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Jueves 13 de Diciembre del 2018

Pena ajena, vergüenza propia

El Presidente Juan M. Santos llegó al Cauca un año después. Como un vendedor ambulante, llevó baratijas para repartir, en forma de presupuesto, y calmar la rebelión de los indígenas. Pero al Presidente le fue como a los perros en misa. Simbólicamente el Jefe de  Estado, jefe además de las Fuerzas Armadas, llegó a un terreno de guerra donde a media hora la guerrilla instaló retenes, la ofensiva de las Farc no cedió terreno y el Jefe de la Fuerza Pública, por primera vez en los 50 años de conflicto, sintió cerca los rigores de la fusilería enemiga. Quiso dialogar con los nativos y fue abucheado, quiso ganar las escaramuzas en las cercanía y le tumbaron un avión Supertucano del cual, obviamente, no van a informar de manera oficial, que fue derribado. Solo se sabe que lo saquearon. No aparecen dos bombas ni la caja negra, trofeos de los contrarios que servirán para mostrarlos en futuras ruedas de periodistas nacionales y extranjeros. Un agente de la policía murió en la zona y no conocemos bajas en el enemigo.

Otros problemas políticos son más graves en este escenario. Los indígenas del Cauca en un acto de presunta soberanía, rechazan al estado de una manera sui generis, pues desalojaron a la fuerza los puestos policiales de Toribío y solicitaron a los guerrilleros retirarse para dejar solo el control social a la “guardia indígena”. El gobernador indígena afirma que acata la Constitución y la Ley, pero desconoce en la práctica al Presidente Santos y a los mandos militares. El sofisma es muy claro: la guardia indígena no es guerrillera ni es agente del estado colombiano. Es neutra. Nosotros eliminaremos los sembrados de coca y manejaremos el orden público sin armamento. Hasta ahí la visión angelical del asunto. Pero como los indígenas no prestan servicio militar por eximente legal, en cambio  muchos de ellos son miembros de la milicia y de la tropa guerrillera. Esta es la cara oculta del planteamiento. Y no es que sea un engaño del gobernador indígena y sus guardias, sino que al momento de la correlación de fuerzas, ellos no poseen capacidad militar para evitarlo y la fuerza moral no tiene ninguna incidencia en las determinaciones de las Farc. Si las demostraciones morales, cívicas y humanitarias hicieran mella en la guerrilla no hubieran muerto los diputados del Valle, no hubieran desaparecido en sus manos centenares de secuestrados, no militarían en sus filas los niños, no harían abortar a las mujeres.

 El Presidente Santos dijo, “con voz patriótica e impostado mando republicano” (perdonen la exageración) que no cedería ni un centímetro de territorio. Mientras tanto, los rebeldes nativos desalojaban a los policías, desbarataban las trincheras y ponían en práctica sus proclamas de una republiqueta independiente. Santos parecía un extraño personaje bajado de una ciudad que está dizque 2.600 metros más cerca de las estrellas. O quizás un turista que se equivocó de carretera. Era un chaleco con un hombre dentro, perdido entre las coordenadas mentales de un extraterrestre que no habla guambiano ni paez. A veces ni se le entiende el castellano.

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