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Martes 25 de Septiembre del 2018

Quince de mayo: el terror

No hay nada más abyecto que el terror. Nada más vil. Nada más primitivo. Por eso lo prohíbe el mundo, aun a riesgo de sacrificar una paz aparente. Un año después, mantengo intacto mi discurso. Y firme el corazón.

Eran, exactas, las once de la mañana. Había terminado una nueva jornada de La hora de la verdad, combatiendo el llamado Marco para la Paz, que de marco tenía muy poco y de paz, nada. Pero todo parecía tranquilo, como casi siempre pasa al pie de las tormentas. De pronto un ruido terrible, desafinado, molesto, sobre la parte anterior de la camioneta, dos palabras que se cruzaron mis escoltas y luego, la noche. Unos segundos o minutos, nunca lo sabré, de una noche densa, impenetrable que cayó sobre mí. El despertar, como de una pesadilla sin horizontes, de la que me sacaron palabras angustiadas y esperanzadoras de los cuatro escoltas que me quedaban. ¿Puede salir por aquí, doctor? Tengo que poder. Y pude.

Caí en un mundo opaco, como sin tercera dimensión. Era como un robot, sin nociones del entorno, sin destino, sin poder de reflexión. Oí una palabra estremecedora, que me volvió por lo menos a una parte de la realidad que me caía encima. La palabra bomba me trajo a preguntar por el sargento Burbano, muerto, y por Ricardo, despedazado por el explosivo. El dolor era insoportable. Y no era el de mis heridas, que no podía saber cuántas eran, sino el de un dolor ciego, cruel, imborrable. Mis dos fieles compañeros habían entregado sus vidas por proteger la mía. Era demasiado. Sigue siendo demasiado. Será demasiado mientras viva.

Volví a despertar en la Clínica del Country. La otra cara de esta Colombia atormentada, pero inmensa. Los mejores médicos del mundo estaban midiendo la dimensión de mis heridas. Con cuánto amor, con cuánta abnegación, con cuánta entrega a su profesión excelsa. ¡No los olvidaré jamás! El doctor Ospina Londoño (¿vendrá ese Londoño de La Ceja o de Abejorral? Pura curiosidad por saber de cuál de esos pueblos antioqueños vienen nuestras raíces comunes) me dio una salvadora puñalada que los cirujanos llaman neumotórax, que no mata, sino rescata.

En algún momento, la sonrisa de María Margarita y la mano de Tatiana, las pruebas plenas de que estaba verdaderamente vivo. Luego, los exámenes que trastocaban el orden de las cosas. No tenía destrozado el cerebro ni el abdomen, lo que era técnicamente imposible. Pero no hay imposibles para Dios, ni tareas excesivas para su arcángel Miguel. Con eso no contaron las Farc.

Doctor Londoño, doctor Londoño, no se entregue, no se entregue, yo soy el general Palomino. Era como una orden de mando a la que no podía fallar. Y no me entregué. Tengo, de las entradas al quirófano, recuerdos imprecisos, borrosos. Y de las salidas, ni siquiera la sensación de una molestia. No me quedaba espacio mental ni emocional para padecerlas. Me llegaban noticias consoladoras y conmovedoras. El presidente Uribe había llegado de Medellín, nadie sabe cómo. Amigos que vinieron de Cali. Tres de mis hijos llegarían desde los Estados Unidos, esperando que pudieran abrazar a su padre vivo. Desde Barichara vino el presidente Betancur: quedarán para siempre conmigo los libros que me trajo, pero sobre todo su sonrisa. Y mensajes, mensajes de solidaridad y afecto de todos los puntos cardinales. Por centenares y por miles, hacen una barrera infranqueable hacia atrás.

Por un milagro estaba vivo. Y un milagro se traduce en deberes. Deberes con Dios, claro, pero con la Patria y con los hombres y las mujeres que la pueblan. Y comprendí que el deber primero era no rendirme ante la mano del terror. No se llega a las puertas de la muerte para precipitarse en fuga.

No hay nada más abyecto que el terror. Nada más vil. Nada más primitivo. Por eso lo prohíbe el mundo, aun a riesgo de sacrificar una paz aparente. Un año después, mantengo intacto mi discurso. Y firme el corazón.

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