Sábado 21 de Octubre del 2017

Un capítulo que no se puede omitir

La prueba ácida de las conversaciones de paz está en el abandono de ese delito. Si no se logra, no se ha ganado nada.

Estamos en la creencia, en su sentido orteguiano, de que ya fue todo negociado en La Habana. Nuestra dosis de fe en la palabra presidencial se agotó cuando nos confesaron que lo que nunca podría suceder sin nuestro conocimiento llevaba un año de trámite en La Habana.

Esperamos no perder del todo las energías que apliquemos a ciertas advertencias pertinentes. Ya hemos hablado de los insolubles problemas que plantea la impunidad total para crímenes de lesa humanidad. Lo que significa que de buen o mal grado el senador Barreras tendrá que esperar un buen rato para compartir curul con ‘Timochenko’ y que los coros de alabanza a esa nueva política no podrán entonarse por algunos años. Tampoco está de sobra que recordemos la resistencia invencible que aquí y afuera despertaría la entrega de vastas regiones del país al cuidado de los combatientes que no se desmovilicen, sino que apenas se reubiquen.

Con esas observaciones liminares, cabe proponer una cuestión que hemos esbozado repetidamente. Con la que tenemos alguna esperanza, porque implicaría corregir el grueso error que en la materia cometió el gobierno del presidente Uribe en el proceso de paz con las autodefensas. Nos referimos a la entrega del narcotráfico, todo incluido, como “conditio sine qua non” para cualquier acuerdo.

Las Farc se convirtieron desde hace años, desde la época del presidente Betancur, en una riquísima organización mafiosa. A eso debe atribuirse el fracaso rotundo de las negociaciones de entonces, adelantadas con tan buena fe y ánimo patriótico. El crecimiento vertiginoso de los frentes guerrilleros en aquellos cuatro años, desde seis o siete a más de cincuenta, se explican por esa palanca de financiación, que sustituyó con creces la ayuda soviética y que le dio a esa guerrilla una autonomía y una capacidad de daño inéditas en su turbulenta historia.

Algo parecido ocurrió con las autodefensas. Los negociadores de Ralito no entendieron la magnitud del problema y la significación que el negocio de la cocaína alcanzaba en la mecánica criminal que enfrentaban. Por eso no tuvieron el cuidado que convenía con la participación en todo el proceso, y en su desenlace, de simples delincuentes, de la peor laya, además, que compraron “frentes” y se mimetizaron como miembros de autodefensas, cuando lo suyo era narcotráfico mondo y lirondo.

El error se pagó muy caro. Los narcotraficantes presos siguieron en lo suyo, y al Presidente no le quedó otro camino que el de la extradición solicitada por los Estados Unidos. Las estructuras delictivas no se habían tocado, por donde resultó tan sencillo seguir manejando la empresa a través de segundones y unos centenares de contumaces. Las ‘bacrim’ hubieran podido renacer, probablemente. Pero no tan fácilmente como aparecieron y se multiplicaron.

Con las Farc no se puede repetir el curso. Si no están dispuestas a entregar rutas, cómplices, cultivos, laboratorios y cristalizaderos, valdría mejor reconocer que no tienen ningún ánimo conciliador. Porque no es imposible que se resuelvan a devolver los niños que tienen reclutados, y los secuestrados, y a entregar los mapas de sus minas antipersonas. Lo que sí no va a ocurrir, salvo que de verdad quieran la paz, es la renuncia a un delito que las ha convertido en la organización más rica de Colombia.

La prueba ácida de las conversaciones de paz está en el abandono de ese delito. Si no se logra, no se ha ganado nada. Y la paciencia de los colombianos, y la paciencia de las instituciones y gobiernos extranjeros quedaría colmada. Que todo cambie para que nada cambie, como se dijo en el Gatopardo, no lo soportaría nadie. Paz con narcotráfico sería como concierto sin orquesta.

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