La paz o la quinta pata del gato

La paz o la quinta pata del gato

La mitad de los colombianos piensan que a la paz de Santos le faltó diseño, o que en busca de uno acabó siendo un organismo abigarrado y difuso, un gato de cinco patas digno del barroco americano. Y así lo hizo saber en el plebiscito que obligó a modificar lo de La Habana. Que corregido se corroboró en Bogotá en una gala de magos: con un chascar de dedos y con un estilógrafo alegórico que había sido una bala, quedó formada la paloma bajo los destellos de las luminarias del teatro Colón.

Todo, mucho más espectacular que la paz de Rojas, que debió conformarse con unas lánguidas fotografías en blanco y negro. Que la de Belisario frustrada en la puerta del horno. Que la de Neerlandia, un apunte en la crónica de nuestros conflictos cerreros.

Lo vimos por televisión. Si no es un falso recuerdo. Oigo los aplausos de los hirsutos atilas con caras de perdonavidas, incapaces de compasión ni vergüenza. Mezclados con las palmas de la canalla de oficio, la hidra de los burócratas, los contratistas y los lagartos amigos de todos, que van por donde corre el viento. Algunos lloraron con la discreción de los que quieren que se note.

Es simbólico que fuera en el teatro Colón, antiguo coliseo Ramírez, donde los bogotanos de antaño mataron el tedio poscolonial con sainetes en los cuales la rechifla del público salvaba a Policarpa Salavarrieta, u oyendo sopranos españolas decadentes que despedazaban las arias de las óperas europeas de la penúltima moda.

Somos un país pobre que hace lo que puede: las guerras que puede. Y las paces que es capaz de pactar.

Muchos colombianos votaron afirmativamente el plebiscito con asco y rabia. Más valía una paz complicada como gallina criando patos que seguir la matazón, ya vieja cuando llegó Colón con sus arcabuces para agravarla. Los colombianos nunca perdemos la esperanza de hacer un país normal. Y por eso hemos armado nuestra historia con una serie de tratados de paz que siguen siempre a los zafarranchos; 32 guerras le contó García Márquez a un tal Buendía.

Cuándo se jodió Colombia es una pregunta ya rancia. Hoy se debe preguntar si tiene cura. Y si depende de nosotros. O estamos condenados por el signo del cangrejo. Como se podría pensar. Ante las sombras de las nuevas violencias. El posconflicto expone la llaga que ocultaba el carranchil leninista. La corrupción formidable que se come hasta los desayunos de los huérfanos. Y la deformación social que se empeña en convertir la memoria en una especialización académica, ideologizándola, fosilizando la verdad y privándola del encanto de ser elusiva y compleja.

El problema de ahora es el de siempre: los secretismos, la insinceridad de todos, enredijos de abogados, favoritismos taimados, los incumplimientos de un Estado débil que promete como un borracho, y de los otros, inhábiles para renunciar a sus malos hábitos y para agradecer la generosidad de una sociedad que les dio la oportunidad de rehacer sus vidas vaciadas en moldes rotos.

Es un regalo ver a Timo en el Capitolio como un Sancho Panza estrenando Barataria. Y a sus íntimos por las tarimas de remotas aldeas pidiendo perdón como si los graduaran de bachilleres. Banales. Pero mejor que haciendo daños. Y sin embargo, el peor mal que le infligieron al país, más allá de las bombas y las vilezas, fue la tergiversación del discurso de la racionalidad y el de la barbarie al mismo tiempo con sus ambigüedades teóricas roñosas.

Entre las promesas de los acuerdos destaca la no repetición. Un imposible mientras la cómica izquierda tropical siga patinando místicamente en los paradigmas de un idealismo arcaico para el cual la inequidad justifica el crimen, el rico es perverso; las multinacionales, satánicas; el capitalismo, una peste; el comercio, una forma de la estafa, y los defectos del mundo, incluidos nuestros problemas, los cocinan los yanquis. Sobre ese andamiaje conceptual nadie pone algo en lo que se pueda confiar.

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