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Autor: Jaime Jaramillo Panesso

Fecha: 05/08/2018

Rafael Uribe Uribe, general de la república, calificado por los gobiernos de su tiempo (Miguel Antonio Caro y José Manuel Marroquín) como “delincuente en cuadrilla de malhechores”, no murió en alguna de las innumerables guerras en que participó, sino que, a golpes de hachuela, cayó gravemente herido en las escalinatas del capitolio nacional el 15 de octubre de 1914, para morir un día después.

Importante figura de dimensiones heroicas y tutelares para la nación y en particular para ese pobre partido liberal cuya agonía no termina y que hoy es capaz de oscilar entre la conspiración mantuana y la oligofrenia discursiva de sus expresidentes. Pero mientras más resalta Uribe Uribe por sus ideas y testimonio, más chicos y mezquinos se notan sus émulos. Para más señas Uribe Uribe nació en Valparaíso, Antioquia, por allá en abril de 1859. Abogado y periodista, filólogo y cultivador de café fueron sus principales actividades aunque más de media vida la dedicó a la guerra, oficio que no era el de su mayor gusto, pero que tuvo la obligación moral de desarrollar por las circunstancias históricas que lo rodearon. Las guerras civiles de finales del siglo XIX estuvieron marcadas por ingredientes de tipo religioso y por profundos rasgos específicos como la intolerancia política, el arrasamiento físico del adversario, el aplastamiento de la libertad de prensa, los fusilamientos de la oposición, el exilio de los adversos, la expropiación de los bienes del contrario. Ese marco lo hizo expresar a Uribe Uribe en el parlamento, cuando él solo se enfrentaba a 70 congresistas conservadores, pues era el único representante de su partido, la siguiente sentencia de Lamenais: “Cuando la libertad no es igual para todos, no está asegurada para nadie”.

Sintió Uribe Uribe la angustia de ver llegar las garras del imperio a apoderarse del Canal de Panamá. Sin duda las luchas fratricidas, los desacuerdos entre colombianos, La Guerra de los Mil Días y los intereses canaleros de los EE.UU. rompieron la soberanía colombiana a comienzos del siglo y causaron la separación dolorosa de los panameños. Rafael Uribe Uribe denunció el peligro, avisoró el desenlace y suplicó un alto en la guerra para evitar el desmembramiento. Ciego el gobierno por la obsesión de exterminar a enemigo dejó sin respuesta y sin diálogo a quien realmente sabía que la patria debía estar por encima de los partidos.

Para poder pactar la amnistía y la paz, Uribe Uribe tuvo que armarse y combatir desde los Santanderes hasta los Llanos y la costa Atlántica. Se convirtió en un experto en marchas, contramarchas, escapadas y pocas, pero importantes victorias. Comprendía que solo hablando desde una posición de fuerza podría llegar a un armisticio digno. Así lo logró en el “Tratado de Neerlandia”, acuerdo de paz entre compatriotas que contuvo cláusulas militares y políticas, reconocimiento de rendición respetada y digna, pero sin alcances modificatorios de la constitución. Eran tiempos del Derecho de Gentes y no de privilegios exorbitantes.

Caballero de la guerra, maestro del español, humanista convicto, político valiente en la oposición, Uribe dejó una herencia de ideas en política económica, en cooperativismo, en filología, en política internacional y un ejemplo tutelar de la soberanía.

Recordarlo es poner en el presente la casta y la personalidad de uno de los Uribes que tiene continuidad en el Uribe de hoy y en los Uribes que abundan en la nación, aunque no todos sean uribistas.