Arrecifes. La culpa la tuvo Voltaire

Arrecifes. La culpa la tuvo Voltaire

Una vieja película francesa del director Abdel Kechiche escenifica el sueño frustrado de un tunecino que viaja a París atraído por el sueño de la “égalité, fraternité, liberté ”para quedar finalmente atrapado en la marginalidad y el sufrimiento de una París que para los pobres es la ciudad oscura.

Los países desarrollados de vez en cuando se encuentran con la sorpresa de que la pobreza, el subdesarrollo y la exclusión anidan en su seno, con todas sus consecuencias propias. EE.UU. necesitó la catástrofe natural del Katrina para darse cuenta de la pesadilla en que el sueño americano se había convertido para una gran franja de su población. Y la propia Francia lo había sentido en carne propia durante el gobierno de Sarkoz y cuando se sucedieron los disturbios de octubre a noviembre de 2005, originados por la muerte de dos adolescentes en una persecución policial en Clichy-sous-Bois. Desde 1995, el director Mathieu Kassovitz había recreado esa misma situación en Odio.

Los terroristas que asesinaron a más de 15 personas en diferentes escenarios parisinos la semana pasada eran todos franceses y marginados. Habitantes de esos barrios de los extra-radios de las ciudades francesas en los que mal viven la mayoría de los inmigrantes contra los que la ultraderecha Lepenista azuza los perros de la xenofobia.

Es en esos escenarios sin esperanza donde los radicalismos extremos encuentran todas las condiciones propicias para reclutar personas dispuestas a cualquier cosa. Nada más peligroso que la gente sin nada que perder, pues cualquier locura es una utopía y cualquier salvajada es una esperanza.

En Colombia hemos padecido esas situaciones en carne propia. Cuántas veces el narcotráfico se aprovechó de todos esos jóvenes “no futuro”, como diría Víctor Gaviria, para embarcarlos en misiones suicidas cuyo único propósito era “dejar bien a la cucha”. Son los mismos que en nuestros campos no encuentran más fuente de ingresos que la guerrilla o las bandas criminales.

Un clérigo radical predicando sobre un paraíso prometido al que se accede por la vía del martirio es, en muchas ocasiones, el único que les ofrece alguna esperanza a quienes solo pueden ver el progreso desde lejos. Puede que no todos los desposeídos sean víctimas probables de los curas, imanes o rabinos radicales, pero es obvio que la desesperanza puede llevar a la gente a tomar medidas desesperadas.

Cuando se llega a esos extremos de marginalidad, la tolerancia volteriana, la libertad de prensa como elemento democrático, o la democracia misma como valor, no valen nada. Son, como la libertad, la igualdad o la fraternidad del inmigrante tunecino en la película, conceptos vacíos de cuya existencia no depende su subsistencia.

El problema del terrorismo que usa el Islam como pretexto para asesinar a otros islamistas o a occidentales de cualquier credo, no es esa doctrina religiosa que también tiene lecturas respetuosas y tolerantes. El lío es cuando se decide a ciencia y paciencia por los profetas del mercado que hay gente excluida de la felicidad terrenal, porque a éstos les pueden parecer razonables esos profetas que ofrecen felicidad celestial a cambio del martirio terrenal.

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