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Autor: Actualidad

Fecha: 19/06/2018

Por Lilian Tintori
Activista de Derechos Humanos
Especial para FCPPC

Siempre se ha dicho que Colombia y Venezuela somos dos países hermanos. Y lo somos. Compartimos historia, costumbres, una extensa frontera de 2.219 kilómetros y un mismo tricolor. También un mismo dolor. En el pasado, millones de colombianos debieron refugiarse en Venezuela producto de la violencia, hoy más de 40.000 venezolanos cruzan diariamente hacia Cúcuta, ante la crisis humanitaria sin precedentes que estamos padeciendo. Buscan no solo alimentos o medicinas, también un futuro que les pertenezca. En el último año más de 700.000 hermanos (según cifras oficiales, pero se habla de más de un millón) han cruzado al otro lado del río, para hacer de Colombia su segunda patria.

Las imágenes de estas partidas cada día conmueven más. Familias enteras se llevan toda su vida en Venezuela en una pequeña maleta, llenos de expectativas y de miedo por lo que pueda venir. El pueblo colombiano, desde la misma frontera, los ha recibido con hermandad. La iglesia y las organizaciones sociales han mostrado la mejor cara de la solidaridad. Colombia se ha convertido en un punto de luz y esperanza y eso se lo agradeceremos siempre. Hoy la crisis humanitaria toca a todos los venezolanos y está presente en todos los ámbitos. Nada ni nadie se escapa. Seis de cada diez venezolanos se acuestan con hambre todos los días, porque los anaqueles están vacíos y la hiperinflación (Proyectada por organismos internacionales en 13.000% al cerrar el año), hace que lo poco que se consigue vaya aumentando hasta las nubes.

Todos los días la gente sale a la calle a reclamar por la falta de servicios básicos, como electricidad, agua y transporte. En datos del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, en lo que va de 2018, existe un acumulado de casi 3.500 protestas. Más que un número, son un grito de desesperación, de hambre y llanto. Son las historias de los niños que se desmayan en sus escuelas porque no han desayunado. Es el viacrucis de los pacientes de cáncer, VIH y otras enfermedades, en un país con más de 90% de escasez de medicamentos.

Hoy Venezuela, un territorio lleno de riquezas naturales, potencialidades y gente buena, padece todo esto por el capricho de un régimen opresor. No les importa el sufrimiento de la gente, no les importa llenar las cárceles de presos políticos y buscar humillarlos con torturas y fuerza bruta. No les importa seguir destruyendo la vida de millones. La razón de lucha de mi esposo, Leopoldo López, y la mía, es trabajar por una Venezuela libre, no solo de esta dictadura. Libres del hambre, libres de la escasez, libres del miedo. Por eso Leopoldo lleva más de cuatro años preso, porque se ha enfrentado desde un principio al régimen, hablando claro, planteando una salida y llegando al corazón de la Venezuela profunda.

Nuestro compromiso es rescatar a Venezuela del desastre. Queremos un país con un futuro próspero, que se traduzca en derechos para todas las personas y en el que podamos integrarnos con nuestros vecinos como un sinónimo de bienestar y armonía. Por eso es tan importante que la región siga apoyando nuestra lucha. Una lucha que no solo es política, también es moral y espiritual, por amor a nuestras familias y a nuestro país.

Sabemos que no estamos solos e indefensos ante la maldad que hoy tiene el poder. Estamos unidos con nuestros países hermanos, por nuestra dignidad, nuestras convicciones democráticas y el destino compartido de vivir en Libertad.