Lunes 20 de Noviembre del 2017

Nadie mata las democracias

Siempre hay un Robespierre y un Clodio y un Kerenski. Santos es un poco de todo eso.

Nadie mata las democracias. Ellas se suicidan. Lo que quedaba de la democracia griega tuvo el decoro de pasar la antorcha encendida a Roma, aquella hija de la leyenda que después del oscuro período de los Reyes se convierte en la más productiva, vigorosa y plena de las democracias que el mundo ha conocido. De la República de Roma brotan todas las instituciones modernas de la libertad, del equilibrio de los poderes, de la fuerza popular, de los elementos conciliadores y estabilizadores de la aristocracia de la conducta, que fue lo que trató de ser el Senado romano. Roma se corrompió primero, antes de perderse en el vacío de los Emperadores, tantas veces despreciables, o feroces o torpes. Y con Roma se perdió cuanto la humanidad había ganado en experiencias democráticas.

La Edad Media es como un oscuro túnel por donde el hombre, sin fe, sin brújula, trata de encontrarse a si mismo. Y llega el Renacimiento, esa experiencia cultural sin par en la historia humana, que revive todas las viejas glorias clásicas, menos la de la libertad.

Y entramos a la dura era de los monarcas que se hicieron tales por la gracia de Dios, nacidos en la vida política como un burladero desde donde el hombre trataba de hacerle el quite a sus miserias. Hasta que sobreviene la Revolución Americana, centrada, probablemente sin saberlo, en la vieja tradición iusnaturalista de Aristóteles y sobre todo de Santo Tomás, que funda un mundo nuevo, el de la Libertad, la igualdad de los hombres y el respeto a la dignidad humana. Los Padres de la Revolución se creían solo deudores de Locke, algo de Rousseau y un poco de Grocio. Quién sabe si sabrían cuanto los apóstoles de la Escuela Clásica del Derecho Natural, en cuyas fuentes bebieron Jefferson y Adams y Madison y Franklin, habían tomado prestado del pensamiento del Estagirita y del de Aquino.

La Revolución Francesa es el primer experimento europeo de un ensayo democrático. Que todo lo hace de prisa, sobre todo aquello de suicidarse. A la Revolución Francesa no la mata Napoleón, como ingenuamente se cree. La entierra el oscuro libertario de Arras, Maximiliano Robespierre en la época del terror. En la guillotina no murieron amigos y enemigos de la Libertad. Murió la Libertad misma, como lo entrevió Madame Roland camino del cadalso. “Oh Libertad. Cuantos crímenes se cometen en tu nombre”.

Cuando abre sus puertas el turbulento Siglo XX, la Primera Guerra Mundial trae a muchos la esperanza de un mundo sin tiranos. Y faltaba por ver a Stalin, Hitler, Mussolini y sus tardíos herederos. Pero hubo un momento culminante, cuando parecía imposible sustraerse a la fuerza de la Democracia, y ello era por supuesto a la caída del muro de Berlín, cuando un entusiasmado demócrata, Fukuyama, alcanzó a titular su libro famoso, “El Fin de la Historia”, porque después del triunfo incontestable de la Democracia, la Historia habría perdido toda fuerza dialéctica.

Pura ilusión. Vana esperanza. Porque la Democracia parece indestructible frente a sus enemigos externos. Pero es tan frágil la pobre ante sus propios hijos. Cuando el mundo libre estaba a punto de ser devorado por el marxismo soviético, Jean Francois Revel escribió un libro memorable: “Cómo terminan las democracias”. Se equivocó. Dos conservadores demócratas, Margareth Thatcher y Ronald Reagan, la salvaron de sus propios extravíos. Revel tendría que escribir un nuevo libro: “Le Regain de la Democratie”.

Estamos a punto de sacrificar nuestra democracia. Estamos a punto de matar la Libertad. Cuando leímos el reportaje que un gran diario nacional le tomó a ese oscuro y sanguinario bandido de Márquez, creímos, por primera vez, que nuestra imbecilidad sí era capaz de tanto como entregarnos a las manos de los nuevos tiranos. Como pasó hace cincuenta años con Cuba; como pasó con Venezuela y con Nicaragua y con Ecuador; y como está pasando con Argentina y con Brasil y con el Uruguay. Siempre hay un Robespierre y un Clodio y un Kerenski. Santos es un poco de todo eso.

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