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Viernes 15 de Diciembre del 2017

No somos idiotas, ni útiles ni inútiles

NO SOMOS IDIOTAS, NI ÚTILES NI INÚTILES

Por @MILLERSOTO

Llegar a la Presidencia tiene grandes méritos. Sabe Dios cuánto hay que sacrificar para entregarse, de tiempo completo, a servirle a toda una Nación. Desprenderse de la tranquilidad que deriva del anonimato para someterse al implacable escrutinio de un pueblo, no debe ser fácil.

Juan Manuel Santos lo hizo y ello habla muy bien de él. Antes de llegar a la presidencia, dedicó su vida al ejercicio de funciones públicas desde cargos que, si bien no son de elección popular, requieren un alto grado de compromiso con el público. Recordemos que Santos fue Ministro de Comercio Exterior en el Gobierno de Gaviria, Ministro de Hacienda durante la Administración Pastrana y Ministro de Defensa en buena parte de la era Uribe, etapa que le dio la oportunidad, gracias a los indiscutibles avances en materia de seguridad, de catapultarse como una de las figuras llamadas a suceder a quien, indiscutiblemente, logró devolverle la dignidad a una Colombia oprimida por el narcoterrorismo.

En efecto, su tarea como Ministro de la Defensa, fue importante. Muchos de los grandes éxitos del Gobierno de Alvaro Uribe Vélez, se concretaron por conducto de Juan Manuel Santos, su ministro estrella. Un hombre que supo leer tanto las intenciones de su entonces jefe, como las pretensiones de una Nación, más que conforme, feliz con los avances del Gobierno. Tal lectura, dio como resultado lo que para muchos era obvio: Uribe, satisfecho con su ministro, lo escogería para continuar con las políticas que interpretó y ejecutó con tanta eficacia; y los colombianos, felices con un Gobierno que por primera vez en muchos años ofrecía más certezas que inquietudes, terminamos eligiéndolo Presidente.

Hasta ahí, todo normal. Un Presidente con niveles de aceptación nunca antes vistos, designa a quien mejor interpreta sus políticas, para someterlo a consideración de un pueblo que, ejerciendo su derecho a elegir, opta por la continuidad.

Pero, ¿qué sucedió? ¿Por qué, tal continuidad, nunca se vio? ¿Qué razones, desde la óptica de lo lógico, llevaron a Santos a Gobernar con banderas contrarias a las planteadas durante su campaña? ¿Qué lo motivó a distanciarse de la voluntad de sus electores? ¿Por qué prefirió aliarse con quienes votaron en contra de sus propuestas, siendo displicente con quienes las compartían? ¿Por qué bajó la guardia en el plano de la seguridad, siendo esa una de sus grandes fortalezas como Ministro de Defensa? ¿Por qué ese innecesario afán de enfatizar distancias con su antecesor?

Santos logró ser Presidente de los colombianos y, por ende, merece todo nuestro respeto. Pero un Presidente, más que un merecedor de gestos, es un portador de inmensas responsabilidades y, como tal, tiene la obligación de basar su conducta en un contexto de argumentos y razones que la soporten.

La respuesta a las anteriores preguntas, no las tengo. Pero, a estas alturas, tampoco me interesan. Los hechos son precisos y no admiten justificación alguna. La actitud del Presidente Santos, debe cambiar. Alguien que se elige con un discurso opuesto al que sostiene después de lograda la elección, es alguien cuya credibilidad queda en entredicho. No es raro, pues, que prometa cien mil casas y el pueblo no le crea.

Es hora de hablar menos y hacer más. Los colombianos, no somos idiotas (ni útiles ni inútiles). Tenemos la capacidad de creer en aquello que nos prometen cuando no hay razones ni precedentes que generen desconfianza. Pero también somos capaces de desconfiar cuando se nos falla después de haber creído. Santos falló a sus electores, y a medida que se acerca la fecha de su posible reelección, tratará de reconquistarlos. ¿Cómo creer?

Hoy nos encontramos frente a la generosísima expectativa de cien mil casas que, de ser construidas, podrían beneficiar a gran parte de la población (incluidos contratistas y avivatos). ¡Ojalá y se dé! Sería un gran avance en materia de Política Social. Pero recordemos, no basta con hacer las cosas: es necesario, hacerlas bien!

Mientras tanto, permítome no creer. Pueden poner mil "primeras piedras" que hasta no ver a las cien mil familias pobres disfrutando de sus viviendas, no me tragaré un cuento que, además de resultarme populista, viene de alguien que ya ha osado mentirme.

De cualquier forma, es el Presidente. Merece respeto, aunque no deja de sonarme aquella frase de Georg  Christoph Lichtenberg: "Cuando los gobernantes pierden la vergüenza, los gobernados pierden el respeto".

@millersoto

Llegar a la Presidencia tiene grandes méritos. Sabe Dios cuánto hay que sacrificar para entregarse, de tiempo completo, a servirle a toda una Nación. Desprenderse de la tranquilidad que deriva del anonimato para someterse al implacable escrutinio de un pueblo, no debe ser fácil.

Juan Manuel Santos lo hizo y ello habla muy bien de él. Antes de llegar a la presidencia, dedicó su vida al ejercicio de funciones públicas desde cargos que, si bien no son de elección popular, requieren un alto grado de compromiso con el público. Recordemos que Santos fue Ministro de Comercio Exterior en el Gobierno de Gaviria, Ministro de Hacienda durante la Administración Pastrana y Ministro de Defensa en buena parte de la era Uribe, etapa que le dio la oportunidad, gracias a los indiscutibles avances en materia de seguridad, de catapultarse como una de las figuras llamadas a suceder a quien, indiscutiblemente, logró devolverle la dignidad a una Colombia oprimida por el narcoterrorismo.

En efecto, su tarea como Ministro de la Defensa, fue importante. Muchos de los grandes éxitos del Gobierno de Alvaro Uribe Vélez, se concretaron por conducto de Juan Manuel Santos, su ministro estrella. Un hombre que supo leer tanto las intenciones de su entonces jefe, como las pretensiones de una Nación, más que conforme, feliz con los avances del Gobierno. Tal lectura, dio como resultado lo que para muchos era obvio: Uribe, satisfecho con su ministro, lo escogería para continuar con las políticas que interpretó y ejecutó con tanta eficacia; y los colombianos, felices con un Gobierno que por primera vez en muchos años ofrecía más certezas que inquietudes, terminamos eligiéndolo Presidente.

Hasta ahí, todo normal. Un Presidente con niveles de aceptación nunca antes vistos, designa a quien mejor interpreta sus políticas, para someterlo a consideración de un pueblo que, ejerciendo su derecho a elegir, opta por la continuidad.

Pero, ¿qué sucedió? ¿Por qué, tal continuidad, nunca se vio? ¿Qué razones, desde la óptica de lo lógico, llevaron a Santos a Gobernar con banderas contrarias a las planteadas durante su campaña? ¿Qué lo motivó a distanciarse de la voluntad de sus electores? ¿Por qué prefirió aliarse con quienes votaron en contra de sus propuestas, siendo displicente con quienes las compartían? ¿Por qué bajó la guardia en el plano de la seguridad, siendo esa una de sus grandes fortalezas como Ministro de Defensa? ¿Por qué ese innecesario afán de enfatizar distancias con su antecesor?

Santos logró ser Presidente de los colombianos y, por ende, merece todo nuestro respeto. Pero un Presidente, más que un merecedor de gestos, es un portador de inmensas responsabilidades y, como tal, tiene la obligación de basar su conducta en un contexto de argumentos y razones que la soporten.

La respuesta a las anteriores preguntas, no las tengo. Pero, a estas alturas, tampoco me interesan. Los hechos son precisos y no admiten justificación alguna. La actitud del Presidente Santos, debe cambiar. Alguien que se elige con un discurso opuesto al que sostiene después de lograda la elección, es alguien cuya credibilidad queda en entredicho. No es raro, pues, que prometa cien mil casas y el pueblo no le crea.

Es hora de hablar menos y hacer más. Los colombianos, no somos idiotas (ni útiles ni inútiles). Tenemos la capacidad de creer en aquello que nos prometen cuando no hay razones ni precedentes que generen desconfianza. Pero también somos capaces de desconfiar cuando se nos falla después de haber creído. Santos falló a sus electores, y a medida que se acerca la fecha de su posible reelección, tratará de reconquistarlos. ¿Cómo creer?

Hoy nos encontramos frente a la generosísima expectativa de cien mil casas que, de ser construidas, podrían beneficiar a gran parte de la población (incluidos contratistas y avivatos). ¡Ojalá y se dé! Sería un gran avance en materia de Política Social. Pero recordemos, no basta con hacer las cosas: es necesario, hacerlas bien!

Mientras tanto, permítome no creer. Pueden poner mil "primeras piedras" que hasta no ver a las cien mil familias pobres disfrutando de sus viviendas, no me tragaré un cuento que, además de resultarme populista, viene de alguien que ya ha osado mentirme.

De cualquier forma, es el Presidente. Merece respeto, aunque no deja de sonarme aquella frase de Georg  Christoph Lichtenberg: "Cuando los gobernantes pierden la vergüenza, los gobernados pierden el respeto".

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