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Lunes 18 de Junio del 2018

Inquietudes en torno a la prensa

Me refiero al manejo de la información no solo de EL TIEMPO sino de toda nuestra prensa cotidiana. No es el mismo de los diarios europeos.

A propósito de la venta de EL TIEMPO, he percibido inquietudes que no me parecen razonables.
Nada va a perder este diario con el hecho de que su propietario sea Luis Carlos Sarmiento y no el grupo Planeta. Al contrario, los problemas de Colombia son más cercanos a la sensibilidad de un pulcro empresario colombiano, protagonista de generosas donaciones, que a los de una empresa editorial española cuyas inversiones obedecen ante todo a propósitos de rentabilidad, los mismos que inspiran la compra de un banco.

Mis inquietudes son otras y sobre ellas hay poca conciencia en el país. Me refiero al manejo de la información no solo de EL TIEMPO sino de toda nuestra prensa cotidiana. No es el mismo de los diarios europeos. Desde cuando estos advirtieron que perdían toda primicia informativa por obra de medios más inmediatos, como la radio y la televisión, decidieron mantener su caudal de lectores brindándoles elementos de análisis e investigación sobre los hechos de actualidad. Buscan desde su propio ángulo de apreciación explicaciones de los hechos políticos o económicos, su real alcance, sus consecuencias, a tiempo que a los sucesos de armas o policiales les dan la vivencia narrativa de un reportaje.

Entre nosotros, en cambio, las noticias en la prensa se dan dentro de la misma pauta informativa de los medios audiovisuales. Inevitablemente, el diario que las registra se convierte ante todo en correa de transmisión de una fuente, trátese del Gobierno, de dirigentes políticos, empresarios, funcionarios judiciales, de ONG e incluso de maleantes extraditados. Leyendo estos textos, la opinión pública no pueda tener una real apreciación de su validez y se sirve de especulaciones.

Es un riesgo propio de la desinformación. Grave, por cierto. Como lo revelara en un excelente libro el general Adolfo Clavijo, notable analista y catedrático, en Colombia existe hoy un peligroso mercado de falsedades, trátese de denuncias, procesos o inculpaciones. Detrás de muchas de ellas está el dinero del narcotráfico o de brazos políticos de la subversión, cuando no obedecen a las parcialidades políticas que contaminan nuestra justicia. Al registrar medidas o fallos como hechos incuestionables (condenado el militar o el senador fulano por tales y tales delitos) se auspician a veces monumentales injusticias. El tema suele dejarse en manos de juristas o de nosotros, los columnistas de opinión, sin que los lectores puedan acceder a informes ajenos a toda polarización política o ideológica. Al margen de estos registros informativos, las páginas de lectura de este y otros diarios suelen estar destinadas a temas ligeros.

Pienso que por encima de las polémicas que enfrentan en estas páginas a un Daniel Samper y a un José Obdulio Gaviria, fieles a sus respectivas causas políticas, conviene que este diario pueda empinarse sobre ellas para abordar nuestra realidad con informes de confiable objetividad donde la investigación sirva de elemento orientador. Hay en este sentido -debo reconocerlo- intentos logrados. Cito como ejemplo el extraordinario reportaje que Juan Gossaín hizo recientemente para este diario a propósito de los problemas de la salud en Colombia. No se apoyaba en simples opiniones suyas, sino en una real y objetiva investigación destinada a encender sirenas de alarma. De su lado, Salud Hernández-Mora ha logrado en el espacio reducido de su columna describirnos situaciones de remotas regiones del país que ha visitado.

Estas son las semillas de un periodismo de grandes reportajes que el país necesita. No sobra decirlo indiscretamente, a sabiendas de que Roberto Pombo acepta que estas inquietudes se formulen y no es ajeno a la necesidad de virajes bien encaminados.

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