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Autor: Mario Pacheco

Fecha: 07/07/2018

Nuestros niños y jóvenes son acechados permanentemente en el aula y lo estamos permitiendo.

En plena edad del aprendizaje los enviamos a la escuela para que se formen como ciudadanos de bien sin saber que, en muchas de ellas, personajes oscuros disfrazados de maestros los moldean a su arbitrio para usarlos con un propósito político.

Fidel Castro soñó destruir el sistema democrático de Colombia e implementar el comunismo, y nos importó su revolución; primero armada, con el apoyo de los grupos criminales FARC y ELN y luego mediante infiltración ideológica en las aulas y los campus universitarios, con el apoyo de personas que abusan de su condición de educadores, y el resultado es tan dañino como una droga para nuestros hijos.

Los dogmatizan en el odio contra personas que encarnan valores democráticos y en lugar de Legalidad y Convivencia, les inculcan la ‘resistencia’ a toda institucionalidad, siguiendo un plan de largo alcance que se ejecuta con la paciencia activa del aleteo de la mariposa desde la segunda década del siglo pasado, y que cobró impulso cuando Belisario, por congraciarse con el M-19, les entregó en bandeja el magisterio y a nuestros niños. Hoy, a 28 años de distancia, no son extraños en el aula los textos escolares apologéticos de la violencia terrorista, ni los docentes que en lugar del saber científico, imparten doctrina maoísta.

La escuela es un frente de la guerra semántica que pervirtió el significado de los términos, y los alumnos aprenden que los violentos simbolizan la paz; los ladrones, la honestidad y el Estado a los corruptos, incluso que los gobernantes icónicos son Castro, Chávez y Ortega.

El resultado más próximo de esta estrategia es la polarización del país en dos hemisferios, cada uno con una verdad sobre el mismo hecho, porque la nueva historia cuenta a nuestros hijos un país distinto, donde a los soldados los comanda un Presidente que comete crímenes de Estado y en donde cada baja de un delincuente es un falso positivo y un auto cabeza de proceso.

Muchas de nuestras facultades de derecho parecen madrazas yihadistas, que preparan jueces y magistrados con perfiles para usar las sentencias como un instrumento ideológico y no de justicia.

Infiltrarse en la mente a partir de la escuela, pintando con matices ideológicos la ciencia, la tecnología y el conocimiento, fue la más eficaz estratagema de la izquierda, porque no deja espacio a nuestros hijos para ejercer su derecho al libre albedrío y decidir por sí mismos, lo que conviene al país, sino que los condiciona en su primer voto, que es el objetivo real del adoctrinamiento, para que este no sea a favor, sino en contra del candidato que en el aula les demonizaron.

Votos jóvenes, alienados y alineados, inconscientes e inocentes, sin opciones de imparcialidad.

Urgente enfrentar este monstruo y despolitizar la educación.