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Martes 12 de Diciembre del 2017

¿La paz, a qué precio?

¿Qué espera la guerrilla de un posible acuerdo de paz? Sería necesario verlo con cabeza fría.

Lo leímos en este diario y sin duda es cierto: llevamos treinta años de contactos secretos con la guerrilla. Desde Belisario, todos los presidentes han querido hacer realidad el sueño de la paz. Incluso, Álvaro Uribe. A su manera, mediante una flagrante derrota del terrorismo. Con tales antecedentes, no debe sorprendernos descubrir hoy en día que desde el mes de febrero el Gobierno está jugando en Cuba esta carta. Y su propósito en sí mismo no exacerba los ánimos. El país, contra lo que algunos piensan, no está dividido entre amigos y enemigos de la paz. Por la paz nos la jugamos todos. Nada sería más grato para cualquier colombiano que levantarse una mañana y abrir el periódico sin hallar noticias de bombas, secuestros, atentados o imágenes de mujeres llorando a sus muertos.

Aquí el problema es otro. Se trata, en primer término, de saber por qué la guerrilla hizo fracasar todos los anteriores intentos de paz. Luego, cuáles deberían ser los necesarios requisitos para el diálogo. Y por último, qué aceptarían y qué no aceptarían las Farc, dada la fuerza que creen tener.

A propósito de los requisitos, el investigador y analista antioqueño Jaime Jaramillo Panesso nos recuerda que mientras se desarrollan los diálogos de paz la guerrilla propicia "ataques brutales que se encaminan a matar policías y soldados, a destruir torres de energía eléctrica, puentes y carreteras, a realizar secuestros y atentados, extorsiones y otros actos terroristas". Es cierto. Hay quienes afirman que no es justo, mientras estos hechos se producen impune y diariamente, que se dialogue con las Farc sin poner como condición el cese de estas atrocidades. ¿Una posición de la llamada ultraderecha? No, más bien es la reacción de muchos colombianos del común.

¿Qué espera la guerrilla de un posible acuerdo de paz? Sería necesario verlo con cabeza fría. Si fuese cierto, como creen algunos, que la guerrilla está debilitada, le bastaría a esta una desmovilización sin sanciones penales, según lo anticipa el marco jurídico para la paz. Pero, pese a los duros golpes sufridos con la muerte de sus máximos comandantes, su última estrategia terrorista le está dando resultados.

Según mi amiga de siempre, Noemí Sanín, tres factores la han fortalecido. El primero fue la eliminación del fuero militar, que ha permitido la más tenebrosa cacería de oficiales y soldados por parte de una justicia politizada. Doce mil militares, al ser objeto de investigaciones, están hoy fuera de combate. El segundo factor fue la eliminación del DAS, pues reconociendo que tenía serias fallas estructurales, con él se perdió un arma definitiva en toda guerra: sus necesarias redes de información. Y, por último, todo anuncio de negociación desata de parte de la guerrilla una intensificación de sus acciones armadas.

Si a estas fallas que no son solo del Gobierno, sino de todos los poderes del Estado, sumamos los ingresos que las Farc reciben del narcotráfico, sus hábiles brazos políticos, su Marcha Patriótica y el real control que ejercen en muchas regiones como el Cauca, entenderemos por qué quieren dialogar en igualdad de condiciones como uno de los dos actores del mal llamado conflicto interno. Por esa razón, no sería sorprendente -como me lo dijo un amigo con figuración en la izquierda más combativa- que la guerrilla se negara a dejar las armas mientras el Ejército mantiene las suyas. Tampoco creo que renuncie al narcotráfico ni a la imposición de políticas económicas muy propias del peligroso socialismo bolivariano.

Sí, el precio fijado por las Farc para alcanzar la paz puede ser más alto de lo que espera el Gobierno e imagina el país. No es fácil el acuerdo con una organización cuya fuerza reposa en el terrorismo.

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