Ganaron los ajustes a la JEP

Ganaron los ajustes a la JEP

La franca recuperación democrática
Se consolida la coalición gubernamental

La clave de la democracia, así parezca una simpleza reiterarlo, consiste en aceptar el mandato popular por sobre todas las cosas. Es, por ejemplo, lo que acaba de ocurrir en el Reino Unido, donde el Parlamento británico finalmente ajustó la legislación interna a los dictámenes del Brexit. No hubo allí, en modo alguno, la intención de evadir la votación del pueblo, ni se recurrió a mecanismos ilegítimos o controversiales para soslayar el sorpresivo resultado electoral de hace dos años. Es decir, que la democracia anglosajona salió fortalecida y los parlamentarios de Westminster estructuraron la inevitable ruta de salida de la Unión Europea, como era su deber. Es lo que suele distinguir unos gobiernos de otros. Y ello trata fundamentalmente, como se dijo, de dar curso expedito y formal a la voz del constituyente primario cuando ha sido convocado para votar sobre los aspectos trascendentales que interesan a cada país.

En esa dirección, Colombia también puede enorgullecerse de su democracia a partir de lo ocurrido ayer en el Congreso. La votación, ajustando la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) en la ley de reglamento correspondiente, es ciertamente un triunfo democrático que enaltece a la nación entera. De esta forma, en cierta medida, se hizo honor al plebiscito de octubre de 2016, cuando el pueblo sufragó de manera negativa los acuerdos entre el gobierno Santos y las Farc, pero se pretendió que con la exigua y unilateral renegociación posterior se saldaba la deuda del nítido evento plebiscitario. Solo ciertos incautos de la comunidad internacional, y varios nacionales creyeron que el maquillaje de entonces era suficiente. Pero el sistema democrático colombiano es mucho más fuerte y arraigado de lo que parece. Pese al ‘conejo’ de la época, el pueblo volvió a manifestarse en las elecciones presidenciales, de hace unas semanas, exactamente en el mismo sentido del plebiscito, con un mandato todavía más diáfano. Por consiguiente, el Congreso colombiano no tenía alternativa diferente de proceder, ya liberado de las coyundas provenientes del llamado “fast track” que en mala hora lo redujo a una impotencia efímera. Y así lo realizó, votando las cláusulas necesarias que habían sido truculentamente desestimadas en La Habana por los plenipotenciarios del Gobierno y la subversión, y que se pretendían dejar intocadas de nuevo bajo la desgastada retórica de atentar contra la paz o trayendo a cuento falsas premoniciones sobre la intervención de la Corte Penal Internacional.

Queda claro, pues, que la democracia colombiana, en sus diferentes aspectos, ha venido actuando dentro del rigor y la eficacia de sus atribuciones y competencias. La labor de salvamento institucional ha sido lenta, pero va en la dirección correcta. No es fácil, desde luego, retomar el camino luego de que, por la premura y la improvisación camufladas en un mar de palabrería, se dejara a un lado la ruta inamovible de la paz constitucional, es decir, la paz que todos queremos dentro de los cauces señalados de la ley, el sentido común y el triunfo de las instituciones. Porque, a no dudarlo, la manga ancha fue la peor consejera en las interminables conversaciones habaneras.

Para volver por los fueros de la sindéresis hubo el presidente electo, Iván Duque, de enviar un mensaje a la nueva coalición parlamentaria a fin de que los miembros de la Fuerza Pública comprometidos en la desviación de su servicio tuvieran en la JEP una sala especial y diferenciada del bloque de juzgamiento a los criminales de guerra y delincuentes de lesa humanidad provenientes de la subversión. Eso se ganó, porque no era dable mezclar las conductas abiertamente terroristas, como un propósito sistemático que anegó de sangre y barbarie a los colombianos bajo una directriz jerárquica, con los elementos castrenses que individualmente extraviaron sus actividades y violaron los reglamentos en la defensa del Estado. Como también se ganó que la JEP no tuviera competencia alguna en el paso de los reincidentes a la justicia ordinaria o la extradición. En ese caso, entonces, el pulso entre los gobiernos entrante y saliente lo ganó el primero, como era natural dentro de los criterios democráticos provenientes del mandato electoral reciente.

Faltarán todavía algunas cosas por adecuar. Pero en el camino del ajuste, con las sentencias de la Corte Constitucional y la acción del Congreso en los diferentes frentes que habían sido desbordados por los acuerdos, es válido señalar la franca recuperación democrática. Y esa es una buena noticia para el país.

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