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Miércoles 13 de Diciembre del 2017

NO TODA PAZ ES VICTORIA

No toda paz es victoria, contrario a lo que sostiene el señor Presidente.

La paz del apaciguamiento, la de Chamberlain, no lo fue.

Peor, fortaleció a los nazis y los animó en su búsqueda de someter a Europa a sus designios feroces. Contribuyó a la guerra.

Tampoco es victoria la paz de los sometidos, como la de Petain en Francia, una paz de vergüenza, de traidores, de humillados.

Ni victoria fue la paz de los húngaros en el 56, cuando los soviéticos sofocaron a sangre y fuego la revolución de Nagy. No, no toda paz es victoria.

Al revés de lo que dice la propaganda que la ha caricaturizado como una política de aniquilamiento del enemigo a cualquier costo, la seguridad democrática definió la victoria en términos de obligar a los violentos a sentarse a una negociación seria con el Estado.

Es decir, una negociación que condujera con certeza a la desmovilización, el desarme y la reinserción. Ese era el objetivo.

Se consiguió con los “paras”, aunque hubo remanentes que no se desmovilizaron y algunos de los desmovilizados reincidieron en la actividad criminal.

La comparación internacional muestra que más o menos el diez por ciento de quienes dejan las armas reinciden en el delito.

En Colombia, el porcentaje ha sido un poco menor. La reincidencia es el resultado de una reinserción fallida.

No es difícil entenderlo: miles de hombres y mujeres que no saben hacer nada distinto a manejar armas, que están acostumbrados a la conspiración, que han vivido lustros en la clandestinidad y que han tejido una compleja red de relaciones con otros delitos que van desde el tráfico de armas y la extorsión hasta el narcotráfico.

En esas condiciones y con vínculos con crímenes muy lucrativos, no es difícil entender porque muchos simplemente cambian de modalidad delictiva.

La reinserción, además, es aun más complicada cuando tiene que hacerse con el conflicto vivo. Que se lo pregunten por ejemplo a los “esperanzados”, los desmovilizados del EPL sistemáticamente asesinados por las Farc en Urabá.

El proceso con los paras condujo, con los matices señalados, a su desmovilización, desarme y reinserción.

Y tuvo, como corresponde a lo que ordena el derecho internacional contemporáneo, justicia, verdad y reparación.

Por mucho que el sistema judicial esté fallando en la aplicación de las normas, el proceso con los paras permitió que el Estado supiera quiénes eran sus jefes y judicializarlos.

Para cuando empezó, el noventa por ciento de los cabecillas no tenía investigaciones judiciales en su contra.

Y estableció penas de cinco a ocho años de prisión, insuficientes, sin duda, para la naturaleza de sus horribles crímenes, pero al menos algo. Cuando hicieron conejo, fueron extraditados.

¿Qué victoria quiere el Presidente Santos?

No una con justicia, está claro, porque renunció a ella en el marco jurídico para la paz, ese adefesio constitucional que les evitará a los jefes guerrilleros que paguen siquiera un día de cárcel por sus crímenes, con el aplauso de todos los hipócritas que en su momento se quejaron de la debilidad de las penas para los paras.

Tampoco, parece, una con reparación. Como vamos, los jefes guerrilleros no solo no repararán a sus víctimas sino que pretenden ser tratados como si lo fueran.

En un acto de ilusionismo, dejan de ser victimarios para aparecer como sacrificados. ¿Habrá acaso verdad?

Confiemos en que no sea tampoco una paz claudicante, aunque negociar parte del Estado y del modelo social sea ya una derrota para una sociedad que, paradoja, iba ganando con creces la guerra. Tranquiliza el equipo negociador del Gobierno.

Serio, con peso y experiencia, de convicciones firmes con alguna excepción, no será de los que se someta a las exigencias de los bandidos.

El riesgo está en el Presidente, acostumbrado a ceder a las presiones y jugado hasta el fondo, por su afán de pasar a la historia y por hacerse reelegir.

Mejor sería que estuviera dispuesto a tirar la mesa si el bien del país lo demandara.

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