Gallinero o “Chicken Class”

Gallinero o “Chicken Class”

Para el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, fue todo un acontecimiento ir a Suiza —donde se dan cita los más poderosos y ricos del planeta— en clase turista (El Gallinero o Chicken Class, como la apodan las nuevas generaciones).

Cárdenas con orgullo exhibió el tiquete en su cuenta de Twitter. La gran prensa, con su acostumbrada obsecuencia, observaba: “Que un funcionario del más alto nivel como Cárdenas se baje de business class a Gallinero no es un mensaje menor… confirma la obediencia del gabinete a las medidas anunciadas por el presidente Juan Manuel Santos”.

Con todo respeto, creo que el simbólico gesto de Cárdenas debe ir más a fondo, mucho más a fondo. Es un gesto, pero no es mucho más que eso. En primer lugar, lo que debe imponerse es que ningún funcionario público o sus familiares, absolutamente ninguno, viaje en business class por cuenta de los contribuyentes. Recientemente un alto funcionario público cerraba una entrevista afirmando que su mayor orgullo es haber “servido al país”. Pues bien, que siga sirviendo al país, pero desde el Gallinero.

Y si Cárdenas y su jefe quieren dar verdaderos ejemplos de austeridad en materia de viajes, lo primero que deben hacer es poner de inmediato en venta la flotilla de jets ejecutivos y helicópteros en que viaja buena parte del poder ejecutivo y judicial. Cuando a la mayoría de las capitales de los departamentos del país se puede escoger entre cinco y 40 vuelos diarios, el viajar en un jet ejecutivo o en un helicóptero por cuenta de los contribuyentes más que un derroche de recursos, es una afrenta. (El costo operativo de cada jet o helicóptero es entre US$5.000 y US$10.000 la hora).

Y si en el alto Gobierno quieren de veras reducir el déficit fiscal que muy rápidamente se aproxima a los $30 billones, lo que debe hacer es:

—Implementar un ajuste realista de la mermelada y los subsidios. Si no hay recortes graduales pero sistemáticos al gasto público, muy probablemente Colombia va a perder el “Grado de inversión”.

—Suspender de inmediato todo gasto en publicidad, propaganda y autobombo. Las buenas obras y las buenas ideas no necesitan publicidad. Las malas ideas, las idioteces y los fracasos, por más propaganda que se les haga, no las compra el ciudadano.

—Reducir de manera drástica la potestad de algunos altos funcionarios, en todas las ramas del poder, de adjudicar a dedo multimillonarios contratos de dudosa utilidad. Todo contrato, tocarruchamente hablando, debería ser revisado por Hacienda.

El verdadero desangre del Estado está es en otros renglones. El Gobierno debe rediseñar el Presupuesto General de la Nación partiendo de la base de un “Presupuesto cero”. Es decir, toda entidad que recibe fondos tiene que justificar desde cero sus gastos y no tener de base la partida que se asignó al año anterior. La Justicia y la Salud merecen un análisis con lupa. Es inaudito que el Gobierno permita que se negocien los “cupos indicativos”, partidas mermeladescas que a la hora de la verdad se han convertido es en mecanismos para que unos pocos políticos se enriquezcan.

A nivel nacional se ha vuelto costumbre por parte de los candidatos endeudarse en enormes sumas de dinero para financiar campañas políticas, sumas que son devueltas con creces adjudicando obras en las cuales el sobrecosto lleva implícito una enorme utilidad para los financiadores. Esta es posiblemente la mayor fuente de desangre, a nivel municipal y departamental, del presupuesto.

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