¿Hasta la muerte?

San Andrés se volvió territorio de futuro incierto, amenazado por la invasión de continentales.

Hay que reconocer que es un genio. Socializa los fracasos y monopoliza los éxitos, así sean de otros. La foto de Santos junto a todo el combo político, con idéntico rostro compungido, es de premio. Repartió su fracaso entre todos, aunque este último es solo de su gobierno. El anterior, el del 2012, podía atribuírselo también a los presidentes que le precedieron.

Santos estaba convencido de que esta vez saldría victorioso de La Haya, no se dio cuenta de que despotricar contra las cortes, sean nacionales o extranjeras, tiene un precio. Si repudias el primer veredicto y te niegas a cumplirlo, si abominas de una sentencia y pones a tu Corte Constitucional a legislar en contravía y a la Armada a controlar las aguas que le regalaron a otro, tienes enormes probabilidades de que te la cobren. Los jueces extranjeros no son ángeles asexuados ni unos juristas infalibles, sino seres humanos.

Lo que resulta incoherente es acudir a la Corte de La Haya, que implica respetar su decisión, y pegar luego una patada pública a los magistrados porque te disgustó el fallo. Mejor habría sido salirse del todo en el 2012. Pero como creía el Gobierno que esta vez ganaría y se sacudiría el descrédito por la pérdida del mar de San Andrés y Providencia, siguieron avante.

Con todo y la cruzada que ahora encabeza Santos, no me extrañaría que a la vuelta de unos meses, cuando la tormenta escampe y estemos envainados con otros líos, remita a sus abogados a La Haya con cualquier excusa. A fin de cuentas, necesita al Consejo de Seguridad de la ONU, a la Corte Penal Internacional, a la Celac y demás inutilidades universales, para su proceso de paz. Supone un mal precedente lanzar el mensaje de que solo acata lo que le conviene.

Y si Nicaragua mandara un buque para apropiarse de las aguas que le obsequiaron injustamente, ¿qué hará Santos? ¿Disparar hasta la muerte? Tenemos suerte de que la Armada nica sea raquítica y de que Ortega moderara sus locuras, pero si se le cruza el cable, ¿caemos en provocaciones? Si ellos avanzan, ¿qué pasa?, ¿a qué organismo recurrimos para que medie? Compleja salida.

En cuanto a las islas, sobraba el viaje de Santos del viernes. Más cuesta su desplazamiento que la limosna que dejó la vez anterior en Providencia para compensar el golpe: seis meses de paga a pescadores artesanales y un pinche centro de música. Medidas cortoplacistas que no evitan que el archipiélago siga despeñándose.

San Andrés se volvió territorio de futuro incierto, amenazado por la invasión de continentales. Los raizales son minoría, cada vez cuentan menos, y las crecientes necesidades de consumo de residentes y turistas volvieron la isla casi que inviable. Siguen sin resolver el problema de agua y basuras, y el número de habitantes está descontrolado, no sé si por corrupción o ineficacia. Es como si quisieran reducir a condición de etnia marginal a los raizales, que tienen más afinidades, por tradición y cultura, con la Mosquitia nicaragüense que con el continente colombiano.

Si no detienen tanto la llegada de nuevos residentes como la expansión del turismo de masas, no sobrevivirá, la Naturaleza no aguanta. Algo mejor le va a Providencia, cuyos raizales luchan por evitar convertirse en otro San Andrés sobrepoblado, violento, contaminado y desdibujadas sus señas de identidad. Les queda hallar la manera de sobrevivir sin su mar, que era su principal sustento y escapando de las garras del narcotráfico. Todo un reto.

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