El doloroso relato de Ingrid sobre su secuestro ante la JEP

El doloroso relato de Ingrid sobre su secuestro ante la JEP

No solo fue alejada de su familia durante 2.321 días, sino que sufrió torturas, tratos crueles e inhumanos y violencia en razón de su género. Ingrid Betancourt contó en su primera versión oral ante la Jurisdicción Especial para la Paz cómo los comandantes guerrilleros se ensañaron con ella y vulneraron todos sus derechos.

“Yo acuso a las Farc de tortura psicológica contra mí y contra mi familia”, así inició el relato sobre las condiciones de su secuestro.

“Mi obsesión fue escaparme, hice muchos intentos de fuga, cada vez que me capturaron los castigos fueron terribles y con eso fue creciendo en mí un cambio profundo de mi relación con cualquier persona, que me afecta aún hoy. Con ese miedo se dio una paranoia en las relaciones humanas y una inmensa soledad”.

Contó también cómo vio que niños recién secuestrados se iban convirtiendo en sádicos y perversos.

“Tuvimos hambre, la comida siempre fue arroz y cuando teníamos suerte era lenteja o pasta, nos daban cancharinas, que era harina frita, en la mañana, estábamos conformes con eso, pero la maldad se da, por ejemplo, cuando estoy haciendo fila para que me den mi ración en la mañana y el guarda bota la comida al piso y me dice, ‘ya no queda nada’”, o cuando escupían en mi olla”. También contó cómo hubo ocasiones cuando la comida era una cabeza de cerdo podrida, llena de moscas y de gusanos.

“Nos pusieron números y apodos para no decirnos nuestros nombres, a mí me decían la garza, perra, ganado, paquete. La diferencia de trato en una guerrilla machista y misógina con las mujeres. A mí no me daban permiso de orinar, me pasaban un tarro para que orinara ahí, encima de mis compañeros. Tenerse que bañar en un caño infestado de pirañas cuando uno tiene el periodo. Eso era un mal menor que la humillación de saber que llegaba el guerrillero a distribuir lo del aseo y me decía que no había toallas higiénicas y me daban menos papel, terminaba por desbaratar la ropa que me daban para poder usarla”, narró quien era candidata presidencial en el momento de su secuestro.

“A nosotros nos mantuvieron encadenados a un árbol durante muchos años o con otros compañeros, yo era la única mujer y al compañero le tocaba ir conmigo a los chotos (baños)”, y agregó: “Había cadenas livianas para quienes querían premiar, y unas muy pesadas, una especialmente pesada para mí, había un guerrillero que se ensañó tanto contra mí, que me apretaba tanto la cadena que yo no podía pasar saliva”.

Betancourt aseguró que en la insurgencia había un placer en no darle a los secuestrados los medicamentos que tenían para aliviarlos: “A mí me dio malaria después que a varios de mis compañeros. La malaria es una tortura que hoy en día se trata con tres pastillas, que tenía la guerrilla, me acuerdo que les pedía de rodillas al enfermero que me trajera las pastillas antes de las 6 de la tarde que empezaban las convulsiones, esperaron una semana para darme el medicamento. Los mismo pasó con Luis Eladio Pérez, que era un diabético crónico al que le dio leishmaniasis, pero le demoraron el tratamiento un mes”.

Cuando tuvo una infección, narró, fue el enfermero militar William Pérez, también secuestrado, quien le salvó la vida, después de que amenazara a las Farc de no seguir ayudándoles con sus diagnósticos si no me daban los medicamentos.

“En este momento mi pensamiento va a los muchachos de la Operación Jaque que se jugaron la vida para sacarnos de allá. Mi corazón se duele recordando los nombres de los compañeros que nunca volverán, como el capitán Guevara, como los diputados del Valle, Gilberto Echeverry y Guillermo Gaviria”.

La responsabilidad del Gobierno

Al inicio de su intervención, Ingrid Betancourt negó la versión oficial del Gobierno de Andrés Pastrana frente a las circunstancias en las que se dieron su secuestro.

Aseguró que el Ejército se negó a llevarla a San Vicente del Caguán el día que el mandatario iba a dar un parte de tranquilidad sobre la retoma del control por parte de los militares de la antigua zona de distensión.

Ese día, según contó, le quitaron su escolta y la dejaron ir en un vehículo del DAS, pasó por un puesto de control de identidad, y nadie impidió su paso. “La versión oficial dice que era peligroso coger esa carretera y que se nos había advertido, entonces ¿por qué me quitaron los escoltas?, si la idea era proteger mi vida, la orden debía ser nadie pasa. Si el estado sabía que yo corría riesgo, porque me facilitaron un carro oficial del Das, con placas de las Fuerzas Militares. ¿Si era tan peligroso porque no cerraron el retén militar?”

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