Más información y menos propaganda

Más información y menos propaganda

Cuando nos preparamos para refrendar los acuerdos habaneros entre el Gobierno y las Farc, la sorpresiva salida del Reino Unido de la comunidad europea nos da una lección que no podemos despreciar: si no hay voto informado no hay voto acertado.

La desinformación lleva a las urnas legiones de ciudadanos que toman malas decisiones basados en informaciones inexactas. Al día siguiente despiertan a una realidad distinta de la que les pintó la propaganda. Y comienza el llanto y crujir de dientes.

Parece increíble que un electorado reflexivo y de elevada cultura política, como el inglés, se tragara tantas inexactitudes como las que plagaron las vísperas de la consulta popular sobre la salida de la Unión Europea, imprudentemente convocada. Solo ahora caen en cuenta de lo que hicieron, cuándo amanecen por fuera de Europa, por cuenta de la precipitud del muy noble, muy leal y muy equivocado gobierno de Su Majestad, que esta vez le prestó un triste servicio a la soberana y peor a su pueblo. Y de rebote despedazó a los tories.

Ojalá no ocurra lo mismo con nuestros mecanismos de refrendación de los acuerdos que siguen protocolizándose en La Habana, y que el presidente Santos se comprometió a someter al juicio popular.

La estrategia propagandística masiva busca polarizar al país entre amigos y enemigos de la paz. O, lo que es igual, entre amigos de la paz y amigos de la guerra. Y al colocar a un lado las delicias de la paz y enfrente los horrores de la guerra, presenta la refrendación como un ataque a la inocente palomita pacifista por parte de una fiera sanguinaria.

Los publicistas ya empezaron a escalar el mensaje extremista invitando a los colombianos a decidir sobre la controversia con el máximo de polarización, con una campaña previa divisionista, que convertirá lo que debe ser la manifestación popular sobre unos acuerdos entre Gobierno y guerrilla, en un combate feroz entre partidarios enardecidos de cada extremo.

Si prospera esta tendencia se votará por lo que diga la propaganda y no por el contenido que, finalmente, se someta a consideración de los cuarenta y seis millones de personas que sufrirán las consecuencias directas.

Si se llega a la refrendación apelando al voto popular estaremos ante unos electores que votan por lo que les dicen los diluvios propagandísticos y no por la realidad de los acuerdos, que no se conocen completos. Unos, ya convenidos, porque se mantienen en una reserva inexplicable; otros, porque están encriptados en la maraña de cláusulas que tejieron los hábiles asesores internacionales de las Farc; otros, porque no han llegado a su etapa final, y otros porque apenas están cocinándose. ¿O alguien conoce en su integridad el contenido del acuerdo definitivo?

Sin embargo ya vemos inundados los medios de comunicación con avisos financiados por abundantes dineros oficiales, de cuyo efecto agobiador no puede sustraerse ningún habitante del país, conminado a votar “sí”, sin saber qué respalda en concreto. Mientras tanto, el “no” se promueve como puede, sin presupuesto público, desbalanceando lo que debe ser una utilización equitativa de recursos.

Para alcanzar la paz de verdad necesitamos más información y menos propaganda.

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