La Conejera: dos informes para un solo humedal

La Conejera: dos informes para un solo humedal

Sigue la polémica sobre el humedal La Conejera. Detrás de los argumentos, ahora más personales que ecológicos, aparecen dos formas de ver lo ambiental en los contradictorios informes de la Fiscalía y de la Secretaría de Ambiente, a propósito del proyecto Fontanar.

Un lector desprevenido podría pensar que no se refieren al mismo sitio o que representan momentos diferentes de la historia de Bogotá.

Para el ente de control, todos los impactos posibles de la urbanización se sugieren presentes. No separa los efectos acumulados de la urbanización del borde sur del humedal —hoy irreversibles— y aquello que añadiría el proyecto en discusión. Algunos impactos, sobre las aves por ejemplo, no corresponden con la evidencia de lo que sucede en humedales con bordes totalmente urbanos, como el humedal de Córdoba. Los efectos sobre el ciclo hídrico los infiere desde lo local, lo cual no corresponde con la dinámica de sistema anfibio que sucede en la escala de la cuenca de captación.

Entendiendo que este proyecto podría ser la gota que rebasa la copa, se esperaría de este informe algo así como un análisis técnico de los umbrales que se estarían sobrepasando con la licencia: la legalidad, por ahora, no parece estar en cuestión.

Por supuesto, el ente de control señala riesgos que deberían ponderarse, y el informe es importante, pues esboza una agenda para un control preventivo en los humedales, poco a poco atrapados en tejidos urbanos consolidados. El asunto local es lo que queda pendiente. Por su parte, el de la Secretaría señala con rigor convencional impactos posibles y probables, circunscritos al Plan de Manejo del área protegida. Técnicamente, los temas que cubre sugieren con fuerza que el último proyecto urbano del borde no producirá el fin del humedal, aunque obviamente deben hacerse con cuidado.

La contradicción entre los dos informes muestra la necesidad de un análisis ambiental ponderado para la búsqueda de soluciones en contextos reales. Porque si bien todo indica que Fontanar no sería el fin del humedal, tampoco es la póliza de que estaría efectivamente a salvo. Ambos informes se abstienen de presentar una visión del futuro posible frente a escenarios de urbanización en escala regional y cambio ambiental global. Bien podrían estos ecosistemas colapsar, incluso dentro de la matriz urbana o rural, si la autoridad no considera el manejo del ciclo hídrico en perspectiva subregional.

Entre los dos informes podría construirse un concepto de gestión, que incluiría la redirección de la urbanización, restauración de los humedales y su biodiversidad, integración del uso público compatible y la conformación de ellos como parte funcional del paisaje: urbano, como el caso de Córdoba; semiurbano en La Conejera, o rural protegido en la sabana. Esta es una oportunidad para que el Ministerio del ramo proponga una comisión conjunta para conservar el complejo biogeográfico de los humedales del altiplano, o acaso declarar uno de los primeros sitios Ramsar de humedales urbanos del mundo. Están los ingredientes, falta visión y liderazgo.

Buena agenda para un ecologismo comprometido, que no les falta a los humedales, pero que en ocasiones se sacrifica en batallas no suficientemente bien enfocadas.

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