Lunes 23 de Octubre del 2017

La culpa es de las vacas

Publicado en:

El Espectador  | 

Autor(a): Luis Carvajal Basto  |

Fecha: 20/07/2015

 

Foto: agromeat.com

¿Será cierto que la corrupción en la política desaparecerá estigmatizando a los partidos?

Mientras algunos medios, como la revista Semana en su artículo central ayer, consideran equivocadamente que la fiebre está en las sábanas, la política real, que decide sobre presupuestos y decisiones que toma el Estado, ha recibido toda clase de críticas justificadas por la manera en que nos alistamos para las elecciones de octubre. La influencia de grupos y asociaciones montadas con el único objetivo de hacerse a los presupuestos en las regiones ha deslegitimado, como nunca antes, el ejercicio de la política en nuestro país. ¿Es “culpa” de los partidos? Para empezar, son delitos tipificados en el código penal que se resisten a otro tipo de análisis.

De las trampas “simples” hemos pasado a una evidente “criminalización de la política”, en vista de las relaciones de muchos candidatos con personas condenadas por delitos que van desde robo del erario hasta asesinato, pasando por otros más “triviales” como fraude electoral. Las normas se quedan cortas. Es frecuente que estos maleantes electorales, impedidos legalmente y muchas veces en cárcel, deleguen en familiares o testaferros para seguir haciendo lo mismo por lo que fueron castigados. Resulta difícil, para la Ley o los partidos, impedir ese tipo de aspiraciones. Sanciones de presunción; éticas y morales, no caben en ningún estatuto partidario ni alteran cinismo ni pragmatismo, ingredientes del quehacer político en estos días.

Pero eso es andarse por las ramas. ¿Podía esperarse algo diferente luego del desfile por estrados judiciales y cárceles de más de 100 congresistas, alcaldes y gobernadores?; ¿ya olvidamos que del congreso recientemente elegido, 35 de sus miembros estaban investigados por la corte suprema?, ¿Cuántos de ellos fueron amenazados e incluso secuestrados? Es que la política en las regiones tampoco escapó a la crisis del Estado y se desarrolló en medio de un conflicto impactado por el narcotráfico. Nadie lo duda pero nadie dice nada. La reciente reforma de equilibrio de poderes dejó las cosas tal cual. Para la prueba lo que ocurre ahora con los avales. Lo más fácil es echarle la culpa a los partidos.

Está suficientemente probada, y comentada, la división entre partidos y opinión urbana y, también, la que persiste entre votantes de pequeños y medianos municipios con los de las ciudades. Mientras al interior de los partidos predomina la maquinaria de los votos de ese otro país que se expresa mayoritariamente en el congreso, opinión y nuevos sectores sociales apenas se reconocen. Apenas cuentan, salvo por la exposición mediática, casi siempre vinculada a sus derechos.

Si la esfera electoral fuese independiente, probablemente las reformas tendientes a superar el frente nacional habrían sido exitosas. Han aparecido nuevas expresiones políticas que también se han visto afectadas por nuestra anómala dinámica. Tal es el caso de la ola verde, expresión de la opinión de las grandes ciudades, e incluso el Polo Democrático que ha pretendido aglutinar sectores llamados de izquierdas. Varios de sus dirigentes han formado, sobre medida, tolda aparte, como en el caso del hoy ministro Garzón, fundador y participante en los dos, o el alcalde Petro, quien terminó creando su propio movimiento.

Transfuguismo, como ineficiencia o corrupción, no es patrimonio exclusivo de los partidos tradicionales.

Esas maneras de hacer la política pueden ofrecer, a las ambiciones de los candidatos, pírricos resultados en el corto plazo. Consiguen así una curul o controlan, a nombre de quienes hacen “vacas” electorales que reemplazan coincidencias programáticas, una gobernación o alcaldía. Pero eso es una trampa que agota el sistema democrático y que muchos opinadores urbanos “solucionan” satanizando los partidos sin los que es imposible la política en democracia.

Mientras somos capaces de hacer una verdadera Reforma política que proscriba este tipo de prácticas, debemos proteger lo que nos queda de instituciones, entre ellas los partidos que deben ser fortalecidos en lugar de menguados. Nuestra “política real” es, y nadie debe tener dudas, una vergüenza, pero seguir denigrando de los partidos no resuelve nada.

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