Un ritual indignante

Indignación produjo la invitación de Timochenko al homenaje que se le quiere rendir al “Mono Jojoy” a los ocho años de su abatimiento en una operación conjunta de las Fuerzas Militares y de Policía, no solamente por el carácter sanguinario del jefe militar de las Farc, sino también por el alcance que tiene en el escenario en que vivimos. El “Mono Jojoy” fue el más asiduo ordenador y muchas veces ejecutor de secuestros, extorsiones, asesinatos, desapariciones, desplazamientos, reclutamiento forzado de menores, y en general de todas las prácticas estalinistas que caracterizaron el Gulag en el que se violaron todos los derechos humanos de los ciudadanos de la Unión Soviética bajo el régimen comunista.

Resulta difícil entender que en el contexto de la implementación del acuerdo de paz, que tantas concesiones y ventajas le otorgó a la organización criminal, se proceda a un ritual macabro como el que convoca Timochenko.

Llama la atención que la convocatoria se haga después de la visita del jefe del partido Farc a todas las zonas que albergan a los desmovilizados de esa facción y tenga como epílogo el homenaje al jefe sanguinario. En medio de la fingida ignorancia del paradero de Iván Márquez y sus comandantes, la actitud del jefe fariano y de los miembros de su cúpula alimenta los interrogantes y preocupaciones que la actitud de Iván Márquez, el Paisa, Romaña y de otros seis comandantes suscita sobre las posibles relaciones de éstos con las fortalecidas disidencias de la antigua organización guerrillera.

No son asuntos de poca monta y requieren aclaraciones certeras porque atañen directamente a la necesaria buena fe que debe prevalecer en el cumplimiento del acuerdo de paz que hasta el momento no propiamente emerge de las acciones que les corresponden. Dudas subsisten sobre la entrega de su armamento; sobre la relación de sus bienes y activos para la reparación de las víctimas; sobre la desvinculación de sus mandos de las actividades de narcotráfico y su obligación de entregar, rutas ubicación de laboratorios e identidad de sus socios, así como de colaborar con la erradicación de cultivos ilícitos; y sobre eventuales vínculos con las disidencias armadas surgidas de su propio seno.

El país quiere pasar la página del conflicto armado. Los colombianos pretendemos construir una democracia vigorosa, impulsadora del emprendimiento y solidaridad que requiere una sociedad en la que prosperen todos sus habitantes y se garanticen todos sus derechos y se cumplan todos los deberes que le son correlativos. A ello deben sumarse Timochenko y los miembros de su partido y no lo conseguirán con homenajes macabros, sino con la evidencia de su buena fe en el propósito común que anima a los colombianos. ¿Será eso posible?

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