Congresito y otros diminutivos

Congresito y otros diminutivos

En los idiomas, los diminutivos modifican las palabras para representar una condición mínima, inferior, pequeña, reducida. También lo hacen para significar ternura, cariño, cercanía, calidez. Y claro, dependiendo del contexto, podrían convertirse en despectivos.

En Colombia, el cariño que podría acarrear un diminutivo queda en el olvido. Son peligrosos. Ya no hay “mijito” que represente el amor padre-hijo ni un “amorcito”, para embelesar a los novios. Por el contrario, un “cariñito”, es una patada bien metida en un partido de fútbol, pero también es la forma como los pillos aprietan a otro para que no se le olviden las cosas.

La propuesta del presidente Juan Manuel Santos de crear un congresito, si así como suena un legislativito, como camino expedito para buscar la aprobación de los acuerdos que se están pactando con la guerrilla en La Habana resultó ser despectiva con los colombianos.

Vaya y venga que hubiese sido una idea en abstracto, un simple amago de creatividad para quitarle la incertidumbre a lo que se pacte allá y tratar de amarrar el burro de una vez. Lo cierto es que la propuesta fue completamente inconveniente, pues dejó entrever que en estos momentos es más importante salvar el capital político que está en riesgo, que realmente validar lo que cree y siente el pueblo colombiano.

Personalmente no me trago el cuento de que el congresito es el preámbulo de la paz. Es una idea que tira al traste algo que siempre dijo: que todo lo que se acordara en La Habana tendría refrendación popular y por Constitución el mecanismo tiene nombre: Referendo, o bien, yéndonos al extremo, Constituyente (esta última no tendría asidero, pues –y ahí sí estoy de acuerdo con Santos- es un punto de partida y no de llegada).

Ahora bien, por más que Santos haya dicho en los últimos días que nunca habló de referendo, pues hay registros de video, entrevistas e incluso alocuciones presidenciales en las cuales afirma la necesidad de refrendar los acuerdos. Eso es lo que quedó en la gente. Entonces, ¿dónde estamos parados? ¿Por qué negarlo?

Las preguntas asaltan: ¿Quiénes conformarían el congresito o la comisión especial legislativa como eufemísticamente la llamó un congresista por ahí? ¿Qué independencia tendría? ¿Se trata de un espacio todo poderoso en el que unos cuantos modificarán la Constitución? La verdad es que suena poco sano, suficientemente cómodo para el gobierno y bastante tentador para los mermelados.

Entonces, como todo lo diminutivo en este país es peligroso, queda el tufillo de que nos están viendo la cara de colombianitos. Esta propuesta es como una espinita que quieren enterrarles a los colombianos para que cedan porque se siente que el gobierno no tiene claro cómo llegarle a la gente para que acepte los acuerdos a los que se está llegando.

Queremos la paz, eso es obvio, pero el camino que se está construyendo, en el que supuestamente el gobierno está viendo ya la llegada, está lleno de incertidumbre, de tierras movedizas, porque se ha perdido la firmeza en las condiciones que se plantearon al inicio. Así, tristemente, se está perdiendo lo que el país necesita: Una paz con justicia, que dignifique a las víctimas y que abra el camino a una verdadera reconciliación.

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