EE.UU. versus “los Urabeños”

EE.UU. versus “los Urabeños”

El énfasis protocolario, mediático y gubernamental en el anuncio de una lucha frontal contra la banda criminal de alias “Otoniel” advierte que no se negociará su sometimiento a la justicia.

Los contactos adelantados por emisarios de la banda “los Urabeños”, con personalidades políticas y la Fiscalía General de la Nación, en el interés de buscar algún mecanismo de sometimiento a la justicia, parecen haber quedado descartados definitivamente con el anuncio conjunto de los gobiernos de Colombia y Estados Unidos de redoblar recompensas e intensificar la persecución de los principales cabecillas del grupo criminal, entre ellos su jefe máximo, Dairo Antonio Úsuga David, alias “Otoniel”.

Este diario fue el primero en informar que voceros de dicha organización narcotraficante se dirigieron a la exalcaldesa de Bogotá y hoy candidata al mismo cargo, Clara López Obregón, y al vicefiscal Jorge Fernando Perdomo, con el ánimo de explorar alguna alternativa de sometimiento a la justicia colombiana.

Pero la severidad del mensaje bigubernamental del martes en la tarde hace pensar que a Úsuga David y 12 más de sus jefes, aún prófugos, vinculados a denuncias instauradas por fiscales de Nueva York y Miami, no les queda otro camino que entregarse a las autoridades, para su muy segura y posterior extradición, o exponerse a ser abatidos en las operaciones de búsqueda que se adelantan en varias regiones del país, pero enfocadas especialmente en Urabá.

El análisis más inmediato de la situación parte de entender que es necesario capturar a los jefes de un grupo delincuencial de altísima peligrosidad, por su poder armado y económico, responsable de enviar a Estados Unidos 73 toneladas de cocaína, desatar la violencia en las calles de ese país por choques con mafias rivales, pero que, igual, en Colombia constituye la estructura criminal más numerosa, y que maneja microtráfico, extorsiones, lavado de activos, minería ilegal y redes de prostitución. Además de ejercer actividades paramilitares contra ciertas comunidades y líderes sociales y políticos.

Hasta aquí es entendible que hoy las autoridades continúen una operación que involucra, en Urabá, a 1.200 policías y a otras unidades élite de organismos de seguridad colombianos, apoyados también con recursos de inteligencia estadounidense. Cacería que ya completa cinco meses y que mantiene en huida permanente a alias “Otoniel”, según relató a este diario el oficial que comanda la operación por tierra y aire.

Se trata de la redada policial más sofisticada y en mayor escala adelantada por la Policía Nacional, incluso aún más que en los días de búsqueda de Pablo Escobar Gaviria, finalmente abatido en diciembre de 1993.

Esta decidida empresa por capturar, vivos o muertos, a los jefes de “los Urabeños”, con tal vigor y mensaje de firmeza del gobierno de Estados Unidos contrasta con los rumores de que Washington analice alguna medida de perdón y excarcelación para el jefe guerrillero Ricardo Palmera, alias “Simón Trinidad”.

Y hay que decirlo porque en ambos procesos, en apariencia tan separados, pero a la vez atravesados por el cordón umbilical del narcotráfico, que tanto alimenta a “los Urabeños” como a las Farc, se esperaría que las autoridades de EE.UU. muestren la coherencia y el rigor jurídico propio de las características de su rol como líder global.

Por ahora ni “Otoniel” está capturado ni “Trinidad” libre. Demos un tiempo a ver adónde lleva el río de la historia a estos dos personajes, claves para entender lo que ha sido la cooperación costosa (en vidas sacrificadas y recursos invertidos) y loable de Colombia y Estados Unidos, en su larga lucha contra el narcotráfico internacional.

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