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Martes 23 de Enero del 2018

¿Y ahora qué?

Lo que ocurre en el Cauca es el último capítulo de su guerra invisible, que tiene desenlaces políticos.

No nos engañemos, las Farc están más fuertes que nunca. Lo acaban de demostrar en el Cauca. Bien lo sabe una Salud Hernández-Mora, valiente columnista que ha llegado a las zonas más recónditas y peligrosas del país; lo saben quienes tienen a su cargo la erradicación de cultivos de coca y los oficiales del Ejército y de la Policía que han prestado servicios en las regiones donde campea el narcotráfico. Oyéndolos, el cuadro que uno puede dibujar con sus informes es muy inquietante.

Así es. El último logro de las Farc es el de haberse convertido en dueñas absolutas del negocio de la coca. Controlan la siembra, el procesamiento y su exportación. Más de 64.000 hectáreas de cultivos ilícitos les permiten el control de la población campesina en vastas regiones del país, pues esta come de lo que las Farc les compra, procesa y comercializa en medio planeta. No hay otros cultivos que les permitan a los campesinos conseguir semejante ingreso. Las subvenciones que les ofrece el Estado no los animan a vivir de siembras tan inciertas como la de la yuca, el maíz o el plátano.

De su lado, la industria petrolera se encuentra a veces de rodillas ante sindicatos o juntas de acción comunal manipulados por las Farc o el Eln. En el Catatumbo, por ejemplo, a tiempo que renacen los cultivos, se ha frenado la explotación de petróleo. Los erradicadores de coca terminan renunciando a su tarea por el terror que les producen las minas. Y es un hecho la dependencia que tienen de las Farc las comunidades indígenas. ¿O será que la coca y la amapola que cultivan tienen otro comprador? Coca y terrorismo se unen para darles a las Farc el control de grandes zonas del Norte de Santander, del Paramillo, La Macarena, Putumayo, Nariño y de muchos otros departamentos.
Vivimos, pues, el último capítulo de una guerra invisible, que la mayoría del país desconoce. Los gobiernos combaten, a veces con duros golpes, las acciones armadas de las Farc y el Eln, pero no sus eficientes y socavadas acciones en el campo político y judicial. Hábiles amigos de la guerrilla tienen fuerte influencia en esta última rama del poder público. Han infiltrado, además, sindicatos, universidades y medios de comunicación. Mediante el temprano adoctrinamiento de futuros fiscales y jueces, manejo de falsos testigos y fieles colectivos de abogados, han logrado producir doce mil bajas en el Ejército, pero no por acción armada, sino por acción judicial. Ahora, su gran vitrina es la Marcha Patriótica.

Ante esta alarmante realidad, ¿qué puede ocurrir en las elecciones del 2014? Desde ya conviene saberlo. El presidente Santos seguramente buscará la reelección. Tras logros y reveses, ni su triunfo ni su derrota son descartables. Todo depende de cómo le vaya en estos dos próximos años. ¿Seguirá siendo la paz la carta que considera más atrayente? Después de lo ocurrido en el Cauca, esta opción suscita escepticismo. En cuanto al Puro Centro Democrático, propuesto por el expresidente Uribe, la situación que vive el país lo empuja a presentarse como una alternativa opuesta a la del presidente Santos. Su problema es que, por lo pronto, no tiene candidatos con reales opciones de poder. ¿Podrá Uribe endosar las suyas a un Óscar Iván Zuluaga o a una Marta Lucía Ramírez? Otra incógnita.

Ante una polarización presentada como un falso antagonismo entre izquierda y derecha (rótulos muy del gusto de nuestro perfecto idiota latinoamericano) y ante el creciente desprestigio del mundo político, puede abrirse una real opción para un candidato inédito -así sea una limpia figura como Clara López-, cuyos áulicos pueden llevarnos con hábil sigilo a un régimen como el de Chávez, Correa, Evo Morales o Daniel Ortega. Esa sí sería la gran victoria de las Farc. ¡Cuidado!, es un peligro real.

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