El olvidado servidor público

El olvidado servidor público

Sería moralizante tener una carrera pública dignificada, que promueva en su interior líderes y dirigentes que lleguen hasta el más alto nivel.

Hace unos días, en un rincón del periódico, leí unas palabras de Liliana Caballero, la directora de Función Pública, en defensa del servidor público. Me alegré porque hacía mucho tiempo no oía a nadie hablar del tema y defender a los servidores. Sus palabras no generaron el eco que merecían.

Haríamos bien en reflexionar sobre el asunto. La actitud nacional hacia el servicio público y las formas inadecuadas del flujo de personas entre los sectores público y privado pueden tener algo que ver con esa propensión que sufrimos a la corrupción.

Los gurús de la competitividad han olvidado que un factor no despreciable en los países que tienen éxito económico es un servicio público comprometido, eficiente y confiable. Para que eso suceda el servicio debe ser apreciado y el servidor debe tener reconocimiento social. Acá ocurre lo contrario: el servidor público es maltratado, mal pagado y considerado un lastre. Ningún padre de estrato cuatro para arriba le recomendaría a su hijo dedicar su vida al servicio público. A la política sí porque, aun desprestigiada, ofrece otras compensaciones.

El servidor público difícilmente progresa en el escalafón y solo muy excepcionalmente llega a posiciones directivas en su sector. Estas son ocupadas por alguien que viene de afuera, a veces con pocos conocimientos y méritos. El caso extremo y escandaloso es el servicio diplomático.

Se puede entender que los ministros vengan de la política (aunque en algunos países se da que los haya expertos en su campo y con experiencia en su ministerio), pero es más difícil entender que los viceministros, los directores de departamentos administrativos y de las grandes unidades e institutos provengan de un sector sin raíces en las instituciones, e incluso que en ocasiones lleguen con algo de desprecio por quienes trabajan en ellas toda la vida. Recuerdo hace unos años a un ministro que se ofendió cuando un periodista lo trató de servidor público: respondió que él era un empresario que prestaba su servicio social.

Muy complejo y más digno de estudio aún es el flujo entre la actividad privada y la pública. Pocos funcionarios de planta del Estado tienen la posibilidad de hacer tránsito al sector privado, a menos que generen su propia empresa o su oficina de consultoría. A un joven recién graduado de una universidad de prestigio le conviene trabajar unos pocos años (no más de cuatro) con el Estado, mejor si es como contratista, y ojalá en Planeación Nacional o Presidencia. Entre alguien que fue director de archivo por 15 años y un joven contratista del DNP por cuatro, que concursan por una posición en una empresa, tiene ventaja el último, aunque el otro haya sido su jefe durante su breve paso por la “burocracia”.

Por la ley de la ‘puerta giratoria’, quienes pasaron por un cargo alto “prestando el servicio social” tienen algunas limitaciones para contratar por un par de años, pero después mejora mucho su cotización en el mercado laboral. Así, vemos financistas que se vuelven ministros y regresan a las finanzas, fiscales y magistrados que antes de serlo litigaban en contra del Estado y, una vez terminan, vuelven a litigar contra él.

No pretendo que se cierren los vasos comunicantes entre diferentes sectores de la sociedad. Pero creo que sería moralizante tener una carrera pública dignificada, que promueva en su interior líderes y dirigentes que lleguen hasta el más alto nivel. Tener también una carrera judicial en la que los altos magistrados y fiscales sean escogidos entre los mejores jueces y los mejores profesores de leyes, y una carrera política basada en méritos, que se ocupe principalmente de los asuntos muy serios de la política, y no de “insertar fichas”, a todo costo, en los cargos claves del Estado.

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