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Miércoles 17 de Enero del 2018

LA MEDIOCRIDAD TEME A LA VERDAD

Hace pocos días Thomas L. Friedman en su columna del The New York Times titulada "El ascenso del populismo", decía que: "La mayoría de los líderes piensan que decirle a la gente la verdad hace al líder vulnerable, ya sea al público o a sus oponentes. Se equivocan".

Destacaba Friedman, entre otras cosas, el valor de la verdad para quien es realmente líder y citaba para tal propósito frases del más reciente libro de Dov Seidman como las siguientes: "La parte más importante de decir la verdad es que en realidad une a la gente", "es como darles un piso sólido", "Se obliga a la acción. Cuando usted está anclado en la verdad compartida, empieza a resolver los problemas juntos. Es el comienzo de un camino mejor".

Pero la verdad es una herramienta exclusiva de los líderes que lo son de nacimiento y de formación, no de quienes llegan al poder por la casualidad, por los apellidos o porque otros les dieron todo para alcanzarlo. Para quienes fungen como líderes sin serlo, la verdad es la amenaza que puede develar su mediocridad y es mejor apelar a la mentira y a calumniar a aquellos que solo los anima la responsabilidad con el futuro del país y no el de las próximas elecciones.

Confieso que he intentado no escribir más sobre el presidente, porque me aflige, pero es que su exponencialmente creciente serie de torpezas y bajezas no me lo permite. Espero lograrlo, pero esta vez tampoco fue.

Su ludopatía política no es un misterio, ni siquiera para sus áulicos de la prensa capitalina como el Achatina Fulica, o caracol de baba venenosa que todo lo que toca lo parasita. Su costumbre de traicionar y dejar tirado a quien le sirve también es sabida. Pregúntele a nueve millones de votantes, al Congreso, a su vice, al saliente Ministro de Justicia o a otro miembro de su gabinete que no tuvo el mismo carácter de este para renunciar. Todo esto no es no extraño ni nuevo en el ejercicio político, aunque por ello no deja de ser lamentable.

Pero la canallada de la semana anterior que intentaba distraer a la opinión de sus vergüenzas descubiertas, acusando, con el apoyo del Achatina microfonado, al expresidente Uribe de ser con las Farc los principales actores que desprestigian a Colombia, es la señal de graves enfermedades en un dirigente: la mediocridad y la cobardía.

¿Pretende el presidente que todos los colombianos nos contagiemos de sus mismos males para que él no se sienta solo en el pabellón de enfermos? ¿Pretende el presidente y su Rengifo que todos los colombianos imitemos su conducta esquizofrénica de negar la realidad, ocultar los problemas y desacreditar a quien los visibiliza, en vez de argumentar y responder? Eso es una inmundicia aberrante. Es una canallada que no dignifica su apellido ni a sus ancestros.

Presidente. No le pedimos que sea perfecto, ni más faltaba. Pero recuerde que admitir los errores sin echarles la culpa a otros o desacreditarlos para desviar la atención, no es un signo de debilidad sino de fortaleza. Todavía tiene tiempo, aunque poco.

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