La restauración moral de la República

La restauración moral de la República

Ecos de Gaitán. De Jorge Eliécer. Año de 1946, anécdota que mantuve bajo el pudor mucho tiempo y que luego en la vejez he relatado varias veces.

Un sol 11 de la mañana, tibio, sabanero, como del poeta De Roux; el edificio Agustín Nieto, el ascensor de reja Otis, con olor a aceite, adherido aún a mi sensible olfato agripado. La oficina del líder, los jefes de comuna, los afiches “¡A la carga!” y al fondo él, peinado de gomina, piel cetrina y brillante, sonrisa de comisuras acerbas, de cierta amargura indígena. Pero Gaitán era más bien el típico mestizo latinoamericano: el colombiano de piel tostada. Lo conservo en mi retina. Lo miro en la calle, repetido.

La gente de ese tiempo era de malos dientes. El servicio dental no era el más recurrido. Había que ver la risa de un Alfonso López, el “muelón”, o la sonrisa tímida del presidente Ospina Pérez. El cigarrillo teñía aquellas bocas de las que emanaban discursos. Gaitán lucía dos piezas frontales grandes, separadas como en una V invertida, cremosos (“madre perla”). Su camisa también era amarilla; raro, porque, tildado de dandy, la camisa de color para uso de corbata no era en ese entonces elegante. Tampoco estaba, esa mañana, bien almidonada, pero era el hombre, todo él, amable, ensoberbecido, un codo sobre el barandal del cuarto piso, como posó para la foto de Lunga.

Una consigna, muy propia suya, fue esa de la Restauración moral de la República. Yo, de niño, imitador de voces, discurseaba con ella y quedó grabada en mis recuerdos más lejanos. Ahora, cuando veo que los comisionados de las Farc toman la frase para sí, me llega de inmediato a la memoria otro robo, el que de Bolívar perpetró Chávez, hasta desfigurar su imagen histórica. La necesitaba. Quiso meterse también con Gaitán, como lo hacen hoy los de La Habana, pero, dicho de una buena vez, Gaitán no cometió crímenes. Fue víctima de uno.

Con la coyuntura servida por los escándalos de última hora, los dirigentes guerrilleros repudian las instituciones de nuestro sistema político. Ellos, que vienen de la guerra y de sus desmanes, se adueñan ahora de “la restauración moral de la República”. ¡ Manes de Jorge Eliécer!

Una versión bien aceptada asegura que Gaitán fue propuesto para que saboteara la Conferencia Panamericana, reunida en Bogotá, aquel abril del 48 y que, negado a ello, se le hizo víctima del atentado, otra forma aún más eficaz de arruinar el evento de trascendencia continental.

De otra parte, la muerte de Gaitán despejó el itinerario político de su propio partido, del cual era jefe único y candidato a la presidencia, y puso a disposición de las que él mismo llamó las oligarquías, esa muy segura plaza electoral.

No se utilice a Gaitán, el de mi infancia, el de siempre.

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