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Autor: Oswaldo Álvarez Paz

Fecha: 27/10/2013

Para quienes nacimos, crecimos y nos desarrollamos en la frontera colombo-venezolana, la situación del hermano país nos preocupa. No me refiero a los problemas comunes de las naciones, por graves que puedan ser. Siempre hay soluciones o, al menos, formas de sobrellevarlos en democracia y con apego al ordenamiento jurídico. Colombia ha sido ejemplo de respeto a la Ley, incluidas las graves confrontaciones de los últimos años. Los gobiernos se han impuesto a las arremetidas del terrorismo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Colombia –FARC-, del Ejercito de Liberación Nacional –ELN-, de las Autodefensas Unidas de Colombia –AUC- por razones originarias diferentes y también por desprendimientos sectoriales de cada una de esas organizaciones. Todas ellas, directa o indirectamente, se convirtieron en instrumentos operativos del narcotráfico, encontrando financiamiento y no poca protección internacional por parte de gobiernos y organizaciones penetradas y hasta controladas, por las mafias del tráfico internacional de drogas ilegales.

Los esfuerzos de Andrés Pastrana, mal comprendidos y peor especulados, fortalecieron la defensa nacional con el Plan Colombia suscrito con Estados Unidos y el repotenciamiento de sus Fuerzas Armadas. Pero el avance trascendental se logra con la política de Seguridad Democrática de Álvaro Uribe con los dos Santos, Francisco como Vicepresidente y Juan Manuel, como Ministro de la Defensa en su segundo mandato. Años de victorias trascendentes, de pacificación real en la mayoría de las zonas tomadas por el narcoterrorismo y de optimismo hacia el futuro. También de honda preocupación para los venezolanos que vimos cómo desplazaban algunas de sus más importantes actividades hacia nuestro territorio que les ofreció protección, solidaridad y ayuda material y política. Hasta hace poco hubo, todavía hay, jefes de la primera y segunda línea habitando entre nosotros. El difunto Hugo Chávez, declarado por Santos como su “nuevo mejor amigo”, nunca ocultó su activo respaldo a las FARC y su odio hacia Uribe y Santos.

La situación de hoy es distinta. La relación Santos-Maduro mantiene la línea de Chávez. Se inició un diálogo por la “paz”, en La Habana, teniendo a Venezuela como motor y facilitador principal. La presencia de Chile es simbólica. Pero, la inseguridad regresa a Colombia. Los logros se desvanecen gracias a las impertinencias de la FARC en cada declaración y a la política reeleccionista de Juan Manuel Santos. Se percibe desmoralización en las fuerzas militares, infiltración de los enemigos comunes en las más altas instancias institucionales, y una peligrosa incertidumbre.

Álvaro Uribe se mantiene en su misma línea. Claridad y coraje trasmiten confianza. Hace falta una estructura como UCD, Uribe Centro Democrático, para mantener viva la esperanza.