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Martes 22 de Mayo del 2018

LA BANALIZACIÓN DEL BUEN GOBIERNO, EL PERDÓN Y LA PAZ

Autor(a): Pedro Aja Castaño  | 

Fecha: 14/07/2014

Exclusivo para FCPPC
 

“La política ha dejado de ser la ilusión de arte noble y útil con el que siempre soñó justificarse, para convertirse en entretenimiento banal y desprestigiado.”

Fidel Castro

(Selección de Discursos)

“Perdóneme, amigo; pero voy a matarlo para gobernar a sus hijos; no es nada personal,” decía el terrorista en medio de la pesadilla del Padre Casimiro, cuando sonó el disparo y el cura se despertó. Así comienza la novela que está escribiendo un amigo. Todavía no le tiene título, pero me inspiró el de este escrito.

Buda prometió no entrar al nirvana hasta que el último de los seres sintientes fuera liberado de la rueda de las reencarnaciones; sus seguidores deben aprender a meditar para, mediante el control, su mente pueda liberarse del apego, que lleva al pecado, o la equivocación produciendo el sufrimiento. Cristo, por el contrario, sudó la camiseta por el pecador para redimirlo; es decir pagó por él, para liberarlo, y obtener el perdón, si el ‘reo’ libremente acepta que ha pecado, que necesita el perdón y lo pide. Cristo y Buda representan un caso ejemplar de humanidad; por eso son sagrados, porque hicieron el esfuerzo de demostrar con sus vidas lo que predicaban. El concepto bíblico de dignidad humana que el evangelio condensa llamándonos ‘hijos de Dios’ da forma a la estructura social de occidente de una forma especial para cultivar la compasión, los derechos humanos, la prosperidad mediante el trabajo, y el tener familias fuertes. En el contexto cristiano, para pedir perdón hay que reconocer que alguien tiene la capacidad de castigar: Dios o la sociedad. Es decir, el perdón implica un esfuerzo consciente por parte del otorgante y el beneficiario quien debe demostrar arrepentimiento, pues se le va a  perdonar la vida. Por otra parte Pablo habla de una paz que supera toda comprensión, haciéndonos vislumbrar así la trascendencia humana. Pero, si eliminamos a Dios del esquema, declarando su muerte, y esto se acepta, a la sociedad se la puede embaucar fácilmente porque ha desaparecido la base del ordenamiento de los valores. Sigue ‘existiendo’ Dios, pero es la última opción, por lo que se le puede banalizar. Por ello, para las políticas totalitarias, el ateísmo es necesario.

¿Cómo se embauca a la sociedad, banalizando el perdón y la paz? Sustituyendo la experiencia religiosa de la trascendencia, el arrepentimiento y el perdón, que es significativa y profunda, por la práctica política que es superficial e interesada, para utilizarla en la configuración de mecanismos de manipulación ideológica o partidista para satisfacer intereses de impunidad, poder y gobernabilidad, con los nombres cambiados. ¿Por qué es posible banalizar el perdón y la paz? Porque en Colombia existe el siguiente escenario.

Un grupo enceguecido por una concepción del mundo que busca destruir la cristiandad, pero que espera ‘perdón’ de lo que quiere destruir, apoyados por políticos que fustigan ‘como de extrema derecha’ cualquier pronunciamiento con base en preceptos cristianos. Por otra parte, al desaparecer el poder de castigo del estado, el ‘perdón’ se puede negociar porque el estado ha perdido legitimidad, pues las Farc no lo reconocen; así la ‘víctima’ tiene que autoproclamarse para ser reconocida  porque el estado la ignoró desde un comienzo, a conveniencia, para no entorpecer las negociaciones. De esa manera, todo es negociable aunque se afirme lo contrario. Al dar las Farc declaraciones por su lado, sin dar razones de sus contenidos y sin una contraparte reclamante, el estado pierde el poder de competir con su verdad. Al arriesgarse Santos para negociar con las Farc, ciertamente generó el ‘poder’ de la primera iniciativa frente a sus competidores políticos en la democracia, pero no frente a las Farc porque ellos no arriesgan prestigio, ni les importa; por lo tanto la percepción del riesgo de la ‘iniciativa’ de negociar, es la de algo innecesario, sin poder. Santos busca ejercer el poder del compromiso con las Farc, pero éste funciona entre iguales con ejercicio comprobado de honestidad; así, se pretende comprar ese compromiso con la garantía de participación política; pero participación no es garantía de éxito, las Farc lo saben porque el cheque que les da Santos no lo hace efectivo el gobierno, sino el pueblo; luego el cheque puede salir chimbo porque no tiene fondos de credibilidad.

Por otra parte, el poder militar del estado que puede cegar la vida es relativo porque quienes verdaderamente tienen algo que perder son los guerrilleros rasos, no el secretariado protegido en Venezuela; luego el poder que se puede ejercer explotando una necesidad, en este caso, preservar la vida, no funciona para los objetivos de alto valor. Tampoco cuenta Santos con el poder real de la identificación con los beneficios del proceso de paz; por contraste  podemos ilustrar esa carencia, de manera esclarecedora, con la Selección Colombia. La gente salió a respaldar, a vitorear a un ‘perdedor,’ porque fue una ‘pérdida significativa’; de ese tamaño es el respaldo. Con las Farc se habla de ‘tragar sapos’, pero esos ‘sapos’ no son significativos para la gente, son detestables, no ameritan el sacrificio de la dignidad. Por  todo lo anterior el proceso de paz no ha podido generar el poder de la moralidad, de la ética. Así, siendo la paz un alto bien moral y ético ¿por qué no genera el entusiasmo que suscita todo bien? Porque el comportamiento descrito ha generado en la opinión la convicción de que en La Habana hay una actitud manipuladora, ejercida para alcanzar un fin personal y político, y que tiene en cuenta al país y a las víctimas como un medio, otorgándoles la atención suficiente para conseguir su objetivo.

Por lo anterior, cuando se le pide al país que perdone, se nos pide que expresemos indulgencia, tolerancia o comprensión ante la pena merecida por los actos terroristas de las Farc; y que, además, aceptemos, que esos terroristas nos puedan gobernar. Olvidan los promotores del perdón que éste se concede ante un error, el reconocimiento de una falta, un crimen, y su consiguiente arrepentimiento; tiene además el perdón componentes voluntarios e involuntarios; se otorga porque ‘supuestamente’ nos da paz, nos alivia una carga; pero podrá existir esa paz si permanentemente se nos recuerda, como víctimas, que tenemos que convivir con una injusticia social, política, con una carga impuesta, permanente y visible, en términos políticos? Cuando este comportamiento normal de la sicología humana se quiere ignorar, los promotores políticos buscan engañar achacándole esa ‘incapacidad’ de perdonar al deseo de venganza. ¿Por qué ocurre?

Porque el tema de la paz exige capacidad y habilidad política para construir acuerdos y consensos entre los diversos sectores sociales, a fin de que las medidas de ajuste que deban ser implementadas, cuenten con el respaldo y la legitimidad del conjunto de la sociedad. A falta de esa capacidad, que se llama buen gobierno ético, se necesita el engaño, la banalización del tema, la manipulación, la persecución.

Porque el buen gobierno es aquel que ejerce con eficacia el poder político manteniendo el orden y la cohesión social por la habilidad política, la toma de decisiones acertadas y la eficaz administración de los medios y los recursos empleados para transformar aquellas decisiones en programas de gobierno y cursos de acción política, lo cual no hemos visto.

La falta de gobernabilidad es lo que hace surgir la mermelada como banalización de los recursos públicos llamándolos ‘maquinaria política, porque los factores que determinan la gobernabilidad en un Estado están en función de la capacidad del gobierno para formar una agenda de debate de temas públicos, como son la paz, la reparación, la justicia, con los otros interlocutores institucionales y sociales ; es decir, las cámaras legislativas, los niveles estatal y local de gobierno, los partidos políticos y grupos de interés; así como por la dinámica de las estructuras sociales y económicas que sostienen al propio Estado. Por esa incapacidad de buen gobierno los diálogos de La Habana tenían que ser secretos y siguen en esa condición, con el mecanismo entreguista de la falta de capacidad real por la pérdida del poder frente al terrorista, como se demostró arriba. Esa falta de buen gobierno es lo que lleva a la loable intención de cursillos de paz.

Pékerman no da discursos, demuestra. Uribe demostró que un estado inviable podía volver a ser respetado. Pero Pékerman y Uribe lo hicieron con la gente de su equipo, no con los enemigos; pues si quieres ganar el partido uniéndote al enemigo, aunque lo llames negociación, terminas como vendido, traidor, banal.

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