Lo que está en juego con el paro universitario

Lo que está en juego con el paro universitario

No una adición presupuestal, sino la posibilidad de una modernización estructural.

Que Gustavo Petro haya tenido tribuna en la marcha estudiantil del 10 de octubre en Bogotá no es una casualidad. En realidad, la trama universitaria es parte central de la disputa por el poder en 2022, es decir, de la disputa por la orientación de Colombia.

El pliego de peticiones de la organización que ha “decretado” el paro estudiantil no deja dudas: la adición de $4,5 billones para 2019 no es lo más complicado. Es derogar leyes (la de financiación contingente al ingreso, la de inspección y vigilancia) y en general socavar el sistema mixto de educación superior (la financiación a la demanda). Un pliego maximalista, en cuyo carácter ideológico nada a sus anchas el petrismo.

La petición de más recursos para las universidades públicas es la bandera que cataliza la oposición al gobierno Duque entre la juventud estudiantil. Ojalá tengamos la franqueza de no negar esto. Como Duque no ha anunciado ningún cambio significativo en el sector, no existe motivo para la “resistencia”, pese a lo cual la consigna se coreó.

El Gobierno no ha reaccionado todavía atendiendo la cuestión de fondo, que es ganar margen de maniobra, gobernabilidad del subsector para alinearlo con los requerimientos nacionales (en un proceso de reforma de largo plazo). El Sistema Universitario Estatal (SUE) ya señaló que del incremento de medio billón de pesos solamente 11% va para funcionamiento, $55.000 millones, cuando están pidiendo $3,2 billones. Ese será el argumento para darle aire al paro universitario y debilitar al Gobierno.

Hay que tomarse en serio al SUE y al movimiento estudiantil. Presentar el medio billón de pesos como respuesta a sus demandas cuando es el plan autónomo del Ministerio de Educación arriesga dañar la confianza y el diálogo. Pronto el movimiento estudiantil notará que de ese medio billón hay $100.000 millones que pueden ir a universidades privadas por la vía de la “transformación” de Ser Pilo Paga, y entonces se incrementará aquello de “quedarse con el pecado y sin el género”.

Al país y al Gobierno les conviene “coger por los cuernos” la llamada “deuda histórica con la universidad pública”. Poner sobre la mesa un porcentaje de los ingresos no previstos por la subida de los precios del petróleo, que equivalga a alrededor de $1,5 billones, con la condición de crear una comisión técnica independiente que audite las cifras del SUE y proponga la mejor forma de enfrentar el déficit.

Esta comisión podría hacer parte de la misión que propuso un editorial de El Tiempo para que el país tenga una hoja de ruta en educación superior. El mismo diseño de la misión tendría que ser innovador, metiendo al Congreso, porque hay algo seguro: aumentarles dramáticamente las transferencias con los ojos cerrados y dejar que las universidades decidan solitas el uso de esos recursos no es la fórmula, y eso es justamente lo que piden.

Les pregunté en Zona Franca de Red+ Noticias a dos de las cabezas del movimiento estudiantil si este exige más financiación para la educación en general o para la educación superior en particular. Dudaron. Evidentemente es lo segundo. Un movimiento universitario que estaría dispuesto a reclamar para sí el 100% de los recursos fiscales adicionales para la educación, sin detenerse a pensar en la financiación de la educación preescolar, por ejemplo, no es un movimiento inocente política ni ideológicamente. No tiene que serlo, pero que no pretenda serlo.

La inequidad más indignante afecta a los que están muy chiquitos para marchar y votar, cosa que se les olvida a los pichones de políticos de la izquierda radical. Que si llegaran al poder entonces ya no gustarían de la autonomía universitaria, pero mientras tanto quieren que deroguemos por decreto la ley de inspección y vigilancia a las universidades.

El paro universitario es una imposición antidemocrática al conjunto de los estudiantes, como recurso de presión al Gobierno por una agenda maximalista que el grueso del estudiantado no aprobaría si lo consultaran en las urnas. Aunque este es un detalle molesto para los amigos de la democracia directa: donde los que asisten a la asamblea estudiantil deciden por todos (así en el recinto no quepa ni el 10% del total). Ese detalle deleznable de la democracia liberal, en la que cada individuo se expresa por un voto formal.

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