Viernes 20 de Octubre del 2017

LA CLOACA

Ni la corrupción es un fenómeno nuevo ni lo son los escándalos relacionados.

Pareciera que no hay gobierno que se escape del problema, aunque algunos intentan combatirlo y otros lo ven pasar. De manera que los colombianos hemos ido desarrollando piel de cocodrilo y no nos quitan el sueño, ni siquiera nos impresionan, los ocasionales destapes de ollas podridas aquí y allá.

Pero confieso que nunca antes, ni siquiera en los tiempos de ferias, fiestas y favores del 8000, había visto nada semejante a lo que ocurrió en Bogotá. Cuando creemos haber visto todo, algún involucrado suelta la lengua y lo que ya es un monstruo gigantesco y pestilente crece todavía más y se torna aun más hediondo.

Las recientes declaraciones de Emilio Tapia y Julio Gómez, contratistas ambos, perfilan poco a poco, a cuentagotas, la dimensión de la cloaca.

Lo que se montó en la capital fue una mafia, una pandilla de criminales, una sanguijuela de múltiples cabezas dedicada de oficio a robarles todo lo posible a los bogotanos.

No hubo sector en que no hubiera negociado: el eterno proyecto de metro, Transmilenio y el sistema de recaudo, las ambulancias y los hospitales, la Secretaría de Educación, el Fondo de Vigilancia y Seguridad, las basuras y el relleno sanitario, el acueducto, y por supuesto, la renovación urbana, la malla vial, las obras públicas y el IDU.

Ahí donde se rasca, brota la pestilencia, la presencia purulenta de comisiones, mordidas, amaños de miles y miles de millones de pesos.

El saqueo era sistemático, ordenado, permanente. Se planeaba desde la Alcaldía Mayor y extendía sus tentáculos a lo largo y ancho de todas las instituciones distritales.

La cúpula, Samuel Moreno y su hermano Iván, el abogado Álvaro Dávila, y los mencionados Gómez y Tapias, un par de fulanos de medio pelo convertidos en multimillonarios por obra y gracia del soborno.

Pero de ahí para abajo la nómina es extensísima: secretarios y funcionarios distritales, concejales (Gómez tiene pruebas contra quince de los actuales), los órganos de control en cabeza del personero Rojas Birry, exconstituyente y líder indígena, y el contralor Moralesrussi, funcionarios de la Fiscalía, senadores y representantes.

No era pues un negociado de oportunidad o un quiste enclavado en alguna entidad distrital. Era un vasto y extenso grupo criminal.

Habrá que estar vigilantes para que tantos y tan poderosos intereses no bloqueen las investigaciones. Y para que los jueces no se tuerzan a la hora de fallar.

Las billeteras de los involucrados no tienen fondo y está probado que ninguno tiene escrúpulos. Y habrá que presionar para que se llegue más allá, a los asesores que diseñaron los mecanismos para lavar el dinero de la banda y los "banqueros", acá y afuera, que se prestaron para hacerlo, a los políticos que los encubrieron y los patrocinaron, a las compañías extranjeras y nacionales que pagaban las mordidas.

¿Será posible que María Eugenia Rojas, en cuya casa se reunían su hijo Iván y los contratistas extranjeros, nada supiera? ¿Qué responsabilidad política le cabe a Ernesto Samper, que se empeñó en elegir a Samuel y en apoyarlo, y antes había nombrado a Iván ministro de Salud? ¿Habrá que olvidar que el Polo se dedicó a la defensa sistemática de Moreno Rojas, so pretexto de que era un perseguido de la derecha y de la prensa burguesa?

La corrupción no tiene ideología, por supuesto. Pero esta maquinaria putrefacta de criminalidad es toda de la izquierda.

Bastó con que llegaran al poder y han dejado a Bogotá en la ruina. Y no solo por los billones que se han robado, sino por el espectáculo de improvisación, burocratización y clientelismo con que han "administrado" la capital.

***

Y mientras tanto, la tibia Canciller, que corrió para legitimar la fraudulenta elección de Maduro, calla frente a la violencia contra la oposición en la Asamblea Venezolana y apenas susurra, obligada y en privado, sobre las agresiones contra el expresidente Álvaro Uribe.

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