El pacifista Don Jorge Giraldo

El pacifista Don Jorge Giraldo

Para encumbrar a su candidato a la alcaldía, el filósofo y decano en Eafit, Don Jorge Alberto Giraldo, acusa y señala con dedo fungicida al candidato del Centro Democrático de ser un partidario de la “guerra”. (El Colombiano, 11 octubre) ¿De cuál guerra habla el investigador y teorizante de los conflictos bélicos? Lo que ha ocurrido y ocurre en Medellín es un conflicto entre bandas criminales, con rentas ilegales que dominan territorios urbanos, y las autoridades del Estado municipal.

Una característica fundamental: el accionar de estos delincuentes se extiende por los municipios vecinos, conurbación que obliga a los mandatarios de esos municipios (Bello, Itagüí, Envigado, Copacabana, Girardota, La Estrella, Caldas, Barbosa y Sabaneta) a operar mancomunadamente. No ocurre así por la debilidad política de algunos de ellos y por la variedad de partidos que representan.

El “pecado” de Juan Carlos Vélez es su propuesta de seguridad democrática urbana. ¿En qué consiste esta afirmación estratégica? En primer lugar, en el ejercicio de la autoridad legítima y en el monopolio de la fuerza que conduzcan a satisfacer la demanda popular y sentida de seguridad que proteja a los ciudadanos en su integridad física y mental, sus derechos inalienables como las libertades y la propiedad.

La seguridad democrática urbana es una cobertura protectiva para la sociedad en general, cualesquiera que sean las personas en sus ideas políticas, religiosas o gustos artísticos o laborales. Se dirige a eliminar los factores de violencia que en manos de los delincuentes constriñen, aterran, ofenden y causan males graves a los humanos.

Dada la fractura social que vivimos en Medellín, la seguridad tiene que dar un salto cualitativo: debe ser democrática, no por el origen de la autoridad, sino por la forma de vivir y participar la comunidad. La seguridad no solo es asunto de la policía y de la Fiscalía, sino de la involucración de los habitantes de este municipio, de cada municipio colombiano, para que nadie nos imponga un tipo de seguridad autoritaria desde arriba. Seguridad participativa es seguridad democrática.

La seguridad democrática es igual a la defensa de los Derechos Humanos y del DIH, instrumento contra la brutalidad de los violentos que cometen crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad. La inseguridad no se cura con datos estadísticos ni con los rezos al Milagroso de Girardota. Tampoco se erradica con la propaganda de ciudad innovadora. El delito no se administra. El delito se combate. Una mirada crítica nos indica que en los barrios y comunas existen familias y ciudadanos pobres. Pero pobreza no es igual a delincuencia. Las organizaciones criminales se asientan como enclaves en la ciudad. Los jóvenes son pasto de esas organizaciones que deben ser derrotadas o disueltas por los componentes de la seguridad democrática urbana.

Por otra parte, ninguno de los candidatos a la Alcaldía de Medellín está en plan de “guerra”. Solo que algunos comentaristas en vez de explicarnos cuáles son las ideas de su candidato acerca de la “paz urbana” con la guerrilla, hacen méritos decapitando las propuestas de su contrario. ¿Y el posconflicto? Nadie sabe en qué consiste esa etapa misteriosa. Si las Farc y el gobierno nacional señalan que la desmovilización es territorial, en Medellín solo aparecerán los clandestinos del PCC3. Si el posconflicto es de diez años según La Habana con las armas silenciadas y no entregadas, el posconflicto estará enfermo de temor y chantaje. Y el profesor y filósofo nombrado predicará a sus alumnos para que acepten ese engendro de una guerra incubada. Nosotros no lo aceptamos.

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