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Autor: Libardo Botero Campuzano

Fecha: 24/02/2013

Tiene razón Roy Barreras. Las elecciones de 2014 harán trizas la Unidad Nacional santista y rescatarán al Congreso de sus garras. En esas circunstancias el Centro Democrático habrá dado el primer paso para recuperar el poder. El segundo será ganar la Presidencia.

Gobierno y Farc se acusan del empantanamiento de las negociaciones de “paz” en La Habana. Cada uno tiene sus razones.

Las Farc, que fueron legitimadas para ser interlocutor válido en la definición del futuro del agro colombiano, reclaman los ataques arteros de Santos –con tufillo electoral- en San Vicente del Caguán, donde los colocó como los mayores despojadores de tierras del país. Piden, dentro de su retorcida manía de darle largas a todo, que se cree una comisión internacional (con Carter y los organismos chavistas del Alba, Unasur y otros, amén de delegados de Santos) para verificarlo.

Para el gobierno los diálogos están empantanados por culpa de las Farc. En palabras del Ministro Carrillo, son los secuestros y otros actos terroristas de la guerrilla los que enredan el proceso.

Uno pensaría que la mesa está por romperse. Pero no. Esas son las “reglas de juego”, la lógica acordada en los famosos cinco puntos.

Las Farc están autorizadas para continuar con su accionar violento y ese no será tema de las negociaciones habaneras. A la vez el gobierno continuará con la persecución de los terroristas, tanto física como sobre todo verbal, y eso no será tema de discusión en la mesa.

Pero lo notable en la declaración de alias Timochenko no es su afirmación de que los diálogos estén enlodados. Es simple estrategia para suscitar apoyo a la negociación y urdir tretas para prolongarlas. Lo impactante es la revelación de que fue Santos quien los buscó para los diálogos, para satisfacer su ego y por su interés en pasar a la historia como “el Presidente de la paz”. No fue la guerrilla la que se acercó al gobierno por su debilidad, como ha querido presentarlo éste.

Y eso significa que quién llegó débil a los diálogos fue el gobierno. Aceptando exigencias inauditas de la guerrilla, como otorgarles la potestad de participar en igualdad de condiciones en la discusión sobre el sector agropecuario, o aceptar que no se van a desarmar ni desmovilizar, como lo ha reconocido el mismo Santos.

Ese sí es un factor que puede empantanar los acercamientos. Porque las Farc comprenden que Santos está en sus manos. Romper no es negocio para éste. En esas circunstancias los narcoterroristas buscarán sacar el mayor provecho de los acuerdos. Uno calcula que la capacidad de entrega de Santos es casi infinita, es cierto; pero no las tiene todas consigo para proseguir por el despeñadero. Ha reconocido a las Farc como “contraparte” legítima de un “conflicto armado interno”, le ha abierto las puertas a su reinserción con impunidad, por ejemplo. Pero a la hora de concretar los convenios que se urden en Cuba, otro gallo cantará.

De ahí la negativa de Santos a prohijar una Constituyente. Es un riesgo que no está dispuesto a correr, porque la desconfianza del país –ratificada en todas las encuestas- en lo tocante a concesiones a los terroristas es absoluta. ¿Qué tal que el constituyente primario rechace los eventuales pactos que se celebren en La Habana? Solo le queda el Congreso actual que le de paso, a punta de mermelada, a las leyes o actos legislativos que necesite.

He ahí un problema mayúsculo. Como lo declaró hace unos días el presidente del Senado, Roy Barreras -que de eso sí sabe-, si no se aceleran las conversaciones en Cuba no habrá forma de tramitar los proyectos. Y sobre todo, no habrá tiempo. En el caso de los actos legislativos se requieren dos legislaturas; y en el de leyes estatutarias, como la que reglamente el Marco Jurídico para la Paz, votación calificada.

Si el proceso con las Farc terminara en noviembre, como lo ansía el presidente Santos, la encrucijada planteada por Roy Barreras sería evidente. No habría tiempo para los trámites legislativos. Y difícilmente en época electoral habrá ambiente propicio para que las mayorías de la Unidad Nacional se empleen a fondo.

La angustia del presidente del Senado es explicable. Como él mismo lo reconoce, el nuevo congreso no asegura que lo que se cocine en Cuba se coma acá. Tiene razón Roy Barreras. Las elecciones de 2014 harán trizas la Unidad Nacional santista y rescatarán al Congreso de sus garras. En esas circunstancias el Centro Democrático habrá dado el primer paso para recuperar el poder. El segundo será ganar la Presidencia.

Lo de la Habana podrá desempantanarse, lo de Colombia no.