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Miércoles 20 de Junio del 2018

La paz y las experiencias del placer y el dolor en la película política

Autor(a): Pedro Aja Castaño  | 

Fecha: 20/10/2014

Exclusivo para FCPPC
 

Pues qué es un hombre, ¿qué ha logrado?

Si no es fiel a sí mismo, no tiene nada.

Decir las cosas que siente realmente

Y no las palabras de quien se arrodilla

Mi historia muestra que asumí los golpes

Y lo hice todo a mi manera…

A mi manera de Frank Sinatra

Abrimos nuestros ojos inocentes después del llanto en un paraíso llamado Colombia. Llegamos al mundo con la garantía del alimento inmerecido, la madre; de pronto el padre también; un techo humilde o decorado; una infancia feliz en medio de los juegos de guerra. Y después fuimos aprendiendo el reto real: esa vida única, personal, su géneris, que a cada quien nos tocó había que amarla, a pesar del dolor. En la escuela o mediante las historias de la abuela, fuimos bendecidos con un ser llamado Dios, pero por las artes de una extraña ‘oposición’ surgió el egoísmo y muy pronto le dijimos a ese señor: “Quédate fuera de mi vida, pero rescátame si las cosas se ponen difíciles.” Y aún seguimos cantando “A mi manera.”

Si Dios y la Verdad se eliminan del alma ¿Qué queda? Una realidad impía de sufrimiento, mentiras y suposiciones. Entonces aparece el Maestro, el dolor; y empezamos a recorrer el camino de vuelta al paraíso perdido a través de la aniquilación del falso ego y sus intereses, o mediante el dolor y las penalidades infligidas al cuerpo y al alma.

La canción de Frank Sinatra comienza con la escenificación del espectáculo o la película que está a punto de concluir con la caída del telón, en La Habana, por ejemplo. Hay millones de finales diferentes, por lo que la esencia de nuestra producción ha pretendido resolver lo siguiente:

1. A nombre del dolor real experimentado por muchos colombianos y sus familias, en el alma y en el cuerpo, por el asesinato, el desplazamiento, la violación, el despojo, la esclavitud, el reclutamiento forzado cuyo dolor los convierte en símbolos vivientes de una experiencia sagrada, intransferible, que ha dejado en los más fuertes un compromiso y una lección de transformación en el bien; y en los más débiles la búsqueda de la venganza; frente a ese dolor real, surgen los voceros del sufrimiento (hay una diferencia entre dolor y sufrimiento) potencial sufrido en los falsos egos asustados por la posible pérdida de sus intereses. Los primeros no hablan por dignidad. Solamente nos señalan, indirectamente, la dirección del aprendizaje real: la honestidad y sinceridad radical que son las que se manifiestan con el dolor real. “¡Guerrilleros hijueputas!” gritó y lloró John Frank Pinchao, el valiente subintendente cuando pisó suelo libre, después de habérsele fugado a las Farc. Frente a ese dolor real, el placer compensatorio sublime ha sido el amor y las lágrimas de felicidad de las familias y los amigos. Después vino el sancocho y el baile.

2. En esa película trabajan también los dobles del actor principal, el pueblo. Los dobles son los que lo remplazan en las escenas peligrosas. Reciben los golpes reales del rodaje; son los que verdaderamente exponen la vida. A diferencia de los dobles de Hollywood, a los nuestros les pagan mal, les agradecen con medallitas que les entregan a espaldas de sus representados, los desprecian los políticos antipatriotas y los terroristas que hacen con sus vidas lo que les da la gana; son los sublimes héroes desconocidos de nuestra patria que una vez al año, en los desfiles del 20 de julio, inflaman por un momento el corazón del pueblo que no los olvida: los soldados y policías.

3. Participan también en nuestra producción los actores del dolor proactivo, temporal, pero digno, que han escogido defender la patria desde una posición política honesta expuesta a la maledicencia, el complot, el agravio, las amenazas mediante los organismos de justicia, el linchamiento mediático, etc. Los que asumen el dolor proactivo no esperan a que les dé el cáncer para dejar de fumar; se imaginan ese dolor. En política hay que imaginar cómo sería vivir como lo hacen cubanos y venezolanos, no esperar a que suceda.

4. Y existen muy pocos sabios que conocen el propósito del dolor que es, como ya lo habrán intuido los lectores, destruir el falso ego que se tira la buena política que puede resumirse así: es amar de manera útil al pueblo, comprobándolo con resultados; y no pretender tener gratuitamente el respeto del líder, que es un resultado que se gana; no un propósito, ni un papel.

En esta película nos quieren convencer que es mejor ‘mantener la paz’ que decir la verdad. Pero no nos han planteado que hay dos formas de preservar la paz: tragando entero, acogiéndonos al papel de Mr. Simpatía, o hablando cuando algo debe ser dicho porque deben llevarse a cabo decisiones difíciles que hay que afrontar, no soportar, que es lo que quiere Santos. Y si él dice que el proceso es difícil ¿es acaso el único que tiene cerebro para afrontarlo?

En este proceso se nos plantea, además de asumir de forma madura el dolor, el reto de acceder al placer de descubrir la verdad sobre varias cosas:

1. El discernimiento de los dioses falsos. ¿Quién es el verdadero ‘Dios’, el gobierno o el país? ¿Qué lealtad se le debe al gobierno; cuál al país? El país, como sistema, ha resistido los embates de la tragedia. Los gobiernos, en su mayoría, le han hecho conejo.

2. ¿Quiénes se autoproclamaron como los conocedores de lo que es mejor para el país? Santos y las Farc. Un acuerdo de paz es obviamente deseable; pero los acuerdos pueden ser exitosos o fracasados. Y en ese sentido habría que definir qué es exitoso y qué es fracasado. Ese razonamiento se impone debido a ‘los pendientes’.

3. De igual forma generan dudas razonables la carencia de estudios de escenarios posibles del postconflicto. Si miramos a Venezuela, su situación nos enseña lo que podría ser un escenario con las Farc en la vida política colombiana que nos podría llevar al establecimiento de una influencia abierta en línea con el régimen cubano; es decir, un sistema político autoritario; a la transformación del ejército, nacionalización de la economía, controles dictatoriales, política antiimperialista, éxodo del capital humano; es decir, un futuro de sufrimiento peor que el que ya hemos aprendido a manejar. Este quizá no sea un escenario a corto plazo, pero la idea de un poder compartido la propuso claramente Santos en su editorial de 1998 “Coger al toro por los cachos”: “Me permito proponerle al señor Presidente de la República desde este recinto sagrado de la democracia que, si de veras quiere la paz, lidere un nuevo Frente Nacional. Un Frente Nacional en el que se pacte con todos los sectores políticos y con la guerrilla un nuevo régimen político que reconozca la realidad que hoy representa la insurrección armada. Se trata de reconocer que solo con una profunda redistribución del poder político, con una recomposición constitucional y con una coalición institucional, de la que hagan parte los alzados en armas, se podrán dar las garantías necesarias y las alternativas de acción política para que se silencien los fusiles.” Esa advertencia no la tuvieron los venezolanos.

4. No firmar un acuerdo, no necesariamente significa fracaso. La realidad de mantener una democracia en medio de la guerra nos ha llevado a la estrategia de ir superando adversidades que nos pueden llevan al escenario no de 50 años más de guerra, sino al desespero definitivo y real de la guerrilla y a una futura negociación con condiciones menos favorables; la desconfianza actual hacia el proceso se fundamenta en que han conseguido más de lo estratégicamente deseable.

5. Una verdad incómoda que presenciamos, pero no sabemos definir en su significado presente e impacto futuro es el de las víctimas. En La Habana se enfrentaron el poder moral del dolor verdadero del cuerpo y el alma con el sufrimiento potencial de los falsos egos amenazados en sus intereses; se enfrentaron la realidad de una autoridad existencial con una conveniencia política. Eso lo querían evitar. Detrás de las fotos, declaraciones, titulares de prensa se siente que una verdad se escapa: la de la sinceridad y honestidad radical del acto.

Cuando aceptemos la imposibilidad de que la paz no puede ser un mandato o un sueño, daremos los pasos reales para que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad que debemos asumir ante nuestra existencia como colombianos. Hacernos conscientes de nuestra responsabilidad ante nuestro futuro con el afecto ganado por nuestros actos, o ante una posible paz inconclusa, significará que tendremos la fuerza y la sabiduría para no tirar al país por la borda al preguntarnos siempre el ‘por qué’ de la paz, la causa de nuestros actos, lo difícil, para encontrar el verdadero cómo. ¿Por qué quiere Santos la paz? Su respuesta, su cómo, es muy diferente a la que le pueden dar las Farc; y también muy diferente a la que podamos darle nosotros como pueblo. Esa es la clave secreta de los pendientes y del futuro incierto del postconflicto. Esa es la clave de la película para ganarse 40 millones de aplausos colombianos, no el Nobel.

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