Tarea urgente. ¿Estamos listos?

Tarea urgente. ¿Estamos listos?

Y si llegamos a firmar la paz, ¿estamos listos? Es posible que se consiga un acuerdo en las negociaciones de La Habana. Los esfuerzos que el Gobierno actual ha realizado, para obtener una negociación que deje satisfechos a los actores armados, han estado centrados en cuestiones técnicas que gran parte de la población civil desconoce y otros tantos no comparten. Sin embargo, en el afán por lograr dichos acuerdos que pongan fin a una etapa de confrontación y violencia se ha desconocido la necesidad de preparar a la población civil frente a lo que viene. Claramente, conseguir un acuerdo modificará radicalmente la realidad colombiana y, desde esta perspectiva, es comprensible el afán que se ha puesto en esta tarea.

Pero la ausencia de un programa serio y fundamentado que permita preparar a la sociedad para estos cambios, que entre otras cosas, pueden tener más consecuencias negativas que positivas para la población civil, es solo uno de los cabos sueltos que deja el proceso de paz por el que atravesamos.

¿Qué resultado pueden tener dichas negociaciones en un entorno social que no comprende las cuestiones mínimas de  convivencia? Esta pregunta es la que debe primar en el momento de pensar si es posible la paz en Colombia, pues aun cuando se consiga la disolución de algunos grupos insurgentes, si no hemos cultivado un terreno distinto, seguirán surgiendo fenómenos que reproduzcan las dinámicas de violencia tan arraigadas en nuestra cultura.
El descuido que frente a la educación y a los asuntos sociales básicos han tenido los gobiernos a lo largo de la historia colombiana, nos pasa factura justo en estos momentos. El proceso de paz requiere un tejido social resistente que soporte la desmovilización de miles de personas que han aprendido que las cosas se consiguen  apuntando con un arma. También necesita una sociedad civil que sea lo suficientemente fuerte como para perdonar y aceptar personas que han actuado desde una lógica macabra; para convivir con personas que tienen un marco valorativo radicalmente distinto; para perder el miedo y abrazar al otro. Si no somos capaces con nuestros vecinos, ¿qué cabe esperar frente a los casos críticos que se nos vienen?

Sin duda, para los reinsertados será tan difícil como para el ciudadano común, pues no en vano la violencia ha sido la vía predilecta frente a las injusticias. Nuestro país es terriblemente corrupto. Sus instituciones son ajenas a las necesidades reales de la población y su estructura social es clasista y excluyente. Sin procesos educativos y sociales sólidos, el recurso ha sido arrebatar, imponer, gritar desesperados sin escucharnos. Las heridas de años de injusticia social, no se borran con un acuerdo, más aún si las dinámicas de poder perversas que rigen nuestro Estado no se transforman.

La tarea que tenemos como sociedad civil es urgente si queremos estar mínimamente preparados para “la paz”. Desde las empresas, las universidades, los consejos comunales, los medios de comunicación y entretenimiento, deben surgir propuestas de educación que otorguen herramientas a la población civil para pensar la paz y preparar entornos sociales resistentes y a la vez flexibles. El escepticismo nos ha llevado a dar la espalda al proceso, pero si se llega a un acuerdo no podremos dar la espalda a la nueva realidad. ¿Estamos listos?

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