forzar la fractura institucional", de "cuasisubversiva" o de "terrorismo político", como lo han hecho en estos días, sin rubor, columnistas de Semana y El Tiempo.

A Uribe le criticaron, sin descanso, la Seguridad Democrática. ¿Porqué no se pueden criticar ahora las políticas de Santos? ¿Y por qué hacerlo es contrario a la democracia?.

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