Terrorismo, tolerancia y fanatismo

Terrorismo, tolerancia y fanatismo

Las creencias políticas o religiosas engendran actitudes fanáticas desde tiempos muy antiguos. La adquisición de una mentalidad tolerante, después de décadas de civilización, es precisamente la supresión del fanatismo, impulsor de la violencia como instrumento de defensa o expansión de la presunta religión o régimen político verdadero. El fanatismo no ha sido derrotado sino en aquellas sociedades de formación liberal, democráticas y seculares. Pero la movilidad y trashumancia de grupos humanos, suman en una misma territorialidad a nativos e inmigrantes, mestizaje de culturas que renuevan las sociedades, pero que también produce contradicciones y exclusiones.

La tolerancia ha sido el antídoto contra las actitudes fanáticas. Tolerancia es la disposición cívica de convivir armoniosamente con personas de creencias diferentes y aún opuestas a las nuestras, con hábitos o costumbres que no compartimos. En muchas ocasiones soportamos lo que nos disgusta, lo cual no significa que no podamos criticar o rechazar otras opiniones o comportamientos. La tolerancia, sin embargo, no puede esgrimirse para aceptar el delito. En esos casos hay que ser intolerantes con los delincuentes. Eso es lo que sucedió con los yijadistas musulmanes que pusieron en jaque a los franceses y que amenazan al mundo que no está acorde con sus creencias.

Una ofensa verbal o escrita no puede ser respondida con la muerte. Ni con un puñetazo, Su Santidad.El terrorismo está muy ligado al fanatismo. Los fanáticos actúan movidos por ideas inamovibles, por dogmas no transables.

Cuando un fanático aplica métodos terroristas, ataca a los ciudadanos para intimidarlos e imponerles cambios en sus actitudes políticas, religiosas, económicas o sociales. El terrorismo castiga a la ciudadanía mediante actos criminales. No es una ideología, sino una conducta, un chantaje cuando menos. El terrorismo busca la rendición de la sociedad y del estado, repitiendo y ampliando sus desafueros de manera sucesiva, desgastando la resistencia de los ciudadanos hasta alcanzar a doblegarlos por miedo y cansancio, momento en el cual surgen las voces que piden negociar con ellos para evitar más víctimas. Si en esa coyuntura el Estado se frena o arrodilla, está perdido. Las concesiones al terrorismo no lo harán desaparecer, sino que volverá fortalecido a repetir su método de coacción.

Lo que vivimos hoy no es cristianismo versus islamismo. Son las esencias fanáticas de creyentes que solo aceptan una religión verdadera. Las demás son paganas, pecadoras, impuras. Desde otro ángulo: tolerancia versus fanatismo terrorista. No es una cuestión religiosa, es política. Por lo tanto es el Estado democrático y liberal versus criminales con burka explosiva. De ahí que se confundan los símbolos y las etnias con las expresiones clandestinas, criminales y fanáticas de grupos que proclaman el dogma como antesala de la inmolación. La tolerancia, que se formó y fortaleció en la etapa de las guerras religiosas hace varios siglos, vuelve otra vez a estar presente en otra etapa disfrazada de guerra entre religiones. En 1763, Francisco María Arouet Voltaire escribe su “Tratado sobre la Tolerancia” donde pretende demostrar que la intolerancia religiosa no se justifica ni por la tradición judía y clásica ni por la doctrina evangélica. Pero Voltaire ya había escrito en 1741, “Mahoma o el Fanatismo”. En el fondo de este hirviente siglo que comienza, se descubre que las libertades de las sociedades democráticas son más deseables y defendibles que los estados y el pensamiento teocrático. In saecula saeculorum.

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