Internacionalismo proletario en América Latina

Internacionalismo proletario en América Latina

Los historiadores narraban las hazañas de los héroes antes de que empezaran a presentar las “luchas populares” como el motor de la historia. Ambas perspectivas son insuficientes pero las dos ocasionan que las gentes se conformen con los epifenómenos, de tal manera que las revoluciones se conciben como movimientos espontáneos y las guerras como hitos patrióticos.

Pocos autores discuten cuáles son los verdaderos resortes tras los hechos históricos. Basta preguntar quiénes organizan determinadas revoluciones y cómo las financian, para observar la superficialidad con la que se analizan tantos hechos políticos. La pregunta acerca de cuánto costó un conflicto militar es de bien difícil respuesta. Poco se ha escrito sobre la economía de las guerras y esa ciencia sigue en pañales.

¿Qué fuerzas económicas se mueven detrás del ascenso de la extrema izquierda latinoamericana, que ya domina cinco países y orienta la política internacional de otros cuatro?

La respuesta exige considerar el principio del internacionalismo proletario, según el cual el derecho y los estados son creaciones de las clases dominantes, y toca a las explotadas unirse para eliminar física y socialmente a las primeras y, posteriormente, a los estados. La verdadera lealtad de los proletarios está con los países donde haya triunfado la revolución y con sus líderes. Ayer la Urss, ahora en nuestro continente Cuba. Y la revolución, dirigida por el partido infalible, cuyo líder vitalicio determina la verdad (pravda) y establece la regla moral. Todo dentro de la revolución. Lícito es lo que a ella convenga; ilícito lo que se le oponga.

En esa concepción terrible y fatalista ninguna consideración merece el bienestar del pueblo ni el progreso de un país. Algún día se alcanzará la felicidad absoluta con el triunfo de la revolución y el establecimiento del estado socialista. Entre tanto, felices los pueblos sacrificados bajo la férrea dirección del bienamado líder (Lenin, Stalin, Mao, Kim, Castro).

Pero la revolución no es gratis, como bien lo sabía Lenin, inventor del partido de los revolucionarios profesionales. De la modesta bolsa nutrida con atracos a los bancos y el secuestro de gentes se pasa luego, por ejemplo, al narcotráfico, antes de lograr el manejo de la tesorería de los países. En el caso de Cuba, como a Fidel le bastó menos de un año para arruinar la isla para siempre, la Urss tuvo que sostenerla y costearle sus guerrillas en varios países, a cambio de bases de misiles y el empleo del ejército cubano para sus guerras africanas. Desaparecida la Urss, Castro tuvo la suerte increíble de encontrar en Chávez un obediente títere que, dentro de la teoría del internacionalismo proletario, estaba dispuesto a sostener una economía parasitaria e improductiva y que, además, dejara el manejo de Venezuela en manos de “asesores” cubanos y la salud pública en las de médicos de ese país.

El contingente cubano es enorme. Se habla de unos 15.000 médicos y de cerca de 40.000 incorporados en el magisterio y el ejército venezolanos. Puro internacionalismo proletario que desplaza igual número de profesionales venezolanos. ¡Se mitiga el problema social en Cuba, pero se agrava en Venezuela, convertida técnicamente en país ocupado y colonizado!

El pueblo venezolano nada cuenta dentro del designio continental revolucionario. El suministro de petróleo a Cuba (gratuito en la práctica) y la remuneración del personal enviado por Castro, constituyen los pilares de la financiación de la extrema izquierda latinoamericana, temas silenciados y de los cuales nos ocuparemos, Deo volente, la semana venidera.

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En la página 223 del del tomo II de “Los heterodoxos españoles”, encuentro un loco de atar del siglo xv, Barba Jacobo, curioso origen de uno de los seudónimos del otro poeta santarrosano.

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