Martes 24 de Octubre del 2017

La paz de los sepulcros

Autor(a): Everth Bustamante  | 

Fecha: 04/09/2013

Exclusivo para FCPPC

El pasado 28 de agosto, Francisco Santos precandidato presidencial por el Centro Democrático convoco a una marcha del silencio en homenaje a los cerca de 400 soldados y policías muertos por las FARC desde que se iniciaron las conversaciones de La Habana en noviembre del año pasado. A estos muertos de la fuerza pública debe sumársele los numerosos civiles que han perdido sus vidas por la acción violentas de las FARC en diferentes regiones del país.

El jefe de la comisión negociadora del gobierno Humberto de la Calle el pasado lunes anunció desde la Casa de Nariño que “la paz llegará una década después de firmada” y con una tranquilidad que raya en el cinismo aseguro que las discusiones que se adelantan en La Habana no tienen el “propósito de firmar un acuerdo y llegó la paz de un momento para otro”.

A medida que trascurre el tiempo y las alegres cuentas del gobierno sobre el proceso de paz no le salen como las había calculado se empieza a evidenciar la naturaleza engañosa del juego presidencial. Hace dos meses el consejero de paz Sergio Jaramillo le contó al país que la estrategia negociadora tenía dos ejes, uno lo que denominan el “acuerdo final” y el otro lo que, eufemísticamente, en el lenguaje oficial llaman la “transición”.

En su momento lo dijimos claramente, lo que la burocracia gubernamental con tanta mañosería proclama como el “acuerdo final” no es otras cosa que un simpe acuerdo de intención, el cual se sometería a la refrendación de los colombianos mediante la convocatoria de un referendo, usado como señuelo, justo el día de la elección del congreso o de la elección presidencial para que los ciudadanos salgan a votar por los candidatos de la “mermelada” y el proyecto reeleccionista de Juan Manuel Santos.

Entonces tenemos que el “acuerdo final” no es otra cosa que un simple acuerdo de intención, ya que en las propias palabras de Humberto de la Calle “la paz llegará una década después de firmada”. Por lo tanto, el aspecto central de la negociación que no es otro que la entrega de las armas por parte de las FARC no se concretara, por lo menos, durante los próximos 10 años. Si los colombianos permitimos que este gobierno se salga con la suya, lo que tendremos que preguntarnos es cuantos civiles, cuantos policías y cuantos soldados mas tendrán que pagar con sus vidas durante los próximos 10 años los equívocos, las insensateces y el juego macabro de la negociación en marcha.

La sabiduría popular que se expresa en el refranero colombiano nos regala una sentencia que viene como anillo al dedo del actual presidente “A Santo que caga y mea, el diablo que se la crea”. Los acuerdos de paz de los años 90 que se concretaron con el M-19, el EPL, el PRT y el Quintín Lame resultaron exitosos porque todos estos movimientos guerrilleros el mismo día que firmaron los acuerdos de paz entregaron las armas, cumplieron su palabra y se reintegraron a la vida civil y política. Muchos de sus integrantes, incluso, y aunque todavía no existía el acuerdo de Roma ni suficiente legislación internacional sobre la materia, se sometieron a la justicia y pagaron varios años de cárcel. Algunos dirigentes como Carlos Pizarro y otros más fueron asesinados cuando adelantaban actividades proselitistas o desempeñaban responsabilidades como gobernantes locales o regionales. Sin embargo ninguno de los ex guerrilleros volvió a tomar las armas y los acuerdos de paz se consolidaron. Había voluntad y decisión de paz sin lo cual no es posible concretar ningún acuerdo de entendimiento entre las partes.

Cual, entonces, la justificación para que como lo afirma Humberto de la Calle los colombianos tengamos que esperar 10 años más de dolor y tragedia colectiva?. Cual la justificación para que el gobierno firme un acuerdo engañoso y convoque un referendo espúreo sin que la narco guerrilla entregue las armas?

Cuando por los años cuarentas y cincuentas del siglo pasado el país vivió la tragedia de la violencia bipartidista y era muy común en campos y ciudades la práctica del “corte de franela” (muerte por degollamiento), a los familiares de las víctimas se les consolaba diciéndoles que les había llegado la paz de los sepulcros. Esa paz infame y tétrica, la paz de los sepulcros, es la que nos espera a todos los colombianos si, pasivos, aceptamos los acuerdos engañosos de Juan Manuel Santos.

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