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Autor: Francisco José Mejía

Fecha: 07/02/2013

Colombia pasó de un gobierno estructurado en función de la seguridad, la protección, y el diálogo con los ciudadanos, a un gobierno enfocado en transar con los ilegales como política pública.

Este síndrome, muy estudiado en las escuelas de negocios, se refiere a aquellas situaciones en que una persona sigue invirtiendo tiempo y recursos en un proyecto fracasado, y lo hace precisamente influenciado por lo mucho que ya ha invertido en él. Al igual que Pastrana en el Caguán, Santos está escalando el compromiso de los diálogos en Cuba mucho más allá de lo que conviene a los intereses de la nación. Ya completamos un año de diálogos (incluyendo el periodo “secreto”) y solo vemos a unas FARC cada vez más asesinas y menos comprometidas con la paz y la democracia.

El presidente Santos se jugó todo el capital político heredado en llegar a una paz definitiva con las FARC por la vía de una negociación, previo el otorgamiento de legitimidad política y estatus de alta parte contratante. Pero contrario a Pastrana, quien fue elegido con el mandato de hacer el Caguán, Santos asumió un costo enorme de arranque: defraudar a su mentor, y con él, a nueve millones de colombianos que lo elegimos.

La política exterior se enfocó toda en función del proceso de paz desde el día que Santos declaró a Chávez su “nuevo mejor amigo”, y a partir de ahí, nos alineamos con el eje de países de extrema izquierda que están debilitando la democracia en nuestro continente. Igual sucedió con la agenda política interna; mientras se dialogaba en secreto con el terrorismo en Cuba, se preparó un marco jurídico de impunidad a su medida, poco importó que el día de su aprobación en el congreso atentaran en las calles de Bogotá contra el ex ministro Fernando Londoño: los autores intelectuales del crimen ya tenían la impunidad asegurada, pues la mermelada había sido derramada sobre cada uno de los congresistas.

Colombia pasó de un gobierno estructurado en función de la seguridad, la protección, y el diálogo con los ciudadanos, a un gobierno enfocado en transar con los ilegales como política pública. El resultado es evidente: se debilita la seguridad y se fortalece el terrorismo.

¿Estará dispuesto Santos a reconocer que su viraje ha sido un estruendoso fracaso parándose de la mesa en La Habana y reorientando de nuevo su gobierno hacia la seguridad, el diálogo con la comunidad y su protección? Infortunadamente creemos que no; él seguirá escalando el compromiso a ver si le “suena la flauta” (ó sea si se puede reelegir por una falsa sensación de paz), así eso signifique seguir asumiendo unos costos enormes en vidas humanas y prolongación de la guerra por fortalecimiento del enemigo.

Y aquí es donde entra en escena otro concepto de economía denominado “riesgo moral”, el cual se refiere a la tendencia de una persona a asumir riesgos excesivos cuando los beneficios se concentran en él, pero los costos son incurridos por terceros. Santos le apuesta a la reelección, o a la ONU o al Nobel de Paz, pero poco le importan los costos de dicha apuesta, ya que los asumimos todos los colombianos, especialmente las familias de los soldados, policías y civiles sacrificados en aras del “fortalecimiento en la mesa”.

Los negociadores de las FARC saben que Santos no se parará de la mesa y seguirá apostando con plata ajena. Mientras tanto, ellos seguirán reclamando sus ganancias, y continuarán haciendo lo que mejor saben: la violencia.