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Miércoles 13 de Diciembre del 2017

La banalización del testimonio

Publicado en:

El Tiempo  | 

Autor(a): Eduardo Escobar  |

Fecha: 12/04/2016

 

Herbin Hoyos Medina - Foto: proclamadelcauca.com

Las recompensas se convirtieron en un mercado y la corrupción del testimonio en empresa. Hay gente capaz de la suciedad de enredarle a otro el caminado por una paga.

Herbin Hoyos dirige hace 22 años el programa más triste de la radiodifusión planetaria, 'Las voces del secuestro', que a veces oigo muerto de la pena de haber nacido en un país tan vil. En ese espacio radial los familiares de los secuestrados envían mensajes a sus parientes cautivos en los campos de concentración de las pavorosas guerrillas, les cuentan cómo va la familia, quién parió, quién se graduó, quién ha muerto, y envían bendiciones. Gente sencilla, colombianos del montón. Que confían en Dios y rezan por los hijos y por los padres y les piden fuerza y fe. En la desesperación, invocan fantasmas. Y juran que seguirán esperando después de años de espera inútil. A veces piden que les muestren aunque sea unos huesos para poder perdonar y pensar en otras cosas y seguir adelante.

Hoyos acaba de emprender una campaña a favor de los inocentes presos en las cárceles colombianas. Montones de personas condenadas sin indicios ni pruebas sufren por la declaración de un testigo arreglado que los reinventó bajo juramento. Son testigos con libreto, dice Hoyos, diseñado a veces por mandos militares y de la policía, por reinsertados que negocian una rebaja de la pena y en ocasiones con el apoyo de fiscales y jueces. Suena espantoso.

Hoyos cree que una de las causas del desastre social son las recompensas. Las recompensas se convirtieron en un mercado y la corrupción del testimonio en empresa. Hay gente capaz de la suciedad de enredarle a otro el caminado por una paga. Y de vender una mentira. Y gente tan mezquina que la compra.

El 5 de abril, en un debate en el Senado con la presencia del Ministro de Justicia, Hoyos hizo una declaración escandalosa. Cientos de hombres condenados en las cárceles colombianas, que son sucursales del infierno atendidas por la corrupción y la venalidad, purgan una pena porque sus mujeres los acusaron de abusar de sus hijos. Tenían un amante o querían librarse de un mal matrimonio. Y echaron mano de la fábula macabra. El colmo de la crueldad femenina. A veces los niños se arrepienten de las falsedad manipulada por la madre. Pero ya los jueces andan en otra cosa. Y la máquina del Estado es lenta y pesada.

Un senador costeño participante en el debate, un médico que fue acusado de paramilitarismo hace años y absuelto, contó que lo siguen llamando para pedirle dinero so pena de montarle otro caso. Es fácil armar un caso. Basta jurar. Y echar un buen cuento. Aberrante. La majestad de la justicia rebajada a la condición de simple chismosa. La investigación sobra. Si se cuenta con el testimonio de bonita apariencia de un forajido que a veces cambia de versión impunemente. Debe ser por eso que de las encuestas de las revistas de pendejadas resulta que somos un país feliz: ordenamos la vida sobre el andamiaje de las mentiras que nos echamos. Y seguimos tan campantes.

Hoyos, en su intervención en el Senado, dio una cifra: el 37 % de los imputados en Colombia son inocentes. Como me pareció inverosímil, llamé a un amigo abogado para preguntarle si podía ser cierto. Y me dijo. No tengo ese dato. Pero sé que el 90 % de los delitos quedan impunes.

El problema del hacinamiento carcelario en Colombia no es fácil de solucionar, pues me dije yo: si sueltan el 37 % de los presos inocentes y se recoge el 99 % de los impunes que andan sueltos estarían peor de estrechos y más mal alimentados. Y, además, pero esto es una suposición mía, no debe haber ni plata ni tiempo para restaurar los equilibrios de una justicia maltrecha. Y hay cosas más imperativas. Los pomposos contratos, el mantenimiento de las camionetas blindadas, los paseos de los altos heliotropos con caras de extraterrestres recién aterrizados y las tardes en los restaurantes. Lo demás puede esperar. A fin de cuentas así venimos desde la Colonia, y ahí vamos. De mezquindad en mezquindad. Y hechos unas pascuas.

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