Desde París, lecciones antiterroristas

Desde París, lecciones antiterroristas

Cuando gobiernos y pueblos toleran el terrorismo o crímenes de lesa humanidad y guardan silencio ante sus horrores, se recorre una ruta ética y políticamente inaceptable, que los multiplica.

Las marchas multitudinarias, inmensas, sobrecogedoras duraron todo el día, hasta que se puso el sol. Y siguieron en la noche. Al principio, llegaron a la plaza de la República, en París, algunas decenas, luego fueron centenares, miles, cientos de miles, hasta llegar a un millón y medio de personas hermanadas en la más grande movilización desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con un mensaje categórico de rechazo al terrorismo, a la barbarie y al extremismo asesino.

Y a los jefes de Estado los vimos marchando con serena austeridad, entrelazados en señal de unidad y fraternidad. Al propio Hollande, Ángela Merkel, Cameron, Rajoy, al griego Samaras y Passos Coelho, el portugués. Al italiano Renzi, al ucraniano Poroshenko, Orban el húngaro y Davutoglu, el turco. Y en la misma marcha, Netanyahu, jefe del gobierno israelí, y el presidente palestino, Abás, separados por escasos cinco metros de distancia.

El frío de la noche parisina no los dispersó. Una muñeca gigante, blanca, vaporosa se alzaba en la plaza de la Nación. No ganarán los terroristas. El papa Francisco ya había orado por las víctimas y contra la crueldad. Y también oró por los inspiradores de estos hechos atroces. “Que el Señor pueda cambiar su corazón”, dijo el pontífice.

Fue Mandela quien hace muchos años dijo que “el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino el que lo conquista”. Y lo mismo ha de predicarse de los dirigentes y de los pueblos. Los valientes son los que conquistan el miedo. Y estas marchas buscaban también conquistar el miedo. Porque Europa tiene miedo. Porque Europa está amenazada, según confirman sus organismos superiores de inteligencia.

Pero no es solamente un desafío europeo. Es global. Baste recordar los hechos atroces del 11 de septiembre en Estados Unidos. Por eso, en París brillaron por su ausencia Obama o su vicepresidente, Biden, o su secretario Kerry, y no es de extrañar que algunos sectores le reclamen a Obama por su actitud. Que el fiscal Holder estaba allá por casualidad y que el embajador en Francia no tenía la estatura política que requería la ocasión, dijeron.

Roger Cukierman, presidente del Consejo Representativo de Instituciones Judías, ya lo había dicho de manera más general: “Es la guerra de los yihadistas contra Occidente, contra nuestros valores, contra la libertad de prensa…”. No se agota en Francia. La multitudinaria movilización dominical se convierte en un grito planetario y en una definición universal contra el terrorismo.

Esa es, quizás, la gran lección. Cuando gobiernos y pueblos toleran el terrorismo o crímenes de lesa humanidad, guardan silencio ante sus horrores y tratan de sofocarlo minimizando sus impactos, se recorre una ruta ética y políticamente inaceptable, que lo multiplica, lo potencia y le da alas. Por eso, para Colombia también se derivan lecciones concretas. En el alma de la gente buena noble y pacífica, que es la inmensa mayoría, siempre estará presente un rechazo profundo contra los terroristas.

No tienen por qué convivir los diálogos de Cuba ni la búsqueda fervorosa de la paz, con la reiteración terrorista, venga de donde venga: de las Farc, del Eln, del narco, de las ‘bacrim’. No tienen por qué aceptar ni el Gobierno ni nuestro pueblo que, mientras se dialoga en Cuba, se masacre a decenas, centenares de policías, y que sean rematados con tiros de gracia, ni que se atente contra ambulancias y contra ciudadanos desarmados, ni que se siembren minas alrededor de las escuelas, ni que se siga reclutando niños inocentes para la guerra y la muerte.

La ruta hacia la paz no se puede construir al ritmo de nuevos golpes del terrorismo. El mundo entero así lo gritó ayer a los cuatro vientos. Repudio total y cero tolerancia con el terrorismo y los terroristas.

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