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Lunes 24 de Septiembre del 2018

Señales de paz

Las Farc no se dejan querer. Ni siquiera por la persona que más quisiera quererlas en el mundo, que es el señor presidente Santos. Como todas las novias coquetonas, el presidente aparenta lo que no siente. Y se muestra desapegado y exigente, cuando internamente se desespera por el cariño de Timochenko y sus amigotes. Porque esa sería la coronación de su carrera, su triunfo final, con el que nunca pudo soñar Uribe Vélez.

La cuestión era más angustiosamente urgente, cuando las cifras bonancibles que venían impulsadas por el poderoso viento de cola que traía el país del gobierno anterior, empiezan a decaer. Santos lo sabe. Así tenga un arsenal privado de buenas estadísticas, no le puede sacar el quite a duras realidades.

Los tres primeros meses de este año, han sido los peores de los últimos diez en lo que a la guerra se refiere. Los ataques de la guerrilla al Ejército, a la Policía y a la población civil han sido demoledores. De muchas regiones vienen noticias sobre el resurgimiento de la extorsión, ese monstruo que aprendimos a llamar el boleteo. Las bombas no dan tregua y ahora sabemos que se están preparando muchas para explotarlas en los centros urbanos. Muchas más, para ser exactos. El presidente se consuela sosteniendo que han bajado los índices de los asesinatos y probablemente los robos de carros. Pobre consuelo para penas tan hondas.

La economía flaquea. El pobre crecimiento del mes de diciembre fue como un toque de alerta. Enero y febrero lo confirmaron y el DANE no nos regala todavía sus cifras para marzo. Pero nadie espera que sean buenas. Y la famosa inversión, la que rompe marcas todos los meses, viene limitada a la exploración de hidrocarburos y otras minas. No hay pesito de inversión extranjera en industria o servicios, los buenos generadores de empleo.

El presidente se contenta con datos sobre cobertura de salud y educación, los que Uribe dejó en la cima. Ni una palabrita sobre la calidad de una y otra cosa, que es donde está el detalle.

En esta sequía de buenas nuevas, al presidente le llega como bálsamo el cariñito que las Farc le hicieron llegar con Piedad Córdoba. Y se aferra a esa esperanza, aunque se muestre displicente y lejano. Para matar la gana de sentarse a la mesa, a negociar cualquier cosa, espera señales adicionales de paz. Las que le llegan por el más extraño de los correos imaginables.

En este fin de semana, las Farc atacaron en el sur y en el Chocó. En ambos casos, el saldo fue de seis muertos, para un total de doce. ¿Quién entiende?

Cualquiera que no haya perdido la perspectiva de los acontecimientos. Como organización con mando unitario, las Farc desaparecieron con la muerte de Cano. Lo que de ellas queda es una masa dislocada y amorfa que trabaja al amparo del narcotráfico y en feliz asociación con las Bacrim. Los bandidos que están en Venezuela reclaman un poder que no tienen. Y movidos por Chávez, tan deseoso como necesitado de protagonismo, proponen y ejecutan la devolución de los secuestrados uniformados que aún retenían, buscando posicionamiento político en vísperas de la Cumbre de las Américas. Todo funcionaba a la perfección.

Pero llegaron los leoncitos sordos a dañar la fiesta. Y se comieron las señales de paz, con los bárbaros ataques de Putumayo y el Chocó. Les fallaron los explosivos que dejaron caer sobre Paujil, en el Caquetá, pero la presentación quedó completa. Los presidentes visitantes llegarán a preguntar en qué sitio exacto quedan los lugares atacados, y a qué distancia de Cartagena. Y se harán cruces por tanta crueldad, agregando el cristiano deseo porque la Cumbre termine pronto para volver a sus "lugares de origen" tan pronto como les resulte posible.

Le dañaron la fiesta a Santos. Con doce de nuestros hombres asesinados en sendas acciones terroristas, nadie tendrá ganas de que le hablen de conversaciones con las Farc. ¿De qué y para qué? Timochenko se quedó con la barba bien pulida, Piedad Córdoba con los crespos hechos y Chávez con el discurso ensayado. ¿Y Santos?.

 

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