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Domingo 21 de Enero del 2018

La paz que nos merecemos

Cuando las guerrillas colombianas declararon que la toma del poder por las armas era posible, siguiendo en ese momento el ejemplo de Cuba, dieron como un hecho que su insurgencia estaba en el camino correcto.

Las Farc, aupadas por el Partido Comunista, señalaban que sería una guerra popular prologada con diferentes formas de lucha (la legal y la ilegal, la abierta utilizando la democracia “burguesa”, la cerrada con células clandestinas). El Eln y el Epl, por el contrario, consideraban que con las enseñanzas del Che Guevara (para los elenos) o con las consigna de que una chispa era suficiente para encender la pradera (para los maoístas) la revolución sería a corto plazo. Por lo tanto las guerrillas todas atrás citadas, combatirían desde los campos hasta llegar a las ciudades.- Colombia era por aquellas calendas de los años sesentas de mayoría campesina y la primera reivindicación se plasmaba en una reforma agraria que eliminara el latifundio, organizara el minifundio en cooperativas y consolidara en el poder la alianza obrero-campesina bajo la contradictoria figura de la “democracia popular con la dictadura del proletariado”.

Hoy Colombia es de mayoría urbana, el campo avanza en cultivos agro industriales y minería, la guerrilla aún es de cepa campesina, pero sus comandantes son de origen pequeño burgués. El problema central es un problema agrícola: el cultivo de la coca. Pero la toma del poder por la vía armada ha sido clausurada en sus planes, porque no solo le fue imposible derrotar las Fuerzas Armadas constitucionales, sino que la correlación de actores políticos internacionales cambió. La Unión Soviética desapareció, Cuba se agotó económica y militarmente y la solidaridad trasladó a Venezuela su foco de apoyo.

El sufrimiento de nuestra nación ha sido intenso. Durante los 50 años de esta violencia los agricultores, los campesinos pobres y medianos, los ganaderos, los obreros agrícolas, los mineros y las comunidades rurales, municipales y corregimentales han soportado el peso de la guerra. También las ciudades por la acción de las milicias urbanas de la guerrilla, los secuestros y los asesinatos de personalidades cívicas, políticas, eclesiásticas y sindicales.

¿No son nuestros los soldados, los policías y los combatientes irregulares, aunque tengan signos contrarios en la lucha? Se calcula en más de trecientas mil las víctimas mortales en esta contienda interna. Y los billones de pesos en destrucción de pueblos, puentes, cuarteles, carreteras, servicios públicos, haciendas, casas campesinas, bosques maderables,cosechas,fuentes de agua, etc. Y los billones para defendernos de los terroristas y para mantener nuestra democracia, así tenga fallas, pero es nuestra democracia. La que viene desde el 20 de julio de 1810, se confirma el 7 de agosto de 1819 y renovamos cada cuatro años.

Tenemos la sospecha de que el Presidente Santos espera condiciones suficientes, a su juicio, para dialogar con las Farc. Y las Farc atacan, salen de sus escondites en la selva a retomar la iniciativa militar y aterradora para demostrar – si eso es una demostración valedera- que son fuertes y que merecen, al menos, parte del poder y ser interlocutores del Presidente. De este tema hablaron durante el encuentro reciente, en la Habana, el Presidente Santos, el Presidente Chávez y los hermanos Fidel y Raúl Castro. Momento mas oportuno nunca antes había habido.

Los colombianos merecemos la paz. Hemos pagado una alta cuota de sangre y de duelo que no termina. Pero la paz no se puede hacer a cualquier precio. Tampoco la paz se hace para ganar premios internacionales ni para entronizar bustos de bronceen la plaza de la capital. La paz se debe hacer con la marca de nuestros sueños y con la firmeza de nuestra resistencia a la claudicación.

Por eso hay que estar atentos a la agenda temática. Que vengan también los guerrilleros con sus sueños y sus armas desmontadas. Tienen derecho a la vida en democracia, pero no nos obliguen a la admiración. Que Timochenko cambie el título de comandante por el de ciudadano. Y que no pida más de lo que merece, ni merezca más de lo que podemos darle.

Y si el Presidente Santos lo considera entonces como otro su mejor amigo, déjenos la alternativa de decir, simplemente, que no es nuestro enemigo.

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