Sábado 21 de Octubre del 2017

La tormenta perfecta

El paro nacional agrario es una excelente muestra de la ineptitud que Juan Manuel Santos ha demostrado tener para gobernar. No solo no hizo nada para desactivarlo, a pesar de estar programado con más de un mes de anticipación, sino que lo avivó echándole leña al fuego con expresiones despectivas. Primero manifestó que el paro no era “de la magnitud esperada” y, luego se atrevió a decir que “el tal paro no existe”, aun cuando el país estaba prácticamente incendiado por los cuatro  costados. Por si fuera poco, se atrevió a felicitar a los habitantes de Tunja por un sonoro cacerolazo que, sin duda, estaba dirigido a él, pero restándole importancia, como si no se tratara de una protesta sino de otro tipo de manifestación.

A todas estas, no son pocos los que se preguntan quiénes son los asesores de Santos, si es que los tiene, y si en verdad los escucha, o si es que todos estos dislates son exclusivamente de cosecha suya, lo que no dejaría de ser una enorme sorpresa por la falta de manejo de tan graves problemas en quien creíamos que estaba sumamente preparado para conducir al país. Lo cierto es que Santos ha resultado ser un autista que solo escucha lo que en clave de son resuene desde La Habana. Su obsesión explica el porqué de su escasa gestión en los primeros dos años de gobierno, en los que no alcanzó ni a responder a los requerimientos de las dos temporadas invernales que afrontó el país en su orfandad pues el Presidente estaba ocupado en sus devaneos con las Farc.

También las locomotoras quedaron tiradas a la vera del camino, tan olvidadas como han estado los ferrocarriles en nuestro país, porque a Santos no le interesa nada distinto a su Nobel de Paz, a su cargo de Secretario General de las Naciones Unidas, a las coronas de laurel sobre sus sienes por haber firmado la paz en la convulsionada Colombia, credencial con la que se paseará por el mundo oyendo aplausos hasta el fin de sus días mientras la democracia colombiana se convierte en una pantomima de tinte castro-chavista.

Ahora que se puso serio, cuando ya se empezaban a oír voces pidiendo su renuncia, Santos incurre de nuevo en las contradicciones que han caracterizado su mandato. En Cuba mantiene la mesa de conversaciones a cualquier costo a pesar de que las Farc han roto todas las reglas trazadas desde el principio; en cambio, la negociación con los líderes del paro agrario la rompió rápidamente y decretó un estado de ley marcial que no se veía hace décadas.

Y de manera casi chistosa, si no se tratara de algo tan grave, señaló al movimiento Marcha Patriótica —fachada de las Farc— de querer llevarnos “a una sin salida” y de tener una agenda oculta que no está relacionada con el interés por el bienestar de los campesinos pobres. En ese orden de ideas, que son totalmente ciertas, habría que levantar también el sainete de La Habana porque las Farc nos quieren llevar a una sin salida amparada en una agenda oculta que no tiene nada que ver con la paz en Colombia ni con la búsqueda de condiciones de vida más dignas para los colombianos. ¡Nadie lo habría dicho mejor!

Esta es la primera vez que Santos toma una decisión seria sin fijarse en que sus consecuencias puedan poner en riesgo el cirquito de la negociación con las Farc. No ha podido decidir el curso de acción ante la pérdida del mar de San Andrés, se ha comportado como un lacayo en todas las decisiones relacionadas con el gobierno de Venezuela y hasta ha negado la autoría de delitos cometidos por las Farc, como el atentado a Fernando Londoño. Actitud que refleja la morbidez inmoral de quien le vende el alma al diablo a sabiendas de que al que cría cuervos le sacan los ojos. Pero se vienen días peores para un gobierno débil y para un país que ha perdido la confianza. La tormenta perfecta podría desatarse si es cierto que el tal referendo será para autorizar al gobierno a instalar un Congresito dotado de todos los poderes legislativos para refundar la patria a la medida de las Farc. ¡Qué osadía! A este paso, el señor Santos será recordado como un oprobio, un defecto, un accidente en la historia de Colombia.

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